Entra silbando, como siempre.
-¿Qué estás haciendo de comer? Pregunta al amor de su vida, a su mujer. Más de cincuenta años casados. Aun la mira con ternura de adolescente.
-¡Comida! Responde ella con un enfado fingido. Él le da un beso en la mejilla aún tersa y corre hacia el salón después de palmearle traviesamente el trasero mientras oye sus leves amenazas.
Tararea una zarzuela mientras se sienta con esfuerzo en el sofá:
-“ya estoy aquí, no te amohínes mujer…” “me pillaron los guardias porque soy tonto, y me gusta lo ajeno más que lo propio…”
Se aburre. No hay nada que se deje ver en la tele. Quizá ahora venga su cuñado a hacer la visita de rigor. La excusa perfecta para poder tomarse un vino sin que le regañe demasiado su mujer.
-¡Paco! ¡Ya sabes lo que te dijo el médico de tomar mucho vino! ¡Qué hombre!
Don Andrés ha sido el galeno de la familia desde toda la vida. Ha tratado al matrimonio y a todos los hijos.
¿Y qué pasa con lo que diga don Andrés? ¡Pues menudo borrachín esta hecho ese!
Robarán una taza de caldo de la comida que está en el fuego, y lo tomarán como consomé para acompañar el vino, junto con un tomate con sal.
-¡No te eches mucha sal, que ya sabes que es mala!
-Esta mujer no me deja vivir. Se queja a su cuñado.
-¿Te acuerdas en las fiestas del pueblo? Entonces sí que bebíamos, y que bueno el vino que hacían allí. Ahora solo le ponen química.
-¿Quieres comer Juan? Pregunta ella, como siempre.
– No, que la Pepa ya tiene que tener la comida puesta, me voy. Contesta, como siempre.
-¡Si tu mujer no saber cocinar! Le responde Paco con sorna.
Comen oyendo las noticias y criticando a los políticos.
-Son todos iguales. En eso están de acuerdo los dos, como casi siempre.
-Échate un rato la siesta que voy a ver a la María, que me han dicho que está muy mala. Ahora vuelvo.
Le da por pensar durante ese duerme vela. Quizá venga el fin de semana alguno de sus hijos. Le gusta tener a todos ellos en la casa, pero lo que de verdad quiere es ver a su nieto. Sacarlo de paseo, llevarlo de la mano, ahora que ya anda, y que lo vean sus amigos en el bar.
-Mirad que nieto más guapo tengo.
Se le quiebra la voz de puro orgullo. Siempre ha sido muy sentimental, cualquier cosa que le haga feliz, también le hace soltar una lagrimita.
Sabe que sus nietos son lo único que quedará de él cuando ya no esté. A ninguno le dejara herencia, también lo sabe. No hay nada que poder repartir. Sólo, como comenta a menudo, la honradez, la única posesión que recibió él de su padre y que tan orgullosamente lleva.
No le preocupa ni asusta la muerte. Lo tiene todo hecho, dice, cuando alguien saca el tema.
Y si. Morirá pronto. Sin molestar, como siempre.
Después vendrá otra gente, con el paso del tiempo y otras modas, a decir que la vida que vivió ese hombre, no era una vida lo suficientemente ecológica, o lo bastante tolerante; que sus ideas políticas eran las equivocadas y sus pasiones algo que hay que eliminar de la historia, porque la fiesta de los toros es cosa de malas personas, y la música de las coplas o la zarzuela, los modernos incultos, la identificaran con el franquismo.
Habrá quien piense que la verdad solo será posible cuando ellos la impongan. E intentarán imponerla. Olvidando a tantas personas que vivieron antes, sus palabras, sus actos de pura bondad, su vida humilde, su desconocido trabajo para dejar un futuro mejor.
Jamás conocerán la historia de estas personas, estas gentes que solo dejan en herencia la honradez.

Photo by jean carlos dias

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Antonio Miralles Ortega

Trabajador manual desde siempre en multitud de oficios, eterno estudiante de historia del arte. Escritor novel, a mi edad.

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