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Pude ver en el brillo de sus ojos el alivio que le provocaba haber contado por fin toda su historia y la desazón que a la vez ello le ocasionaba.
Partí con la angustia de haber perdido el último tren de mi vida en aquel café. Crucé la calle y volví a entrar en la biblioteca. Y por pura intuición comprendí que en el fondo de su relato, Carmen no había mentido, si acaso, acomodó la historia a los latidos de su corazón. Lo amó y, a la vez, le quiso muerto…No era tan raro.
Subí un piso y busqué el periódico del día que ella me había dicho. Fue sencillo. Todos los periódicos de los últimos 50 años estaban dentro de un ordenador. Sólo tenía que poner la fecha y elegir un diario. Ni recuerdo cual fue.
En la página dieciséis, en la sección de sucesos, se hablaba de un hombre que apareció muerto en su propia casa. El cadáver fue encontrado en avanzado estado de descomposición después de haber permanecido expuesto a los calores del verano. En una primera valoración, parecía que el cadáver podía llevar más de un mes ahí. Fue descubierto, al intentar un funcionario de correos entregarle una carta certificada de su empresa, en donde se le comunicaba su despido por absentismo laboral injustificado. El fuerte olor que salía del interior de la vivienda y la nula respuesta a sus repetidos timbrazos, hizo que el cartero llamara a la policía.
Me quedé un instante sumergido en mis propios pensamientos. Tuve el presentimiento de que Carmen no había mentido y que todo había salido como ella lo había previsto, tal y como me lo contó El edificio olvidado del centro fue su principal cómplice. Durante un verano, prostitutas, clientes y vecinos soportaron el hedor callando por propio interés. Las prostitutas callaron porque les iba el sustento en ello y cubrieron sus apartamentos de ambientadores con olor a rosas. Los clientes porque se jugaban su reputación, o su familia, o ambas cosas. Los inmigrantes por no tener los papeles en regla y en cuanto a los dos ancianos porque ya solo gastaban energías en joderse la vida mutuamente. El aire de clandestinidad que rodeaba al edificio fue el lubricante perfecto para que el miedo se deslizara discreto por todos sus rincones, cubriendo de silencio aquel estío.
La casa era propiedad de un matrimonio de Tudela, seguía la noticia, que se la tenía alquilada a Lamberto Benavides, un guarda jurado de origen colombiano. No había muchos más datos Sólo una foto de la furgoneta del departamento forense y un revuelo de gente alrededor, algunos de los cuales, se tapaban la cara. La noticia no decía mucho más, excepto que se desconocía la causa de la muerte. Seguí leyendo ávido de más información pero nada encontré en el diario del día posterior, ni del siguiente. Por fin hallé una breve reseña en la sección de sucesos del periódico del trece de septiembre. Decía que el cadáver encontrado en el número siete del callejón del olvido el pasado día dos, en realidad no era quien se había informado, pues todos los documentos que obraban en su poder eran falsos. Ahí publicaron la foto de Orlando y ya no tuve dudas de que era él aunque me asaltaron mil preguntas sobre quién habló conmigo en el tren. No era posible que el relato de Carmen fuera veraz y que yo hubiera hablado con Orlando poco antes de estallar la bomba. Algo se me escapaba en éste misterio y, en ese momento, no era capaz de dar con la clave.
En realidad se trataba de un español de origen portorriqueño que se llamaba Orlando Zanetti, explicaba el diario, y que tenía alguna cuenta pendiente con la justicia por menudeo en el tráfico de drogas. El diario añadía que lo que quedaba del cuerpo presentaba restos en sus tejidos de una potente neurotoxina y, según fuentes policiales, todo parecía apuntar a un ajuste de cuentas entre delincuentes, si bien el método utilizado, hacía pensar en algún rito o aviso en clave entre bandas rivales. No encontré nada más al respecto por lo que entendí que hubiera sido Carmen o no, el caso terminó archivándose como un asunto entre malhechores.
Bajé las escaleras, que me conducían a la planta baja, pensativo y llegué a la conclusión de que mi aborrecida mujer llevaba razón. Debí de quedarme dormido leyendo el periódico y estaría soñando con Orlando cuando el tren explotó. El trauma posterior, la sedación y la convalecencia de los primeros días de hospital tuvieron que obrar en mí un convencimiento íntimo al respecto y, como decía mi mujer, confundía sueños y realidad.
El libro sobre el que Orlando Zanetti decía trabajar no debía de existir y nada de lo soñado era cierto. Y, sin embargo, la información que me dio Orlando, fuese o no un sueño, me había llevado hasta la biblioteca y hasta Carmen. Alguna explicación debía de existir para ello.
Eran las seis de la tarde y la biblioteca cerraría en dos horas. Decidí perderlas en buscar el libro. Me senté frente a un ordenador a pocos metros de donde había disfrutado con Neruda pocas horas antes y caí en la cuenta de que el libro, según Orlando no tenía nombre.
Si yo no hablé con Orlando Zanetti y el libro no tenía nombre, – ¿Cómo y qué busco aquí? – me pregunté.
Sin nada que perder, introduje en el buscador del ordenador el texto “indio boricua de impronunciable nombre”, y, para mi sorpresa, me abrió un libro titulado así, solo que no era antiguo sino fechado en 1964.
Comencé a leerlo y muy pronto un estremecimiento profundo me agarró de las entrañas. Orlando Zanetti me dijo que el libro hablaba de su propia vida como vivida a través de las andanzas del indio boricua. Sin embargo el libro que andaba leyendo comenzaba con la leyenda de un indio de hace mil doscientos años que se reencarna en una persona gris y sin suerte de nuestros días como pago por un crimen cometido. A partir de ésta leyenda comencé a reconocer la historia que contaba porque… ¡Era la mía!
Leí con avidez, saltándome párrafos, capítulos, yendo adelante y atrás. Devorando atónito lo que me contaba como si me escupiera una maldición a la cara.
Nunca fui el más despierto de mi clase, ni el más avispado de la pandilla. Me enamoré de la misma mujer vampiro que Orlando y a los dos nos burló. Me casé hastiado de haber amado en vano a todas aquellas mujeres que me ignoraron y lo hice con la única que nunca me quiso y a la que sólo deslumbró mi recién sacada licenciatura en ingeniería. Ella soñó con una posición social más elevada de la que le pude dar. Nunca pasamos apreturas, pero mi discreto puesto de trabajo en el ayuntamiento como ingeniero técnico en el departamento de canalizaciones y desagües, mató la creatividad de mi juventud. Me acomodé y terminé por ser uno más de los que hacían el trabajo sucio de los proyectos de otros. Nunca me importaron los amantes que coleccionaba mi esposa para colmar un voraz apetito sexual que nunca me preocupé de atender. Tengo un chalet con piscina pagado y dos coches que no conduzco apenas, pues prefiero leer mientras me desplazo en tren o autobús.
Nunca tuve hijos, ni mi mujer tampoco, así que siempre tuve la certeza de que la estéril era ella pues no vinieron ni cuando decidimos buscarlos pero eso nunca nos preocupó. Ella llevaba su vida y yo la mía. Cualquiera que nos viese envidiaría nuestras vidas de cartón piedra. Pero debajo de esa fachada no había nada que nos uniera, como esas argamasas de casas viejas que parecen sólidas pero que se deshacen en la mano al tocarlas.
Todo lo narraba el libro como si fuera al indio boricua a quien le ocurriera. Contaba cuando, de pequeño, mi madre me olvidó al sol de agosto y me quemé la parte derecha de la cara y me dejó de por vida una mancha oscura en la sien como recuerdo. Contaba con diabólica precisión, cómo aquella mujer vampiro me hacía cortes en los brazos con una cuchilla, para beber el tibio líquido rojo y alcanzar así el orgasmo una vez que yo me había aliviado en su seno. Y también detallaba cómo esos cortes en los brazos fueron los causantes de que Orlando Zanetti y yo nos diéramos cuenta, llegados los calores veraniegos, de que habíamos estado en manos de la misma criatura.
Repasaba sus páginas en la pantalla del ordenador, adelante y atrás y allí en dónde me detuviera, siempre me narraba mi vida como si el indio boricua la hubiera vivido. Mi familia y amigos, con otros nombres, componían los personajes secundarios en una historia reconocible por mí.
La idea de leer el último capítulo se me cruzó en el peor momento pues sucumbí a sus reclamos antes de sopesar las consecuencias. Tiene gracia, pero en ese momento, lo único en lo que podía pensar era que los muslos de Carmen debían ser un refugio más cálido que esa fría biblioteca en dónde cazaba mariposas invisibles.
Avancé por las páginas de mi vida buscando indicios de un encuentro con Carmen y así llegué al último capítulo. En general contaba mi vida desde la niñez hasta los días previos al atentado. El libro me recordó que cuando me encontré en el tren con Orlando Zanetti, iba a presentar un proyecto de riego para unos jardines en un barrio de la periferia. Me desconcertó que aquel libro que parecía un oráculo y que desvelaba todo sobre mí, se detuviera hace apenas unos meses sin revelar nada de mi futuro. Que contase el pasado había dejado de sorprenderme. A esas alturas lo único que me importaba era saber el futuro. Me había empezado a obsesionar esa mujer con la que había compartido mesa y café y de la que nada hallé en el misterioso libro.
Al terminar había un epílogo. Hablaba de un tren y dos amigos que se reencontraban después de muchos años.
Leí atento el último párrafo.

“Fue un encuentro breve. Tan breve como la deflagración seca, sorda y brutal que se desató a continuación. El tren voló por los aires, envuelto en llamas. Nadie lo pudo contar. No hubo supervivientes en aquel vagón. La luz se apagó para todos ellos a las ocho de la mañana”

Unos tacones de aguja repicaron a muerte a mi espalda. Un perfume de mujer lo precedió. El sonido se fue acercando y el olor del perfume de Carmen envolvió toda la estancia embriagándome de deseo, pero un escalofrío me recorrió el espinazo al tomar conciencia de lo que me venía a anunciar.
Carmen se acercó tanto a mi espalda que pude oír los latidos de su corazón. Yo seguía pegado a la silla, sin mirar atrás, cuando noté cómo su pelo caía suelto sobre mi acariciando mi cuello y noté sus labios carnosos susurrarme al oído.
– Por eso no me hiciste el amor esta tarde. Los muertos no pueden…

Fin

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