El café Candelas era una pequeña pero coqueta cafetería del centro con un cierto aroma a mejores tiempos pasados. Ahí esperé a la mujer sin nombre que me había hecho olvidar el porqué de mi visita a la biblioteca, provocando que mi mente no pudiese desprenderse de la imagen de sus caderas que imaginaba frescas como el olor de la piel del limón.
Esperé los veinte minutos más largos de mi vida con la conmoción íntima de los finales trágicos. Supongo que para armarme de valor ante aquellos ojos de intensa mirada pedí una copa de buen brandy francés que asimilé a bocajarro, como se encaja una mala noticia. De inmediato pensé que el aliento a licor no era mi mejor tarjeta de presentación y pedí un café cargado que me redimiese de la mala conciencia. Sólo entonces caí en la cuenta que no conocía ni el nombre de aquella mujer fatal y sólo por aliviar mi nerviosismo jugué a adivinar su nombre, llegando a la conclusión de que sólo podía llamarse Carmen, como la poderosa hembra de la ópera de Bizet.
Aquél nombre y su imagen, me perseguían por los más recónditos rincones de mi mente y hacían que imaginase cómo mis labios besaban con callada dulzura sus senos transpirados después de hacerle el amor. Aquel tibio sudor me olía a rocío y tierra mojada y notaba, mientras sorbía el café amargo, cómo el deseo se desataba en mi interior con una violencia y una dureza no recordada. Mis entrañas se elevaron golpeando con la fiereza de una galerna los límites del pantalón y, por unos momentos dulces, me vi saboreando cada centímetro de su piel. Mis labios entreabiertos dejaban escapar una lengua ávida de su calor que palpaba a oscuras aquella geografía humana sublime, desde las colinas coronadas hasta las más profundas simas, lamiendo con deleite cada gota de líquido emanado por aquella hembra sin par. La calidez húmeda de su sexo envolvía mi virilidad plena, que se abría paso en aquel paraíso a golpe de ariete. Éramos dos brasas candentes a bordo de un barco llamado lujuria en medio de una tormenta que nos llevaba y traía de proa a popa y de allí otra vez a proa, fundiendo nuestros cuerpos en una sola ola en medio de aquel mar embravecido hasta que ambos colisionamos contra las cuadernas del navío en un estallido de espuma de mar que se proyectó con fiereza al cielo de la pasión.
Para mi desencanto, también recordé que no tenía una cita con ella sino que, simplemente me iba a contar algo de Orlando Zanetti. Una bofetada de realidad me sacudió y comprendí que esa mujer no iba a representar ni un capítulo de mi vida, si acaso una breve línea, un fugaz cruce de caminos.
Su entrada en el café se produjo como sólo las diosas del celuloide son capaces de representar. A contraluz, se acercó a mi mesa con los rayos del sol saliendo por sus costados y su oscura silueta dibujando una estela mortal a su paso. Su pelo suelto jugaba a enredarse con las miradas atónitas de los habitantes del Candelas, mientras sus caderas se movían sinuosas como una culebra. Cuando estuvo a un par de metros me sonrió compasiva a modo de saludo. Llevaba una falda larga de tubo de un violeta pálido y una blusa cruda ceñida y sin escote que hacía que sus pechos pareciesen dos volcanes compactos a punto de entrar en erupción.
Se sentó enfrente de mí y tuve la certeza de que sabiéndose el centro de todas las miradas y siendo consciente de que podría tener al hombre que quisiera, en realidad era una superviviente de sí misma. A su lado, mi discreta estampa, debía parecer la del macho de la mantis religiosa antes de ser devorado después del apareamiento. Y, en verdad, en aquel momento me parecía un final digno.
– Me llamo Carmen – dijo mientras revolvía su bolso del que sacó, finalmente, un paquete de cigarrillos.
– ¿Quiere creerme si le digo que, por alguna razón, tenía la certeza de que su nombre era ese? – le respondí.
– Eso es porque usted sabe leer en los ojos de las personas ¬– dijo sonriendo nuevamente – ¿Puedo tutearle? Me cuesta mucho llamar de usted a un hombre.
– Por supuesto – balbucee nervioso.
Me comentó que en el Candelas hacían un arroz con chipirones casero de los que hay que probar antes de morir.
La invité a comer. Me parecía una manera indigna de comprar su tiempo pero me dije que, tan sólo estaba allí para darme información de mi amigo, no para estar a mi lado y, de paso, traté de olvidar los pensamientos que me habían asaltado pocos minutos antes y cuyo calor aún no se había disipado del todo.
Mientras nos servían el vino y esperábamos la comida, comenzó a relatar su historia.
Me había escuchado pronunciar el nombre de Orlando Zanetti en los pasillos de la biblioteca y le habían caído a plomo diez años en el alma.
Conoció a Orlando cuando él pasaba de los treinta y ella era apenas una pollita de diecinueve años con toda la ilusión intacta. Un espíritu libre al que la vida aún no había dejado cicatriz alguna. Él venía de vuelta de un traspié sentimental, uno más en su fecunda trayectoria, y ella apenas había conocido un par de novios imberbes de su edad con los que sobarse con discreción en las filas traseras del cine. Ninguno de los mancebos habían siquiera rozado con sus flechas de cupido a la Carmen adolescente y tan sólo le sirvieron para desatar sus primeros ardores juveniles.
Nada comparado con la tempestad que se le vino encima cuando conoció al rubicundo Orlando Zanetti y se apropió sin permiso ni compasión de su corazón.
Le ofrecí un cigarrillo que encendió con la cadencia erótica de una diosa vestal. Aspiraba su tabaco con tal suficiencia que estaba convencido de poder pasarme la vida entera contemplando como sus labios extraían el humo y cómo después lo exhalaba al cielo del Candelas, satisfecha de sí misma en cada calada.
A duras penas podía seguir el relato de su historia mientras contemplaba cómo fumaba y deseaba ser el humo devorado aunque para ello tuviera que arder con ella en el infierno.

Photo by Trasgu74

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