Las cosas entre Caín y Abel ya tenían tiempo de ir mal. Caín era más a modo de su madre, así como Abel era mucho más parecido a su papá. Sin embargo el amor de Caín por su padre era obsesivo; se desvivía por complacerlo desde que era niño. Pero Adán sólo tenía ojos y elogios para Abel, mientras siempre regañaba a Caín por cualquier cosa y no le reconocía nada, aun cuando era el primero en todo. Si no fuera por Eva que lo consolaba por las tardes, Caín hubiera hecho algo peor de lo que hizo. ¿Pero qué puede ser peor?

Cuando ya eran jóvenes, Adán les enseñaba a comprar y vender frutos para sobrevivir; les insistía en que los frutos rojos eran los preferidos por la gente. Abel escuchaba siempre sin preguntar, mientras Caín preguntaba lo que fuera.

– ¿Y por qué solo los rojos?
– Porque su valor nunca bajará de precio.- Respondió Adán.
– ¿Y de qué otros colores hay, papá?- Preguntó Caín, con tiento y amabilidad, percibiendo esa impaciencia habitual de su padre hacia él.
– En lo que averiguas cuántos colores hay, los compras y los vendes, te harás pobre, Caín.
– Pobre pero sabio.- Respondió Eva, que llegaba inoportuna, como siempre, deteniéndose su vientre embarazada.
– Suficiente por hoy. Ahora tomen estas monedas y salgan a los campos a comprar, les dijo Adán.

Mientras los jóvenes salían, sus padres se dirigían esas miradas de reproche que sólo ellos conocían.

– A veces dudo que Caín sea hijo mío.- Pensaba Adán.
– ¿Y de quién más iba a ser? ¿De la serpiente? – Ese humor de Eva, por alguna razón no era entendido por Adán.

Esa noche regresaron los hermanos a la casa para rendir cuentas a su padre. Abel le regresó las monedas.

– No hay frutos rojos aún, padre. Los campesinos dicen que con suerte brotarán en cinco días.
– Bien hecho, hijo. Esperaremos sin problema. ¿Y qué has hecho tú, Caín?
– Aquí tienes casi todas tus monedas, padre. He comprado dos canastas de frutos verdes, una de amarillos y media de frutos naranjas; son medio ácidos todos, pero la gente con hambre me compró casi todo.
– ¿Acaso no entendiste mis instrucciones? – Explotó Adán.-
– Pensé que…
– Lo dije muy claro: frutos rojos. Sólo había que comprar frutos rojos.
– Mañana venderé éstos y…
– Mañana estos frutos perderán valor cuando la gente sepa que vienen los frutos rojos.
– Pero padre…
– ¡Son órdenes! Quien trabaja para mí debe hacer lo que yo le ordeno.
– ¿Y no aprender?- Interrumpió de nuevo Eva, entrando con la mano en el vientre. ¿Cuántos tipos y colores de frutos has encontrado, hijo?
– ¡Los que nunca había visto, madre! De tamaños enormes y con tanto jugo que jamás hubiera imaginado. Otros tan pequeños que se perdían en mi mano, pero con un sabor que invadía toda mi boca.
– Debió ser maravilloso, Caín. Tú padre no sabe el placer de probar frutos. –Eva seguía diciendo cosas que Adán nunca entendía.- ¿Por qué reprendes a Caín, que trajo tu dinero y mucho más?
– ¡Me desobedeció!
– Afortunadamente, porque ahora sabe mucho de frutos y tal vez mañana tenga ganancias.
– La persistencia y la fidelidad es también una virtud, mujer. Quienes saben que yo sólo compro y vendo frutos rojos no los ofrecerán a nadie más; todos vendrán a mí. En pocos días seremos los únicos en venderlos.

Cuando Eva quiso responder, tuvo un gesto de dolor que inmediatamente alarmó a su esposo y a sus hijos.

– ¿Cómo te sientes, mujer?- Olvidó Adán el tema.- ¡Vayan por la partera, hijos, que yo aquí cuidaré a su madre!
– Adán, esposo mío. Caín sólo quiere saber lo que hay más allá. Déjalo ser.
– ¿Y que viva como yo para reparar tu curiosidad?
– ¡Estamos fuera de ese estrecho jardín, Amado mío! Acá afuera hay tanto por conocer. ¡Vámonos más lejos!
– Nosotros somos hijos de dios; no vagamos como lo hacen las criaturas. Tenemos una tierra que trabajar y ganado que cuidar. Los alimentos que producimos agradecen a Dios.
– ¿Y qué temes de irnos? Yo veo a muchas de esas criaturas volver cada año.
– Y muchas otras no regresan.
– Pero las que regresan viven por las que murieron; traen nuevas crías, más fuertes. Algo vieron y conocieron allá.
– ¿Acaso te quieres ir?
– Soy tu mujer. Mi lugar está contigo y haré lo que tú quieras. Pero nuestros hijos son tan diferentes entre ellos.
– Claro que lo he notado. Caín carga el pecado…- Adán calló abruptamente, como evitando ofender a su mujer. Sólo soltó un suspiro.
– ¿De la conciencia?
– ¡De la desobediencia!- Soltó agotado.

Pasó un largo silencio, como de esas discusiones que nunca llegan a ningún lado, tantos años ensayadas y nunca resueltas.

– Sólo quiero pedirte que no sigas poniendo pruebas a tus hijos, Adán.
– La vida les pondrá más pruebas. Yo sólo los preparo.
– Tú los estás calificando y condenando.- Eva tomó aire para contener el dolor.- También quiero pedirte que dejes ir a Caín.
– ¿Y hacerle lo mismo que nos hicieron a nosotros?
– ¡Pues a mí me vino bien! ¿No entendiste que nos dieron nuestra libertad? Sólo tú insistes en quedarnos aquí, a las puertas de este maldito jardín.
– ¡No blasfemes, mujer!
– Tengo las peores premoniciones, Adán. Por favor, deja que Caín se vaya antes de que sea tarde. No necesitas expulsarlo, él sólo se irá, sin despedirse, sin preguntar; simplemente un día no regresará.
– Sólo tengo una prueba más. Será la última. Lo prometo.

Eva ya no pudo responder, el dolor era demasiado. Pero aún faltaba para que diera a luz. Eso pasó poco antes de lo que todos ya saben, entre los hermanos. Después nació Set.

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