Orlando Zanetti reapareció en la vida de Carmen, seis años después de haberse esfumado en el denso aire de la ciudad del desconsuelo.
– ¡Yo no voy a buscarlo por los diez meses que me debe. Con su pan se lo coma. Pero si tuviera tus años me presentaba allí y le sacaba los ojos a bocaos! – le espetó Margot presa de una rabia desbordada pues era la única persona en el mundo que conocía la historia de Carmen.
Carmen no hizo nada de eso. En ese momento no estaba preparada para una revancha repentina y en aquel instante la noticia la dejó más cerca de la parálisis que de la reacción explosiva. Tuvo seis años para acumular su odio, pero en el momento de la verdad, no estaba segura de si una pequeña parte de ella, aún lo quería. Por esa razón se despreciaba. Y decidió acabar con todo.
Esa misma noche, a solas en su cama y como en una revelación divina, supo lo que tenía que hacer. No estaba exento de riesgos pero se dijo que merecía la pena intentarlo. Tardó más de tres meses en llevar a cabo su plan pero tuvo tiempo para madurar su rencor.
Lo primero que hizo fue comprobar que Orlando trabajaba en el edificio Mercurio. Para ello hizo guardia en un banco del parque de enfrente hasta que lo vio salir sin el uniforme. Se las ingenió para acudir con frecuencia allí y elaborar un preciso calendario con las costumbres y horarios de Orlando. Pronto supo cuál era la empresa que se ocupaba de las tareas de limpieza en la biblioteca y en el edificio Mercurio y una de sus primeras ideas fue la de echar su curriculum en ella para obtener un puesto de trabajo, como medio para acercarse a Orlando.

– Por una de estas burlas que tiene el destino, me llamaron de la empresa meses después de que todo hubiera pasado, y lo acepté, así empecé a trabajar aquí – dijo con una sonrisa burlona –. El horario me gusta y me permite dar clases a mis niños por la tarde que es lo que me hace sentirme bien – añadió.

Lo siguió desde el trabajo a su casa. Ahora vivía en un piso del centro, un ruinoso inmueble utilizado en más de la mitad de las viviendas como picadero de quita y pon de las prostitutas de la zona. El resto lo ocupaban familias de inmigrantes que apenas aparecían para dormir y dos de los pisos, estaban habitados por un par de ancianos solitarios a los que una rencilla los enfrentó hace tanto tiempo que ninguno podía recordar qué fue lo que los separó. El bajo lo ocupaba Orlando Zanetti.
El lugar le pareció perfecto. Debía ser allí, un edificio sombrío en dónde a nadie le importaba la vida de nadie y en donde todos tenían más razones para callar que para hablar.
Con una minuciosidad que me heló las venas me fue contando cómo se dedicó esos tres meses a controlar el barrio, los vecinos y sus costumbres y por primera vez en los últimos años, tuvo la certeza de hacer lo correcto. Tener la vida de aquel chacal sin entrañas en sus manos era una sensación tan relajante como tomar un mojito a la luz de la luna en buena compañía.

– Quedé en paz conmigo misma el día que supe que lo odiaba con todas mis fuerzas – me confesó.

Orlando vivía sólo, en una colmena abigarrada de un barrio deteriorado por los muchos vicios que recorrían sus calles viejas y olvidadas en dónde ser furtivo era un estado natural.
Cuando Carmen tuvo una idea muy exacta de cómo, dónde y con quien vivía Orlando, echó mano de su agenda para marcar un número de teléfono.
Durante su año en la facultad trabó una gran amistad con un chico de tercer curso que hacía prácticas en una multinacional farmacéutica de las afueras, en la que su padre era un ejecutivo del más alto rango. Se conocieron por la costumbre de ambos de preferir el bullicio de la cafetería al silencio de la biblioteca para estudiar. Y también por la terquedad de ambos de hacerlo en la misma mesa, la que tenía una ventana que miraba a poniente. El chico estaba enfermo de amor y timidez y jamás se atrevió a confesarlo, pero Carmen siempre lo supo. No estaba nada convencida, sin embargo, de que al cabo del tiempo, aún conservase algún tipo de poder sobre el joven y, de ser así, le sabía muy mal utilizarlo.
– Pero era por una buena causa – se dijo.
Esa empresa en dónde aquel muchacho hizo sus prácticas contaba con un departamento de tratamiento e investigación del veneno animal. De los más potentes venenos del reino animal se extraen, no sólo los antídotos para ese veneno concreto, sino otros muchos compuestos activos que ayudan a tratar enfermedades tan dispares como la parálisis o el cáncer, así como sustancias empleadas en cosmética y que constituían el mejor cliente de la multinacional farmacéutica.
Marc hacía méritos en la sección de herpetología, una amplia sala en dónde se criaban algunas de las serpientes más venenosas del mundo. Mambas, cobras, corales, víboras y otras muchas formaban su colección. Cada semana se les extraía el veneno a cada ejemplar y estas dosis servían para la investigación y fabricación de fármacos y cosméticos. El chico sabía que Carmen aspiraba a trabajar con animales y se pasaba mucho tiempo explicándole pormenores de su trabajo allí, entre ellos, el procedimiento empleado para extraer el veneno de las serpientes y cómo él mismo empezaba a hacerlo.
Por la mañana, Carmen marcó su teléfono, no tenía nada que perder.

– ¿Marc? Soy Carmen.

Quedaron para el día siguiente. Tomarían un café.
Carmen encendió un nuevo pitillo. Eran más de las cinco de la tarde y seguía contándome su historia entre humo de cigarrillo y tragos de bourbon y cuanto más la miraba más enredado en su pelo me sentía, no sólo por su belleza sino por la calidez de su voz al relatar.
Nos sirvieron dos copas de bourbon que no habíamos pedido y tuve que tomar alcohol, cosa a la que había rehusado en toda la sobremesa. El camarero nos informó que era una invitación del viejo que nos regaló la flor, don Parmenio. Nos dijo que antes de salir lo había dejado pagado y me sorprendió que el camarero lo hubiese llamado por otro nombre diferente, si bien no recuerdo cuál.

– Una invitación de alguien tan entrañable y educado no se desprecia – dijo mirándome a los ojos por primera vez en toda la tarde –, así que, tendrá que beber conmigo – añadió.

– Marc se mostró muy sorprendido de que yo hubiera aparecido después de seis años – dijo inhalando humo –. A medida que Orlando me fue arrastrando a su mundo perverso, fui abandonando las clases y eran menos mis encuentros con Marc en la cafetería de la facultad. Mis ausencias eran más frecuentes que mis presencias. Un día, un mes antes de los exámenes finales, pisé las aulas por última vez. No contesté ninguna llamada telefónica. Simplemente desaparecí.
Carmen relataba mientras la tristeza cubría sus ojos y mis ojos absortos y cautivos de su figura me decían rendidos que estaba atrapado.
– Se podría decir que en los años transcurridos, Marc no había cambiado mucho. Yo sin embargo, había madurado toda una vida Me fue relativamente sencillo manipularlo para que me diese lo que buscaba. Me bastaba con mirarlo a los ojos y ver en ellos reflejado el amor que aún sentía por mí. Lo único que quería era no implicarlo – dijo dando una calada.
Había acabado la carrera y trabajaba en la misma empresa farmacéutica en la que había hecho las prácticas, cosa que me era imprescindible –. Discutimos los pormenores durante un buen rato, quizás fueron un par de horas, pero al final llegamos a la conclusión de lo que había que hacer y cómo, para que a Marc no le relacionaran con el suceso – continuó mientras el cigarrillo moría lentamente entre sus dedos.
– Lo llamé cuando todo estuvo dispuesto, mediado el mes de Julio. Quedamos en un parque público. Ahí me entregó un pequeño inyectable precintado. Igual que los que contienen vacunas o antibióticos, sólo que éste mataba – dijo.
– ¿No te hizo ninguna pregunta? – Quise saber.
– Muchas, cerca de mil supongo – dijo componiendo una mueca a caballo entre una sonrisa y un lamento amargo -, pero traté de protegerlo no diciendo nada. Ni a quién, ni dónde ni cuándo. Al final acabó pidiéndome, por favor, que al menos le explicase el porqué. Le dije que si aún me quería un poquito, no debería saber el porqué.

Al fin Marc se rindió y no quiso saber más y Carmen lo despidió dándole las gracias y un lento beso en la mejilla que Marc guardó en su memoria como el más apasionado beso que nunca le dieron.

– ¿Sabes lo que es una taipán? – me preguntó.
– No – contesté intrigado.

Carmen apuró el cigarrillo y lo hundió en el cenicero dispuesta a iluminar mi ignorancia.

– Una taipán es una serpiente. Tiene un veneno letal para un hombre. Es grande y si te muerde, mueres en pocos minutos – explicaba saboreando los detalles y pormenores de la vida de esas serpientes, como si la niña que quería ser zoologa se escapase sin advertirlo por los poros de su piel –. Por suerte para el ser humano, habita solo en el centro de Australia. En zonas casi desérticas y despobladas por lo que los encuentros con ella son pocos y, por tanto produce pocas víctimas. Si estos bichos habitasen las ciudades habría cientos de muertos diarios – dijo.
– En ese caso las habríamos exterminado – repliqué.
– Supongo que llevas razón. Lo cierto es que en ese inyectable había veneno de taipán como para matar un elefante. Yo sólo necesitaba acabar con un chacal miserable – dijo con la rabia aflorando por los bordes de la sonrisa que dibujó en su rostro.

Photo by pbkwee

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