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Las cosas podrían haber sucedido de otra manera, pero el universo dijo que no fueran de la forma que siempre había deseado. Una vez leí que conocer el amor de los que amamos es el fuego que alimenta nuestra vida, pero para mí ese elixir era el ácido que fue disolviéndome por dentro día a día cada parte de mi ser. Yo sabía que Patricia me amaba tanto como yo la amaba, pero siempre hubo alguna razón donde mi amor debía expresarse desde un plano sobre el que no me sentía cómodo, pero sobre el cual no tenía chance alguno de cambiar. Siempre recuerdo la vez que de pequeño mi madre se cruzó con dos gitanas con polleras largas. Mi madre las rechazaba, les tenía miedo. Al no darles el dinero que nos reclamaban, pusieron su mano sobre mi hombro y mirándome fijamente me dijeron “Ojalá que te enamores”. Esa maldición se cumplió cuando conocí a Patricia como alumna, una chica aplicada, inteligente, hermosa, siempre sentí en ella ese tipo de conexión que es tan difícil de explicar. Yo dictaba Física en el Normal de Córdoba y Ayacucho, le llevaba diez años en esa época y a ella le faltarían uno o dos años para cumplir los dieciocho. Yo quería encontrar una explicación a ese extraño sentimiento que me martirizaba. Patricia era algo prohibido para mí y sobre todo para mis principios morales. Se podría decir que el comportamiento entre los átomos y su núcleo, produjeron fuerzas electromagnéticas que hicieron que las propiedades intrínsecas de la masa se viesen alterada. Y esa alteración, no fue ni más ni menos que mi deseo de no perderla a través de estos veintisiete años.
Todos somos partículas en constante cambio, quizás algunos me vean como bicho raro, una especie de genio loco, pero soy igual que cualquier hijo de vecino que se enamora de alguien y nunca encuentra el momento para decir lo que se siente y transformar de una vez por todas su patética historia. Siempre creí que no existe otra cosa más que materia y que el alma era un invento que nos vendieron para hacer que la vida tenga algún sentido, una zanahoria que nos pusieron delante de los ojos y así seguir avanzando hasta que nos convirtamos en polvo y ya nadie nos recuerde. Patricia era la alumna que mayor atención me prestaba en las clases. Ella era un ser angelical, hoy mismo a pesar de que ya hayan pasado tantos años de aquellas extensas explicaciones llenas de ecuaciones y razonamientos sigue siendo muy hermosa. El crujido de las tizas rasgando el pizarrón con mis formulas aun me conmueve. Ella era el motor para ir a la escuela de buen humor. El solo hecho de saber que iba a verla me llenaba el corazón de alegría.
Ese lunes, frente a los pupitres, hice un paneo sobre todas las filas y ella no estaba. Primero pensé que ella se hubiese cambiado de asiento, pero no… ese lunes no había venido y su ausencia colmó de pena mi ausente e inexistente alma. Yo tenía que guardar la compostura y nunca demostrar delante de las demás alumnas que yo pudiera tener algún tipo de preferencia o peor dicho, algún tipo de sentimiento inapropiado para un profesor en una escuela de señoritas. Y así fue como no pregunté nada. Completé mis explicaciones sobre los distintos estados del agua y sus transiciones y me dirigí cabizbajo hacia mi próxima clase del año anterior. Mientras cruzaba el patio para ir a la otra aula, una de las chicas me abordó y me dijo “Se enteró profe, el papá de Patricia está muy mal” y ahí entendí por qué esa chica de asistencia perfecta a las clases que tanto adoraba había faltado. Sin darme cuenta empecé a cubrir ese espacio que su padre me estaba legando y con orgullo la fui acompañando cada clase de física hasta aquel día en que llego su final. No me pareció oportuno acompañarla en el entierro, pero hice lo humanamente posible para demostrarle que estaba con ella en ese difícil momento y por siempre. Luego Patricia terminó su secundario e inicio sus estudios en Ciencia Exactas y estuve a su lado para apoyarla, para explicarle los problemas de cargas electromagnéticas, física del calor y dinámica. Durante su pasar por la universidad me transformé en su amigo, un amigo inseparable e incondicional. Pasaron los años y un día, trágico para mí, me comentó que se había enamorado de un muchacho, un chico de la facultad fue lo que me dijo. Yo no supe que contestarle, no era apropiado ningún comentario mío, no podía influirle, no podía sacarle esa idea loca de la cabeza, solo podía acompañarla y así fue como fui testigo de su casamiento por civil, y también a pesar de mi dolor participé de la ceremonia religiosa en la sinagoga de Libertad y Córdoba. El tiempo hizo lo que debía, ella tuvo su primer hijo y quiso que fuese el padrino del Brith Milah de su primogénito, un privilegio al que no me pude ni debía negarme. Creí que mi función en la tierra era cubrir todos los espacios que Patricia iba generando a través del tiempo. Yo me iba congelando, derritiendo y evaporando según mi estado y las necesidades que Patricia me iban formulando. Cuando Juancito, mi ahijado acababa de cumplir los cuatro años, su padre se borró por completo y los dejó solos. Fue el momento que tuve que cubrir el papel de hermano y de tío de forma simultánea. En el fondo de mi ser siempre revivía aquella maldición gitana “Ojalá que te enamores” y el amor, ese amor que todos buscan, fue el mayor de los males que había podido soportar. Ella no dejaba de llamarme cada semana, éramos compinches, confidentes, compañeros de salidas, hermanos, y yo era feliz con ella, junto a ella, en el roll que ella o yo definíamos para poder seguir viviendo en esa falsa armonía que pocos sin duda pueden entender.
Hoy tengo que visitar la clínica dos veces por semana para el tratamiento de diálisis, ella está conmigo, ella es mi alma gemela. Aunque nunca haya creído en su existencia la realidad desbordó mi creencia, las almas existen. Ella no deja un minuto de cuidarme y de pensar en mí, como si fuese Juancito, como si fuese su otro hijo. Pero yo sigo sublimándome, transformándome y haciendo que mis partículas sigan cambiando de forma a merced de ella, a merced del destino que me toco vivir, cambiando y volviéndome a cambiar por ese amor que jamás tuve el coraje de expresar.
Fin.

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