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Matías se quedó mirándome sin saber qué decir. Supongo que ambos estábamos asustados. Haceros cargo de la situación talleristas: estábamos encerrados en una caja en compañía de un escarabajo carnívoro. Si la mocosa de los rizitos de oro hubiera aprobado ciencias naturales, sabría que dónde ella creía tener una “babosa” y sus amiguitos nuevos, en realidad había un escarabajo y su comida.
– Oye, somos dos contra uno ¿Y si probamos a pegarle entre los dos y darle un escarmiento? – dijo Matías como quién acaba de descubrir la teoría de la relatividad, olvidando que dos caracoles no tienen nada que hacer, en una lucha cuerpo a cuerpo contra un escarabajo.
Le miré con desgana, casi con desprecio. A veces olvido lo tonto que puede llegar a ser éste tío.
– Sí majete, ahora evoluciono como un Pokemon, me salen uñas de acero como las de Lobezno, crezco dos palmos, me convierto en una mala bestia, le pego una paliza, derribo la tapa de la caja de un mandoble y salimos volando como Maya y Willy… ¡Qué buena idea has tenido! – dije con el mismo tono lánguido y desinteresado con que lo había mirado.
– ¡Mira merluzo, si tus palabras no pueden mejorar el silencio trágatelas, estoy pensando en cómo escapar! – añadí elevando el volumen algo exasperada.
Cuando la niñita me trajo a mis nuevos amiguitos os conté que Matías, al que ya conocía, no me caía muy bien. La cosa se remonta a un par de años atrás. Matías, que siempre fue el líder de los descerebrados del barrio, tuvo la feliz idea de ir a un sitio en donde había brotes de alfalfa tiernos, un manjar para nosotros. El problema era que para llegar, había que atravesar una carretera comarcal y esto para un caracol es un suicidio. El caso es que se encargó de convencer a otros siete botarates como él para correr el riesgo de cruzar y disfrutar del banquete. Una expedición sólo apta para valientes, según se encargaba de propagar. La cuestión se hizo muy popular en el barrio y la noche elegida, éramos un montón los caracoles apostados en nuestra cuneta, dispuestos a animar a los valientes muchachos.
Para mí, el problema era que yo estaba enamorada de Quique, uno de los de la expedición. En realidad, ni yo misma lo sabía. Sólo sabía que con él estaba a gusto, que me escuchaba, que con él aprendía mil cosas y nunca le había confesado mis sentimientos…
Traté de disuadirlo, pero no me escuchó y quiso ser valiente antes que prudente. De esta manera, mi amado se enroló en aquella disparatada aventura. Aquella fue una noche muy oscura de luna nueva. Por esa carretera pasaban muy pocos coches y aquello animaba al grupo de los ocho inconscientes. Pero una carretera es muy ancha para un caracol. Se internaron en el caliente asfalto y pronto los perdimos de vista en la negrura de la noche.
De pronto de aproximó una motocicleta. Pasó rápida, pero todos oímos claramente un <>, al pasar a nuestra altura. Aquella noche se oyeron siete <> en total. Por la mañana había siete sellos con la forma de un caracol estampados en el asfalto. Sólo sobrevivió Matías…
De pronto se me ocurrió cómo escapar.
– Sé cómo hacerlo Matías. – exclamé.
¿El qué? – dijo aún aturdido por la bronca que le había echado antes.
– Escapar ¿qué si no? No va a ser fácil pero puede funcionar. Hay que hacer cómo Clint Eastwood en “Fuga de Alcatraz”.
– Clint ¿qué?
– ¡Baah, déjalo! Me voy de “okupa” a la casa de nuestro amigo devorado, él ya no la necesita.
Mientras me introducía en la cáscara vacía recuperando así un hogar propio, le fui contando mi plan a Matías.
– Mira, nosotros podemos subir con facilidad por las paredes lisas de ésta caja. Yo lo he hecho varias veces. El problema es que, al llegar arriba, la tapa está encajada. Yo no tenía fuerza suficiente ni casa que me sirviera de palanca, pero ahora, la situación ha cambiado. Mi plan es que subamos los dos por la pared hasta llegar arriba. Allí, tú te colocas debajo de mí y me empujas con todas tus fuerzas. Yo colocaré mi nuevo caparazón en contacto con la tapa de la caja. Al ir empujándome tú, la cáscara empujará a la tapa y ésta irá cediendo. Si esto ocurre, se desencajará y ya nos será muy fácil abrirnos paso por la rendija y fugarnos.
– ¿Y si no cede la tapa? – objetó Matías.
–Pues nada, que Piku estará encantado de tener la despensa llena ¿Se te ocurre algo mejor que no implique adquirir superpoderes?
– No, en realidad no – contestó un poco abrumado.
–Pues ¡Manos a la obra! – dije resuelta.
Continuará…