Sueño, llueve

Sueño, llueve

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Sueño que llueve y estás en mis brazos.
La noche juega en fotografía con el calor de mis manos,
y las gotas raídas mojan el corazón que también te sueña.
Transcurre lento el paisaje de madrugada,
y me dejo llevar por el cauce de un río callado
con sabor a tu nombre repetido y a las esferas de besos compartidos.
Me inunda el reflejo del amor que transmiten esas gotas
que golpean a intervalos pacientes
los recuerdos impregnados de raíces.
Me veo en cada uno de los rastros perseguidos de esa lluvia,
en el golpe suave cuando golpea mi cuerpo
y deshace la fragancia de un recuerdo.
En esa irrealidad de una lluvia forastera
veo al niño que ya fui pendiente de tu llegada,
al que se hizo sangre de tu cuerpo,
contenida la emoción de amar el sueño de un misterio.
Sueño que llueve y sueño que tú también estás soñando,
que creamos un ritmo de sueño sin parcelas definidas,
que la lluvia es corpórea y tiene nombre de mujer,
y que transmite en cada roce las caricias que tantas veces soñé.
Y deslizo la fortuna de soñarme suelo,
consumirme en la tierra que bebe tu silencio amoroso,
ser el lodo hollado donde confundimos todos los sueños.
Mis manos abrazan lo que no está,
el líquido que se desprende de tu ausencia,
y me perfilan las lágrimas de la amada que tal vez sí sabe que solo es un sueño.
Se pierde la alegría del destino que juntó nuestros cuerpos,
tierra y agua, me despierta el llanto con que alcanzo la mañana.
No estás, no estoy,
a mi alrededor solo percibo el sueño,
vacío, soñando
que era la muerte.
Y ahí no hay sueño. Ni en nosotros.
Pero sigue cayendo la lluvia,
y entre las gotas y mis brazos,
tu cuerpo.
Llueve.,

Photo by Por mi tripa…

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Caminos

Caminos

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Le sorprendió. También su respuesta. No sabía por qué había aceptado aquella propuesta. Era la primera vez que iba a tomar un café con uno de los compañeros de trabajo fuera de la oficina. Había denegado esa invitación en innumerables ocasiones. Pero esta vez era diferente. Miguel era un compañero de trabajo excelente, tenía que decirlo, se habían complementado muy bien en todas las facetas laborales y los proyectos que la empresa les había encargado habían tenido éxitos sin precedentes. Una parte de las mejoras económicas en su sueldo, sin duda, se lo debía a esa cooperación. No pasaba lo mismo en el trato personal, y no es porque él la tratase mal o le hubiese mostrado desafecto en algún momento, no, sino todo lo contrario. Los halagos y la cortesía demasiado afectuosa le irritaban. Ella, una mujer que necesita tener todos sus asuntos en perfecto orden y estado de claridad, no puede soportar la ambigüedad que le supone el asedio constante de atenciones y miradas que su compañero le dedica. Tendría que sentirse obsequiada con tales detalles, pero odia sentirse atrapada dentro de un juego que ella no ha iniciado y que no le interesa. No ama a ese hombre, ni siquiera se siente interesada por dar un paso adelante y proseguir su excelente relación profesional en un ámbito más restringido, más personal, más íntimo. El café le propone un momento adecuado para dejar las cosas como ella quiere que queden, para volver al principio, para expresarle que está equivocado, que sus intereses no pasan del ámbito laboral. Pero no quiere herirle en demasía, sabe que en torno a ese café habrá un juego lúdico que sobrepasará el entorno de calma y prudencia con que ella se dirige a la cita. Espera que el orgullo de hombre herido en sus sentimientos se deshaga en el aroma de un café compartido donde en algún momento podrán retomar alguno de los asuntos que en la oficina no han podido completar. Le molesta tener que aclarar estos detalles a su compañero, pero lo entiende necesario, y le preocupa pensar que quizás él haya actuado así por alguna fragilidad que ella haya manifestado en su relación, aunque entiende que el exceso de imaginación y fantasía que su colega manifiesta en ocasiones también ha influido en esa interpretación errónea. De camino a esta anormal cita presiente, sabe, que goza de la lucidez suficiente para solucionar el conflicto que ha invadido su vida desde hace unos meses.
Fue un acto irreflexivo, pero necesario. Se cruzó con Esther en el pasillo y las palabras salieron solas. Tan libres que el asombro que le produjeron fue mayúsculo. La había invitado a un café vespertino, a una hora en que los asuntos y elementos de la empresa estaban lejos de sus pensamientos. Reconoce también que la rápida respuesta de ella sembró dudas sobre la conveniencia de la propuesta. Le encantaba trabajar con ella. Formaban un equipo exitoso. Las dudas de él se solucionaban con la certeza de ella, y las imprecisiones que alguna vez entorpecían la labor de su compañera eran fácilmente remediados por la validez de sus intervenciones. Se reía cuando algún compañero común le hablaba de la belleza que desprendía, de los aires de seducción que sin proponérselo embaucaban a los clientes, y él asentía con gozo a esos comentarios, y reconocía que experimentaba hacia Esther sentimientos de camaradería y admiración que no había sufrido nunca antes. Pero nada más. Desde hacía un tiempo notaba que ella vigilaba sus actos continuamente y, pese a que ello no interfería sus reuniones de trabajo, le preocupaba que se obsesionase con él. Su comportamiento había sido siempre muy delicado hacia la compañera, afectuoso, como corresponde a un sentimiento de admiración laboral, pero esa desmesurada atención de ella le incomodaba. Últimamente notaba cierta timidez en sus respuestas, y creía haber notado un rubor en sus facciones que antes no aparecían. Tenía que cortar cuanto antes esas sensaciones, decirle que podía entender que ella se sintiese atraída hacia su persona, pero que él no estaba interesado en otra cosa que no fuese una fuerte relación laboral, una complicidad que les siguiese proporcionando éxitos profesionales. Más allá, solo cafés en cualquier despacho de la empresa y el calor afectuoso de charlas sobre asuntos económicos y las risas entremezcladas con que celebraban sus triunfos. Esperaba que su amiga de trabajo, sí, así la sentía, lo entendiese, y que, pese al dolor que ello le pudiese ocasionar, su relación siguiese siendo fructífera y volviesen a ese estado donde la confianza supliese a la timidez y donde sus palabras y saludos no produjesen falsas impresiones en su socia. En todo momento sería preciso en sus palabras, pero también benévolo para no herir los sentimientos de Esther. Todo saldría bien. Estaba seguro de que esta reunión iba a ser tan provechosa como cualquiera de las que habían mantenido con sus innumerables clientes.
Llegan a la misma hora a la cita. La puerta de la cafetería es el punto donde ambos descubren en sus miradas que hay cordialidad en la presencia del otro, y presientes entonces que sus pensamientos estaban equivocados, que no se habían amado nunca, que cualquier gesto anterior entre ellos procedía de un mutuo sentido de responsabilidad y de fascinación. Sonríen, y agradecen en el saludo que haya llegado esta cita para solucionar ese conflicto anterior que atenazaba sus corazones. No saben todavía que ese café les llevará a otras conexiones mucho más cómplices que excederán en mucho la relación personal que hasta entonces tenían. El último sorbo será el principio de una intimidad nunca antes presagiada.

Photo by Kwintin

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Silencios

Silencios

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Hay silencios
que brotan de las palabras
como un resumen tácito
de todo lo dicho…
de lo evitado también.

Hay silencios
teñidos de rojo
que engalanan, labio carmesí,
el vestido con que abrigamos
las palabras que nos realizan.

Hay silencios
que no dicen nada,
pero que lo son todo,
que expresan en la infinitud del tiempo
el valor puntual de cada momento.

Hay silencios
que juegan con los ojos,
que bailan las miradas,
que insisten en el brillo fugaz
de una duda,
en la tristeza acuosa de una certidumbre.

Hay silencios
inexplicables,
como las palabras que lo contienen,
invisibles,
pero terriblemente corpóreos,
capaces de llenar espacios
sin fisuras,
abarcando lo inabarcable,
en un desprecio de formas y medidas.

Silencios,
silencios que nos forman,
que nos informan,
que nos conforman,
que nos deforman,

que juegan con nosotros
como nosotros con las palabras,
silencios que engalanan
el pensamiento almacenado,
el tropel de sentidos que se esconden
en los labios que no guardan aberturas,
en las gargantas que permanecen selladas.

Y tras los silencios,
la existencia siempre de las palabras,
mudas, violentas, apagadas,
señales de vida,
y, por eso,
a veces,
calladas.

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Amigos para siempre

Amigos para siempre

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-Recuerda, a las ocho, que tengamos tiempo para preparar las cervezas, el picoteo durante el partido y la cena rápida que viene después para celebrar la victoria. ¡Que a estos los machacamos!
Colgó el teléfono con la sonrisa previa a una gran noche. Otra noche de fútbol con Mario. Una más. Escrutaba su memoria para recordar la primera imagen que tenía de su amigo, y no podía precisarla. Pero estaba seguro de que era una de aquellas en las que aparecían juntos dándole patadas a un balón de fútbol.
Habían sido inseparables compañeros de patio en el colegio desde la infancia. No recordaba si siempre estuvieron en la misma clase, pero durante el recreo siempre ocuparon el mismo terreno de juego, compartieron el mismo pasatiempo y estuvieron en el mismo equipo. “¡Pásala, que estoy solo! ¡Goooooollllll! Somos los mejores”. Y sí, lo eran, en aquel pequeño escenario no había mejores jugadores que ellos dos. Recordaba ahora con precisión el día en que decidieron, a espaldas de sus padres, hacer una prueba en el equipo de su barrio. No les fue difícil convencer a los entrenadores de aquel equipo de que tenían plaza asegurada en aquel grupo. Y siguieron llegando los goles, las felicitaciones de sus compañeros y el convencimiento de que eran los mejores. Y del equipo de barrio pasaron a uno de campanillas. El destino les estaba reservando plaza entre los grandes futbolistas de su generación. Los estudios no los llevaban bien, pero poco les importaba mientras el balón siguiese entrando en la portería contraria. Se hicieron los tres inseparables: “Mario, Pedro,… y el balón”. Sonríe cuando recuerda que en bastantes ocasiones dormían Mario y él abrazados a aquel trozo de cuero.
Les gustaba también el mismo equipo de fútbol profesional. Y tras degustar un duelo futbolístico los sábados como protagonistas esperaban con impaciencia la tarde del domingo para ir juntos a un bar y visionar el partido del club de sus sueños. Se veían los dos entre aquellos jugadores que pateaban con tanta pericia el balón y acababan el domingo cantando la alineación de aquel equipo, pero con dos pequeños cambios, y los nombres de Mario y Pedro aparecían en el equipo que iba a ganar todas las copas del mundo.
Y llegaron las chicas. Y cambiaron poco a poco los balones por las pelotas. Estas empezaron a adquirir más protagonismo en sus movimientos. Ahora regateaban a los padres, a otros contrincantes y procuraban llegar a la puerta contraria con facilidad. Y si marcaban, gritos de placer, pero nada de abrazarse ya con los compañeros, pues solo jugaban partidos individuales. Mario fue el primero en abandonar la práctica del fútbol. Un ligue, que después se convirtió en novia, y que logró llevarlo al banquillo. Descuidó los entrenamientos, empezó a saltarse las normas estrictas que hasta entonces habían sido mandamientos, y su rendimiento empezó a bajar. De poco le sirvieron los excelentes números anteriores. Y no supo sobreponerse al frío de los suplentes y al silencio de la afición cuando pronunciaban su nombre. El gran Mario era ahora un jugador relegado a la suplencia y que apenas aportaba algo al equipo, ni siquiera la alegría que antes mostraba en el vestuario. Y de ese banquillo, Marta, su novia, consiguió llevárselo al suyo, más mullido, confortable, y donde el frío no llegaba.
A él lo apartó una lesión importante. Todavía le lastiman el golpe, los gritos de dolor, la operación de rodilla y la insufrible espera de una recuperación que nunca se produjo. Tardó un año en darse cuenta de que su unión al fútbol solo era posible desde la grada o desde cualquier taburete o silla de un bar, y de que cuando fuese mayor recordaría desde un sofá, mientras contemplase cualquier partido, las jugadas y goles que le podrían haber encumbrado en aquel mundo de cuerpos sanos.
Entre ambos retiros, una temporada larga y dura. Pedro buscaba en el campo a su amigo, pero este no estaba. Lo llamaba por teléfono para hablar, entre otras cosas, de fútbol, “¿viste el gol de Messi?”, pero Mario ya no veía los partidos. “No, no, ayer cenamos en casa de los padres de Marta”. Aprendió a convivir en un trío bien diferente, “Pedro, el balón, … y una chica”. Y entre ellos, la distancia que imponía la novia a la que no le gustaba el fútbol… ni Pedro, “que no es serio, que va de chica en chica, que solo piensa en correr tras las faldas y una pelota; a ver si crece”.
Abandonado a su suerte, sin Mario y sin el balón, también él sufrió la zancadilla de una chica. Intentó hacerle una sotana, pero se encontró delante de un cura prometiéndole amor eterno a aquella mujer de delantera imponente. “Teníamos el mismo final, Mario”, pensó. Pero él tuvo suerte. A su mujer, Carmen, no le molestaba que Pedro se desviviese por sentarse en el sofá delante de la pantalla si había partido. Es más, le encantaba poder estar un rato sin él, dedicándose a sus cosas, y solo rogaba que después el resultado de aquel evento no forzase discusiones o amores que no eran requeridos por asuntos importantes.
Pero sin Mario. Hasta que un buen día este se presentó en su casa para decirle que había decidido cambiar de competición, que los últimos partidos habían sido muy aburridos, y que se había animado a sacar en su equipo a una reserva, y le había complacido tanto su idea del juego que Marta ya no estaba en su equipo. Lucía era ahora la titular. Y que había tenido tanta suerte como él, pues era una mujer con vida propia a la que no le importaba que su pareja disfrutase con sus amigos viendo partidos de fútbol, mientras que ella no estuviese obligada a verlos. Y Mario había visto la luz, había recuperado el buen juego en el campo amoroso y había recuperado a su amigo Pedro para los festines futbolísticos.
– Estamos ahí en media hora, Pedro. Será una gran noche. Lucía ha salido a comprar un postre especial para celebrarla. No le gusta el fútbol, pero sí las celebraciones conjuntas.
¡Qué suerte habían tenido los dos! Estaban recuperando a marchas forzadas el tiempo perdido. Disfrutaban de estas veladas y de otras muchas que no tenían nada que ver con el fútbol. Las últimas vacaciones en Creta daban fe de ello. Lucía y Carmen congeniaron rápidamente. Un par de cenas en casa de unos y otros, unas salidas al cine, muchas tardes de compras y algunas cenas a solas ellas porque el fútbol así lo reclamaba. Y después se acoplaron a las noches de fútbol. ¡Oé, oé, oé, oé!
– A punto. Las ocho y media. Carmen estaba más impaciente que yo. Vamos a sentarnos que el partido está a punto de comenzar.
– Sí, no perdáis tiempo. Os dejamos solos. Carmen y yo colocamos las cosas para después, dejamos el postre especial en su sitio y nos vamos a hablar de nuestras cosas bien alejadas para que no os molestemos.
Pedro y Mario ya no escuchan a Lucía. Se sientan a ver el partido, y lo disfrutan a gritos, como siempre. Y ellas, en la habitación más alejada de la casa, se cuentan sus últimos avatares mientras se despojan de las ropas, y disfrutan a tímidos susurros de las penetraciones por la banda, de las tijeras espectaculares que ya quisiera para sí cualquier gran delantero de la liga, y tienen permiso especial para usar los pies, las manos más osadas y cualquier parte del cuerpo que lo precise en el enésimo partido que están disputando. No hay entradas violentas, es un juego de sutileza e inteligencia que provoca grandes jugadas y caras de satisfacción. La liga de los hombres está a un nivel ínfimo, mientras las suyas descansan en el suelo al calor de los cuerpos en que más tarde volverán a deslizarse.
-¿Qué tal el partido?
– Ufff, chicas, mal, nos jodieron en un fuera de juego clarísimo.
Las risas de ellas no provocan malhumor en Pedro y Mario. Nada puede afectar el resto de la velada.
– Sí, siempre en fuera de juego.
– Pero el miércoles hay Champions y a esos nos los follamos.
– Pues nada, el miércoles a follar, jajaja.
Y el pensamiento puesto ya en el miércoles despide la sesión futbolera.
– Bueno, chicos, a cenar. ¡Que aspecto tiene el postre especial, Lucía!. ¡Qué suerte tuvimos de que Pedro te encontrase!
Y en eso los cuatro estaban de acuerdo.

Photo by xomorrotxoa

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