Por fin fijó el día. Era viernes y Orlando se quedaría a tomar copas con los compañeros. Llegaría tarde y borracho. Sería más fácil.
A las siete de la tarde salían del trabajo. Los últimos viernes anteriores lo había seguido con discreción. Y, como si de un peregrinaje con estaciones programadas se tratara, un grupo de unos diez hombres bebían cerveza como vikingos haciendo paradas en los mismos bares. Había uno enfrente del trabajo, el “Equinoccio”, que era la primera estación. “El mesoncito” y “La taberna de Julia” eran las siguientes paradas. Todos estos sitios se encontraban en las inmediaciones del trabajo, camino del metro. Ahí el grupo se desperdigaba, y al centro de la ciudad sólo llegaban Orlando y cuatro amigos más con tres horas de cerveza en el cuerpo. Siempre los mismos y siempre acababan tomando una o dos copas en un pub situado en la parte trasera del domicilio de Orlando que tenía un nombre apropiado, “La penúltima” y un dueño con malas pulgas pero buenos precios.
Allí lo esperó con la paciencia del cazador, hasta que lo vio venir calle arriba, para salir de su escondite y hacerse la encontradiza.
El encuentro, que hubiera sido tenso por tantas heridas del pasado, se relajó en el momento en que Carmen, fingiendo estar ebria, lo agarró por la cintura y cariñosa, se colgó de sus hombros preguntándole por su aparición en aquel lugar debajo de aquella tímida farola que no alumbraba ni a la miseria que escondían sus calles.
Orlando le dijo que vivía allí mismo.

– ¿Y por qué no me invitas a una copa en tu casa por los buenos tiempos? ¿O es que ya no te gusto? – le dijo con una impostada lengua de trapo y una sonrisa seductora, que hizo que Orlando Zanetti bajase la guardia y no viera en Carmen un enemigo del pasado que venía a cobrarse una deuda, sino una noche de sexo fácil, colofón final perfecto a su noche de juerga.

Cubrieron los pocos metros que les separaban del portal y entraron en el piso de Orlando, un cuchitril sin ventanas con una salita de estar con office, un dormitorio y un retrete. El desorden campaba a sus anchas en aquel lugar.

– Necesito ir al baño – anunció al entrar mientras se quitó sus zapatos de tacón de aguja y los dejó en la puerta.
– Es la puerta de enfrente. ¿Sigues tomando bourbon? – dijo contemplando sus andares de gatopardo y cómo balanceaba su hipnótico trasero al alejarse.
– Sírveme uno doble – dijo sin volver la cabeza, alzando el brazo y dejando la mano con dos dedos formando la letra uve –. No tardo.

Lo que no pudo ver, es cómo sacaba el veneno del bolso y como llenaba la jeringuilla con la mortal ponzoña. Orlando tampoco pudo ver como escondía la jeringuilla en su espalda mientras caminaba hacia él desabrochándose un botón de la blusa con la mano libre. Después, cuando ya estuvo más cerca y pudo percibir el olor de la testosterona, juntó sus manos a la espalda como si todo formase un juego de sumisión incondicional a los encantos del rubicundo hombretón.
Siguió avanzando lentamente hacía él, como tantas veces había imaginado, mirándolo a los ojos hasta estar justo a su altura y tener que mirar hacia arriba para encontrar sus ojos. Lo cogió de la nuca con la mano libre y lo atrajo hacia sus labios entreabiertos como una trampa mortal.
Todo ocurrió muy rápido. La mano que portaba la jeringuilla se hundió en la yugular liberando un veneno que le quemó el cuello al instante.
Carmen dio un paso atrás cómo tantas veces había ensayado para evitar que Orlando la atrapara.

– ¿Qué haces perra? – dijo llevándose la mano al cuello en un rictus de dolor, sorprendido y braceando torpemente al aire intentando alcanzarla.
– ¡Justicia! – gritó Carmen.
– ¡Te voy a matar hija de…! – comenzó a balbucear herido de muerte.
– ¡No! ¡He sido yo quién te ha matado a ti hijo de puta! – dijo triunfante al comprobar cómo el veneno lo devoraba en cuestión de segundos.

Orlando trató de perseguirla unos metros. Carmen comenzó a temer por su vida, mientras retrocedía ante el torpe gigante que trataba de alcanzarla.
Una taipán puede matar a un hombre en pocos minutos y Marc le había proporcionado el veneno de dos serpientes adultas. Suficiente para tumbar a un elefante, según le dijo. Durante un par de minutos, que a Carmen se le hicieron eternos, jugaron al gato y al ratón alrededor de la cama. Orlando cada vez acusaba más los efectos del veneno y sus movimientos se hacían más torpes e imprecisos hasta caer por fin derrumbado en la cama: inerte.
Carmen buscó el inyectable en su bolso. Aún tenía un poco de veneno en el fondo. Lo extrajo con la jeringuilla y volvió a buscar el cuerpo de Orlando. Le inyectó todo el veneno que quedaba a un centímetro de distancia del otro pinchazo, como si una serpiente lo hubiera mordido.
Sacó unos guantes del bolso y se los puso. Tiró por el desagüe una copa de bourbon. Lavó el vaso y lo dejó en el escurridor junto con algún plato mal lavado. Trató de hacer memoria sobre si había tocado algo en la casa. Todo lo había calculado al milímetro y ahora era importante mantener la sangre fría y repasar lo que había hecho hasta ese momento. No había llegado a besarlo. No había carmín suyo en sus labios. Había empujado la puerta del baño con el pie. No había llegado a sentarse en el retrete por lo que lo único que había tocado con las manos era el tirador de la cisterna, que había accionado por disimular y que limpió a conciencia con un pañuelo. Con los guantes puestos, giró el pomo de la puerta de la calle y salió dejando atrás el cuerpo sin vida de Orlando Zanetti. Se marchó caminando un buen trecho. Tiró un guante en una papelera lejos de allí y el otro en otra, aún más lejos. El pañuelo lo dejó en un contenedor lleno de escombros antes de coger un autobús que la llevase de vuelta a casa.

– Sólo me quedaba deshacerme de la jeringuilla y la ampolla que tenían mis huellas. Las enterré en cemento dentro de una maceta. Cuando fraguó, la rompí y tiré el bloque de cemento al río desde un puente. Ahí debe continuar – dijo poniendo punto final a su relato.
Cuando Carmen terminó de contar su historia la miré con la nostalgia de una despedida. Había venido a descargar su pasado en mí, un desconocido, y había concluido. Nada la ligaba a mi vida y quise tener una razón para retenerla pero no hayé motivos ni premoniciones en cartas astrales o en el destino, así que tan sólo se me ocurrió algo tan mundano como poner en duda su historia basándome en que yo había visto a Orlando con vida casi cuatro años después.
Le dije que Orlando no murió, que yo lo había visto en el tren justo antes de que volara por los aires y que eso me había llevado a buscarlo en la biblioteca. Le conté lo del libro misterioso en el que estaba trabajando. Ella me dijo que eso era imposible, que Orlando Zanetti estaba muerto y enterrado y que, con el paso de los años, sentía un amargo sabor a hiel por ese triunfo.

– Habló usted con un fantasma, mi querido amigo – dijo categórica.

Por un momento pensé que, por boca de Carmen, había escuchado una versión de los hechos distorsionada por el resentimiento, no lo que en realidad tuvo que suceder sino lo que a Carmen en realidad le hubiera gustado hacer y que, probablemente, no se atrevió a llevar a cabo. Parecía el tipo de mujer capaz de arrastrar a la perdición a un hombre, no de matarlo a sangre fría. Y aunque su historia rezumaba un cierto aroma a verdad no terminé de creerla y decidí seguirle el juego. También sopesé que llevaba encima tres copas de bourbon y que, influenciada por el alcohol, me convencí que había fantaseado la historia. Según su versión, llevaba muerto unos tres años y pico y, sin embargo, yo lo vi hacía tan sólo unos meses. El me habló del libro misterioso que contaba su propia vida como si fuera la del indio boricua de impronunciable nombre. Le pregunté si tenía alguna idea de cómo localizar el libro.
Me miró con ternura maternal, esbozó una sonrisa a medias y susurró una pregunta.

– No me ha creído ¿verdad? – dijo desalentada –. Orlando nunca trabajó en ese libro. Era un guarda de seguridad, no un técnico. De todos modos, si no me cree, los libros que digitalizan en el edificio Mercurio se pueden leer en las mesas con ordenador de la biblioteca. Puede usted pagar esto, cruzar la calle y buscar ese libro. Deje que apure a solas mi copa, quien no me cree, no me merece ¡Váyase! – dijo.
– Ha sido un placer. Su historia está a salvo conmigo, no tema y disculpe si la molesté – dije incorporándome.

Cuando pasé a su lado, su mano me agarró del cinturón del pantalón obligándome a bajar la vista y mirarla.

– Dos cosas para terminar – dijo clavando sus ojos en los míos –. En la primera planta está la hemeroteca. Busque el diario del 3 de septiembre de 2001. Se hacía llamar Lamberto Benavides, por eso nadie supo informarle sobre Orlando. Y dos – hizo una pausa eterna –, hay una leyenda boricua que me contó Orlando según la cual, cuando a una persona le sorprende la muerte, su espíritu sigue vagando por el mundo de los mortales creyendo que aún sigue vivo. Le repito que habló usted con un fantasma, no obstante, ahora que ya conoce esto, busque ese libro si quiere. Termine de resolver su rompecabezas – me dijo enigmática.

Photo by F.F FOTO

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