El espejo maldito

El espejo maldito

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Aquel verano prometía ser espectacular para Elisa.
Con unas notas bastante aceptables, había conseguido que sus padres dieran el consentimiento  para marcharse con su pandilla a una casa rural.
Rodrigo, uno de los  chicos que la integraban, la vio a través de una agencia en internet y se lo comentó al resto.
A todos les pareció una idea estupenda.
¡Era increíblemente tenebrosa! Justo lo que a él le gustaba, pues era un fans perdidamente enamorado de todo lo exotérico.
La mansión de los espejos, llamada así por la gran cantidad que se hallaban en su interior, era una casona del siglo diecinueve, residencia habitual de unos señores vascos, que pasaban los veranos en Asturias, una tierra a la que adoraban. Construida entre montaña y bosque, el paisaje era idílico.
Aquella tarde se habían reunido los seis en casa de Marta, para ultimar el viaje.
Se decidió llevar ropa cómoda y mochilas amplias para transportar víveres, algún pc portátil para pasar el rato y libros…total, la estancia sería de cuatro días.
Aquella mañana del mes de agosto, Elisa estaba radiante.
Se despidió de sus padres y de su hermana pequeña y se montó en el bus junto a sus amigos.
El viaje duraba como cuatro horas y para entretenerse, cogió un libro de una saga que estaba leyendo.
Después de llegar a la estación, tuvieron que andar como un kilómetro, para llegar al lugar.
Cuando las chicas vieron la mansión, se quedaron boquiabiertas.
Marta, quería volver y los chicos se empezaron a reír.
—Ya basta— dijo Elisa.
—La verdad es que da un poco de miedo. Pero bueno, hemos venido a divertirnos y eso es lo que haremos.
—Rodrigo, saca las llaves por favor—ordenó Elisa.
Este, metió la mano en un bolsillo de su mochila y sacó una enorme llave.
Todos se empezaron a reír, al ver semejante tamaño.
Accedieron a la mansión abriendo el portón de madera vieja.
El chirrido de la puerta, hizo que se les erizarán el vello a todos.
Elvira, otra de las chicas creyó que su corazón se paraba del susto.
Por dentro, era de una belleza que producía escalofríos.
Se podía entender los lujos con los que vivieron en aquella época los dueños.
Si algo llamó la atención de los chicos, era la cantidad de espejos que había por todos los rincones, incluidas las escaleras que accedían a la segunda planta.
—Guau— dijo David ¡esto es otra historia!
—¿ Por qué no subimos a escoger habitación?— preguntó Marta.
— Ok— contestó David.
Todos subieron rápidamente.
Había ocho enormes habitaciones.
Todas ellas disponían de chimenea, con un cesto de leña al lado.
— ¿Para que habrán dejado leña ?—preguntó Lucas. ¡Si estamos en verano!
Rodrigo explicó que ponía en la agencia que allí las noches eran bastante frías, puesto que la casona estaba rodeada de montañas.
Después de dejar cada uno el equipaje en la habitación escogida, bajaron a cenar.
Prepararon una selección de embutidos, de los que dieron buena cuenta. Pues las emociones les habían abierto el apetito.
— ¿Qué os parece si nos acostamos, para madrugar mañana y salir de caminata? —preguntó Elisa.
Todos aceptaron y fueron acomodándose.
Lucas, sintió sed en mitad de la noche y bajo las escaleras para beber agua.
Al día siguiente todos se despertaron temprano, y bajaron a desayunar. Todos, excepto Lucas.
— Se le habrán pegado las sábanas. Es dormilón por naturaleza— apostilló Rodrigo.
Justo se disponían a subir a buscarlo, cuando Marta dijo: mirad chicos, al lado de aquel espejo, en el suelo.

—¡Es el pijama de Lucas!— dijo David.
Todos se acercaron hasta allí para comprobarlo, mientras gritaban su nombre.
__ ¡Efectivamente, es su pijama!— dijo Rodrigo.
Corriendo escaleras arriba pudieron ver, que su amigo no estaba en su habitación; salieron de la casa y empezaron a buscar por los alrededores. No lo encontraron y fue Elisa la que propuso marcharse de allí, para avisar a la policía más cercana.
Volvieron a entrar para recoger todo, incluido la mochila de Lucas y marcharse. El pánico se había adueñado de ellos.
Subieron todos juntos y cada cual recogió rápidamente sus cosas.
Estando ya abajo, se dieron cuenta de que Elvira no estaba.
Gritaron su nombre, pero nadie contestó.
—¡Oh dios mío!— dijo Marta, apuntando de nuevo al espejo.
— Es la mochila de Elvira—volvió a decir Marta.
Se acercaron despacio, aterrados por lo que estaba sucediendo.
Rodrigo, el más sagaz del grupo, empezó a tocar el maldito espejo.
Era grande, con un marco de pan de oro bellísimo, que llegaba hasta el suelo.
—Venga, vámonos de aquí— habló David. ¡Estamos corriendo un gran peligro!
Justo en ese momento, todos pudieron ver como una gran nube blanca absorbía el cuerpo de Rodrigo y su mochila caía al lado.
El miedo paralizó a los presentes.
Todos presenciaron como su amigo en un instante había atravesado el espejo. Fue David, el que gritó: ¡No os acerquéis, vamos, fuera todos!
__ No podemos irnos de aquí y abandonarlos. ¡Son nuestros amigos!— dijo Elisa, aún paralizada por lo acontecido.
—Llamaremos a la policía ¡vamos salir!— dijo David.
—¿Crees que alguien nos va a creer?— contestó Elisa. Es una historia… ¡nos tomarán por locos!!
—Tomaros de las manos y coged las mías. Los tres unidos sin soltarnos, podremos acercarnos al espejo. ¡Con los tres no podrá!—  propuso Elisa
— Estás loca—dijo Marta.
—Haced lo que digo y confiad en mí.

David y Marta obedecieron. Al fin, ¿qué otra cosa podían hacer?
A un metro de distancia, frente al espejo maldito, los tres jóvenes se colocaron agarrados de las manos. Lo que vieron sus ojos, les dejo sin reacción alguna.
Sus tres amigos, junto a muchos otros jóvenes, estaban frente a ellos, cada uno con su cabeza en la mano. Era como una gran pantalla, donde podían ver lo que parecía una película de terror.
Las cabezas tenían vida propia. Hablaban y reían. Los ojos estaban abiertos pero ensangrentados.
—Entrad, les dijo Lucas. Estamos impacientes de teneros con nosotros. Ja,ja,ja, ja,ja,ja.
—¡Dios mío!— dijo Elisa.
—Elisa, Elisa, despierta o perderás el bus para ir a la casa rural. Era su madre quien la llamaba.
Elisa, estaba blanca y el corazón le iba a cien por hora.
— Que ocurre hija?
Elisa no contestó. Tan solo se tapó la cabeza con las sábanas y empezó a temblar.

 

Carmen Escribano.

 

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Paisajes para recordar.

Paisajes para recordar.

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Nace el día, y el agobio te descarga la energía.
Es sucia y contaminada de cotidianos anejos.
Es hora de emprender camino, para una nueva fusión con tus raíces!
Melodía silenciosa,que descarga acordes armoniosos, en paisajes olvidaos en el tiempo!
Una indómita soledad se prepara, para el disfrute de retinas ansiosas que reciben la belleza del entorno!
Cascageo de agua dulce, cayendo en ramilletes origina una espuma envolvente que suaviza los sentidos!
Los verdes claros se fusionan cón azules cielo, en una amalgama imposible de distinguir .
Sonidos captados en cada registro, son violines que dulcificar el alma!
Y va cayendo la tarde con languidez, como deseando no esconderse tras la incipiente luna ,que la noche regala .
Un sol radiante muere, y se retira a su guarida esperando resplandecer de nuevo!
Es hora de volver, con el recuerdo en la mente, y el sosiego en el corazón!

Carmen Escribano.

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La Casa de los castaños (El desenlace)

La Casa de los castaños (El desenlace)

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Cuando Fernando, vio el cuerpo de su hermana Juana, no pudo evitar que los recuerdos volviesen a su mente…
Su hermana siempre fue su confidente de todas sus diabluras.
¡Cuantas no le había tapado!
Todo fue normal, hasta que aquel miércoles de ceniza, cuando apareció junto al el cuerpo de María, amiga de la pandilla e hija de Braulio, el jardinero que trabajaba en su casa, nadie defendió su inocencia.
Fernando tenía por aquel entonces dieciséis años.
Nadie creyó al chico, de que el no la había matado y mucho menos violado.
Ni siquiera doña Leonor, su madre. Viuda desde que Fernando contaba con ocho años de edad.
Las influencias de la familia Nogueira fueron cruciales para mandar a su hijo, a un internado al sur del país.
Y todo porque el halló el cadáver junto a un frondoso castaño. Le encontraron abrazando a su amiga y llorando.
¡Nadie dio crédito a su versión! Y su madre fue la primera en repudiarle.
Ni una carta, ni una visita. Desde entonces, su único vínculo con su familia fue el dinero, que mensualmente recibió hasta su mayoría de edad.
Tuvo que buscarse la vida. Era inteligente y pronto destacó montando su propia empresa, de importación de vehículos de lujo.
Nunca comprendió porqué su madre y hermana se habían comportado de aquella manera, tan deshumanizada.
La voz de don Ezequiel, lo devolvió a la realidad. Arrodillado junto al cadáver de su hermana.
Unas lágrimas resbalaron por su rostro.
— Levántate hijo, dijo el cura. Hay que llamar a la guardia civil. Fue el mismo Fernando quien lo hizo desde su teléfono móvil.
Fernando se percató que en la mano derecha de su hermana había algo.
El cadáver aun estaba caliente y no le costó mucho abrírsela.
Era un pequeño papel donde podía leerse:
¡FUERA TODOS DE ESTA CASA O CORREREIS LA MISMA SUERTE!
¡Todos menos tu hijo!
Todos los que allí se encontraban estaban angustiados y el miedo hacia presa en sus cuerpos.
¡Quién habría escrito aquello! ¡Parecía una pesadilla, de la que no podían despertar!
La tormenta estaba cesando y la lluvia parecía amainar.
Estaban todos concentrados en círculo, alrededor del cuerpo de Juana.
—Por favor dijo Fernando, que nadie se marche ¡Tenemos que esperar a que llegue la autoridad!
De repente, Fernando volvió a ver la silueta escondida, entre un castaño frente a donde se encontraban. A dos de los hombres que se hallaban junto a él, les hizo una seña para que le siguieran.
Medio agachados entre los árboles, llegaron al punto.
Fue cuando el cañón recortado de la escopeta, asomó entre sus cabezas.
— No os mováis, oyeron decir — Volveos despacio y con cuidado.
Así lo hicieron. Y pudieron ver un señor aparentemente mayor, con pelo largo y una barba de años, vestido andrajosamente con harapos.
— ¿Quién es usted?— preguntó Fernando.
—¿ De verdad no me reconoces?
— ¿Braulio?— preguntó Fernando
—Así es, mi querido hijo—contestó.
— ¡Pero las últimas noticias que tuve del pueblo, es que habías fallecido! dijo Fernando con voz de asombro.

Los demás, no daban crédito a la escena .Todos le creían muerto. Si bien era verdad, que nadie asistió al funeral, por mandato de doña Leonor…recordaron.
—¡ Es usted un miserable! apostilló Fernando. ¡Calla hijo, tú no sabes nada!
— ¡No me llame hijo, usted no es mi padre!
—Te lo llamo porque lo eres!— contestó Braulio.
— ¡Esta usted loco!
—Yo no miento Fernando ¡eres mi hijo biológico!
—Tu hermana lo sabía, pero guardo el secreto de tu madre. Ja,ja,ja,ja—rió Braulio.
¡Todos quedaron estupefactos!
“Definitivamente aquel hombre ¡había perdido el juicio!”, pensó Fernando.
— En vida de tu padre, tu madre se encapricho de mi, ja,ja,ja. ¡Y el tonto de él, creyó que tú eras su hijo!.
— ¿Pero dónde ha estado todo este tiempo?
Escondido en una cueva en el monte. ¡Yo sé sobrevivir!
—¡Ha matado a personas inocentes!
—El panadero metió las narices, donde no debía. Y tu hermana era culpable, de culparte de la muerte de mi hija…..tu otra hermana.
¡Una víbora era tu hermana Juana! ¡Eso es lo que era!
A lo lejos se oían, cada vez más cerca, las sirenas de la guardia civil.
De repente Braulio se desmoronó y cayó al suelo como un guiñapo. Todos escucharon el disparo proveniente de la casa.
Pudieron comprobar el tiro que atravesó el corazón del anciano.
Corriendo hacia la casa, y empujando la puerta, entraron los tres hombres junto a Fernando.
Miraron por todos los rincones…allí no había nadie. Solo en la tenebrosa habitación, seguía el cadáver de su madre…

Carmen Escribano.

 

3.50 Promedio (72% Puntuación) - 8 Votos
La Casa de los castaños ( Parte III )

La Casa de los castaños ( Parte III )

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Don Ezequiel mandó callar a las mujeres que seguían gritando y, acercándose al cadáver no sin cierta repugnancia, con su mano hizo la señal de la cruz en la frente del panadero.

—Vosotros, apartar el cuerpo de aquí, y tu, Fernando, llama a la guardia civil— dijo el cura, refiriéndose a los hombres.
Fernando se acercó de nuevo hasta el interruptor de la luz y, esta vez, hubo suerte.
Tenían de nuevo electricidad. Aunque la tormenta seguía tan viva, como antes de lo sucedido.
Con la claridad, aún era más desagradable la visión del cadáver ante los ojos de los presentes. La mujer que se había desmayado, y que había vuelto en sí, no dejaba de mirarlo sin poder pronunciar palabra. Los tres hombres con la ayuda de Fernando, retiraron el cuerpo para dejar la escalera libre.
Las voces hicieron que Juana, su hermana, bajase para saber de lo sucedido.
Su mirada era vacía, sin vida, y tampoco ningún músculo de su rostro se inmutó al observar la escena.
Todos quedaron atónitos por la frialdad que presentaba. Siempre fue introvertida y un tanto rara. Las gentes del pueblo, no le tenían gran simpatía.
Fernando quiso abrir la puerta para salir y poder llamar, como le indicó don Ezequiel. Pero no pudo. ¡Parecía que desde fuera estuviese atrancada a propósito!
Pidió ayuda a los hombres, pero por mucho que insistieron fue inútil.
¡¿Qué estaba pasando?!
Nadie entendía nada y la angustia crecía por momentos.
—¡Está bien ! ¿Quién ha hecho esto?— dijo Fernando.
Estamos encerrados, con un asesino entre nosotros… nadie ha salido, es mejor entregarse y que todo esto se aclare.
El murmullo se hizo extensivo entre los que allí estaban.
Fernando se dio cuenta en ese momento, de que su hermana no estaba allí de nuevo. Pensó que habría subido a la habitación, donde yacía el cuerpo sin vida de su madre.
Subió escaleras arriba y fue directo a la sala. Pero no había nadie excepto la difunta.
La noche se estaba echando encima y tenían que salir de allí como fuera.
El cura propuso romper el candado que cerraba los cuartillos de madera, que cubrían un gran ventanal para poder salir. Fernando dio su consentimiento a la idea.
Cuando los tuvieron abiertos, abrieron el ventanal. Con ayuda de una silla que sirvió para alcanzar la altura de este, uno a uno primero las mujeres, y después los demás fueron saliendo del caserón. Todos menos Juana, que por mucho que la llamaron y buscaron, nada se supo de ella.
A Fernando le pareció denigrante tener que dejar solo el cadáver de su madre, en su último viaje. Al día siguiente se le daría cristiana sepultura, en el panteón familiar que estaba en la misma finca de castaños, que rodeaban la casa.
Seguía lloviendo a cántaros, como si el cielo quisiera desaparecer con tanta agua.
Ya fuera, todos reunidos en grupo y tiritando de frio y mucho miedo, se vieron sorprendidos por un tremendo rayo, que iluminó el jardín donde se encontraban.
En ese momento, todos pudieron ver el cuerpo. ¡Era Juana, su hermana!

 

Continuará…próximo capítulo ¡El desenlace!

 

Carmen Escribano.

 

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La Casa de los castaños ( Parte II )

La Casa de los castaños ( Parte II )

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El grito proveniente de la planta baja, dejó a los presentes aturdidos.
Fernando Nogueira salió disparado de la habitación, donde yacía el cadáver de su madre y bajó las escaleras tan rápido como pudo.
Abajo donde todo estaba oscuro, le pareció que una silueta se dibujaba justo delante de la puerta que accedía a la cocina.
— ¿Quien anda ahí? preguntó.
Solo oyó una respiración fuerte y entrecortada. Como pudo casi al tacto, llegó hasta el interruptor de la luz. Pero pudo comprobar que no había electricidad.

“Será la tormenta”, pensó.
Con un fuerte temblor en la mano, encendió el mechero que siempre llevaba en el bolsillo de su chaqueta… ¡Era un fumador empedernido!
La llama fue dirigida hacia el lugar, donde había visto la sospechosa silueta, pero allí ya no estaba.
¡¿Cómo era posible que hubiese desaparecido tan rápido?!
Mientras, en la habitación de arriba, nadie osaba salir de allí.
El pánico colectivo se multiplicaba por momentos.
Fernando, con el mechero encendido, intentó volver a subir de nuevo. Al poner el pie en el primer escalón, tropezó con algo que le hizo caer.
Cayó sobre algo blando e iluminó para saber que era aquello.
— ¡No puede ser Dios mío!— gritó.
El cadáver del panadero surgió como de la nada delante de sus ojos, con el rostro todo desfigurado. Lo reconoció por la chaqueta, aunque estaba rasgada al igual que el resto de la ropa.
Parecía que el cuerpo le hubiese sido destrozado a golpes. Incluso le faltaba un trozo de rostro, incluida la oreja izquierda, y el antebrazo de la misma mano, estaba cosido a mordiscos.
— Pero si al bajar no había nada ¿Quién lo puso allí ?— se preguntaba.
— ¡Que alguien baje ya! ¡Tienen que ver esto!
Don Ezequiel, el sacerdote, fue el primero que hizo ademán de salir de la habitación.

— ¿Es que nadie va a bajar señores? —preguntó.
Tres vecinos del pueblo se unieron a la petición y comenzaron a salir de la madriguera. Fue entonces cuando el resto, todas mujeres, comenzaron, agarradas entre ellas, a desfilar peldaño a peldaño. Todas excepto Juana…la hermana de Fernando.
El cura para alumbrarse había tomado prestado, uno de los cuatro grandes velones que acompañaban a la difunta. Cuando llegaron abajo, lo que vieron todos, hizo que Mauricia una de las presentes, cayese redonda de la impresión. Mientras los hombres no fueron capaces de articular palabra, las mujeres gritaban despavoridas…

 

Continuará…

 

Carmen Escribano.

3.20 Promedio (68% Puntuación) - 5 Votos
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