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Orlando Zanetti la dejó en la clínica, le dijo que el director, una eminencia en el campo de la cirugía, era un amigo personal y que no podía estar en mejores manos, amén de hacerle un precio especial pues le debía un viejo favor de faldas. La dijo que él se encargaba de todo, incluyendo el pago y que cuando estuviera repuesta se irían un fin de semana a Roma a celebrarlo.
En la intervención le provocaron una hemorragia interna no detectada a tiempo, que a punto estuvo de costarle la vida. Tardó diez días en recuperarse y poder abandonar la clínica.
Orlando no fue a verla en todo ese tiempo, ni contestó al teléfono, ni le mandó flores. Simplemente se esfumó. Y el cielo de aquellos días se tornó gris y amenazante.
Salió de la clínica curada de sus dolencias pero herida en el corazón. Débil y aturdida ni siquiera pasó por su casa sino que subió un piso más para aporrear la puerta de Orlando Zanetti en busca de respuestas. La ansiedad por saber que estaba pasando le pudo y prefirió despejar las incertidumbres antes de saberse en su hogar. Durante el camino de regreso se le había pasado por la cabeza que quizás hubiera estado enfermo, lo que explicaría su ausencia. No obstante había teléfonos y no la había llamado. Sus compañeras de piso, que la habían visitado en la clínica en un par de ocasiones, aseguraban que llevaban sin verlo días. Cuando llegó a golpear su puerta, estaba más furiosa y dolida que preocupada. Y su adolescencia, que tan abruptamente le fue robada, estrelló su último capítulo contra aquella puerta cerrada, con un penetrante tufo a olvido y crueldad.
La puerta que se abrió con el ruido de sus golpes fue la de enfrente, la de Margot, la casera. Sin mediar palabra le hizo una seña, ladeando la cabeza, para que entrase.
La sentó en torno a una mesa camilla con más años que la propia casera y sacó dos vasos con hielo en donde sirvió dos licores de avellana bien cargados.

–Bebe niña, te va a hacer falta – aseveró mientras de un trago se bebía la mitad de su copa –. Tú le querrás mucho, pero ese Orlando es un hijo de puta – comenzó sin preámbulo alguno su arenga doña Margot.

Carmen me lo contaba con una mueca sonriente. Ese día comenzó a conocer a doña Margot y, con el tiempo, llegarían a ser buenas amigas. Hablar sobre Margot, le generaba a Carmen una sensación de paz, de estar en buenas manos y, a pesar de la dureza de lo que me estaba contando, ella tenía la impresión de estar agarrada de su mano, como la niña a la que la madre no abandona en medio de la plaza. Margot contaba la vida con la crudeza de quien la conoce bien, sin tapujos ni adornos. – ¡Una realísima mierda! – como solía decir.
Carmen supo por ella, que Orlando le debía diez meses de alquiler y que, cuando huyó dejándola sola en la clínica, Margot ya había puesto el caso en manos de abogados para desahuciarlo.

– Lo hubiese hecho antes si a ésta puta justicia no le pesaran tanto los huevos – añadió ofuscada.

No trabajaba en la bolsa como le había contado a Carmen, sino en una gasolinera de las afueras y, además, estaba casado y con un hijo. A ambos los había abandonado en la Toscana italiana antes de nacer el niño y nunca volvió por allí.

– Por cierto, desde el día que te dejó en la clínica no saben nada de él en el trabajo. Me lo dijo el abogado hace tres días, cuando me llamó – explicó doña Margot.

Debía facturas en medio país y pronto supo Carmen del regalo envenenado que le había dejado también a ella.
Unos días después de ser dada de alta en la clínica, recibió una factura detallada de la clínica firmada por ella misma que la hundió en la miseria. De sopetón tomó conciencia de qué tipo de sinvergüenza había estado amando. En ella se hacía cargo del pago de su operación y del aumento de senos de una tal Susana. Su mente confusa y burlada comenzó a atar cabos. Recordó que el mismo día de la operación subió el contable de la clínica a su habitación. Aún estaba algo aturdida por los efectos de la anestesia y por la hemorragia interna que tenía y que aún no se había manifestado.

– Abrió el maletín y me dijo que el señor Zanetti le había puesto al corriente de todo y que sentía mucho molestarme en ese momento pero que tenía que coger un avión y no podía esperar. Fui una tonta – me relató Carmen mientras bebía sorbos de bourbon –, creí en la palabra dada y firmé cuatro folios sin mirar lo que firmaba.
– Es un formalismo ya que está todo arreglado – dijo el contable.

La suma total ascendía a millón y medio de pesetas y, de repente, Carmen se encontró con que debía una suma de dinero tan indecente como el malnacido que la causó.
Orlando Zanetti mantenía una relación paralela con aquella mujer de nombre Susana de la que Carmen nunca supo nada más que eso. A ambos se los tragó la tierra en aquellos días.

– El contable de la clínica, un tipo orondo al que permanentemente le sudaba la frente liberada de una cabellera que se batía en retirada, me contó cuando volví a la clínica a comprobar que no era un error, que Orlando le había dicho que la factura la pagaba yo, que era rica. También le dijo que la tal Susana, él y yo, formábamos una especie de “matrimonio a tres” y que la idea de que se pusiera tetas, era mía – dijo resignada al engaño sufrido.
– Era un seductor nato, de otro modo aquel contable estúpido no se hubiera creído todo lo que le contó – añadió dando otro trago.
– ¿Por qué no denunciaste? – quise saber.
– Supongo que aquel contable no era tan tonto como parecía. No debió de tragarse todo lo que le contó Orlando. Por eso me hizo firmar cuando aún andaba somnolienta. Quiso tener el contrato firmado por alguien para asegurarse el cobro. El caso es que, apurada por él, terminé por negociar unos plazos para hacer frente a la deuda. No quería verme envuelta en demandas y juicios y que mis padres supieran la verdad – dijo encendiendo un nuevo cigarrillo –. A mis padres les dije que abandonaba la carrera y que me quedaba a vivir en la ciudad pues me había salido un buen trabajo en una oficina – dijo –. Creo que mi padre murió ese mismo día pues su vida giraba en torno a ver a su niña convertida en licenciada – añadió abatida.

Pero no había sueldo normal que pagase una deuda tan grande en sólo seis meses que fue la máxima concesión que obtuvo de la clínica. Tipos sin escrúpulos que hacen de los dramas de los demás su negocio. Y Carmen no encontró más salida que alquilarse a carteras abultadas a quince mil la noche. Y mientras ellos creían alcanzar el paraíso entre sus muslos ella vivía su purgatorio particular descontando los días que le faltaban para reunir todo el dinero.
En algo menos de seis meses consiguió pagar su deuda con el pasado y reunir algo de dinero que la permitió vivir mientras buscaba un trabajo. Dejó el duplex de lujo en dónde ejercía el oficio y volvió a alquilar un piso a doña Margot. Se empleó por temporadas como cajera de un supermercado, dependienta en una tienda de moda y como camarera. Cuando tenía trabajos de media jornada, que era casi siempre, dedicaba las tardes a complementar su sueldo dando clases de química, matemáticas y biología a niños de secundaria y, siempre que podía, bajaba a compartir café, copa y manual de supervivencia con Margot; viuda profesional, deslenguada y tierna como la vida que siempre soñó tener.
En uno de esos frecuentes cafés, Margot la recibió excitada al grito de – ¡Dios existe niña! –, y acto seguido le plantó un periódico de ese día en la cara.
Margot coleccionaba noticias que tuviesen que ver con el fin del mundo, vivía obsesionada por ese acontecimiento y todos los días compraba tres diarios distintos recortando todas aquellas noticias que ella relacionaba con el acontecimiento. Un meteorito que fue visto en Siberia, un cerdo con dos cabezas que nació en Fusasasugá o una mancha roja que aparece de improviso en el océano índico eran interpretadas por ella como signos inequívocos de que el fin del mundo se acercaba. En base a todo ese conocimiento inútil que almacenaba había hecho un cálculo, según el cual, si dios le concedía otros diez años de vida llegaría a verlo. Recortaba esas noticias y las pegaba con mimo en grandes cuadernos, de los que acumulaba treinta y uno. Dedicando el tiempo a éste hobby descubrió algo que la tuvo alterada todo el día hasta que Carmen bajó a tomar café.
La noticia hablaba de la inauguración en el remozado edificio Mercurio, de un laboratorio adscrito a la biblioteca nacional y cuya función sería la restauración y el tratamiento digital de antiguos libros. La ilustraba una foto en la que se podía ver la sonriente cara del presidente en su visita inaugural. En principio, nada que justificase el agitado estado de Margot pero ella, segura de su descubrimiento, instó a Carmen a mirar bien.
– ¡Fíjate bien en la foto! ¿No ves una cara familiar?
Carmen escrutó la foto con ojos de coleccionista de sellos, hasta que sus ojos se posaron en un guarda de seguridad uniformado que, en segundo plano, miraba a cámara unos pasos detrás del presidente y su séquito. Alto, rubio, con unos rizos inconfundibles y la mirada aterradoramente bella de una hiena sin entrañas.

Photo by Franck_Michel

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