El último tren (7ª parte y final)

El último tren (7ª parte y final)

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Pude ver en el brillo de sus ojos el alivio que le provocaba haber contado por fin toda su historia y la desazón que a la vez ello le ocasionaba.
Partí con la angustia de haber perdido el último tren de mi vida en aquel café. Crucé la calle y volví a entrar en la biblioteca. Y por pura intuición comprendí que en el fondo de su relato, Carmen no había mentido, si acaso, acomodó la historia a los latidos de su corazón. Lo amó y, a la vez, le quiso muerto…No era tan raro.
Subí un piso y busqué el periódico del día que ella me había dicho. Fue sencillo. Todos los periódicos de los últimos 50 años estaban dentro de un ordenador. Sólo tenía que poner la fecha y elegir un diario. Ni recuerdo cual fue.
En la página dieciséis, en la sección de sucesos, se hablaba de un hombre que apareció muerto en su propia casa. El cadáver fue encontrado en avanzado estado de descomposición después de haber permanecido expuesto a los calores del verano. En una primera valoración, parecía que el cadáver podía llevar más de un mes ahí. Fue descubierto, al intentar un funcionario de correos entregarle una carta certificada de su empresa, en donde se le comunicaba su despido por absentismo laboral injustificado. El fuerte olor que salía del interior de la vivienda y la nula respuesta a sus repetidos timbrazos, hizo que el cartero llamara a la policía.
Me quedé un instante sumergido en mis propios pensamientos. Tuve el presentimiento de que Carmen no había mentido y que todo había salido como ella lo había previsto, tal y como me lo contó El edificio olvidado del centro fue su principal cómplice. Durante un verano, prostitutas, clientes y vecinos soportaron el hedor callando por propio interés. Las prostitutas callaron porque les iba el sustento en ello y cubrieron sus apartamentos de ambientadores con olor a rosas. Los clientes porque se jugaban su reputación, o su familia, o ambas cosas. Los inmigrantes por no tener los papeles en regla y en cuanto a los dos ancianos porque ya solo gastaban energías en joderse la vida mutuamente. El aire de clandestinidad que rodeaba al edificio fue el lubricante perfecto para que el miedo se deslizara discreto por todos sus rincones, cubriendo de silencio aquel estío.
La casa era propiedad de un matrimonio de Tudela, seguía la noticia, que se la tenía alquilada a Lamberto Benavides, un guarda jurado de origen colombiano. No había muchos más datos Sólo una foto de la furgoneta del departamento forense y un revuelo de gente alrededor, algunos de los cuales, se tapaban la cara. La noticia no decía mucho más, excepto que se desconocía la causa de la muerte. Seguí leyendo ávido de más información pero nada encontré en el diario del día posterior, ni del siguiente. Por fin hallé una breve reseña en la sección de sucesos del periódico del trece de septiembre. Decía que el cadáver encontrado en el número siete del callejón del olvido el pasado día dos, en realidad no era quien se había informado, pues todos los documentos que obraban en su poder eran falsos. Ahí publicaron la foto de Orlando y ya no tuve dudas de que era él aunque me asaltaron mil preguntas sobre quién habló conmigo en el tren. No era posible que el relato de Carmen fuera veraz y que yo hubiera hablado con Orlando poco antes de estallar la bomba. Algo se me escapaba en éste misterio y, en ese momento, no era capaz de dar con la clave.
En realidad se trataba de un español de origen portorriqueño que se llamaba Orlando Zanetti, explicaba el diario, y que tenía alguna cuenta pendiente con la justicia por menudeo en el tráfico de drogas. El diario añadía que lo que quedaba del cuerpo presentaba restos en sus tejidos de una potente neurotoxina y, según fuentes policiales, todo parecía apuntar a un ajuste de cuentas entre delincuentes, si bien el método utilizado, hacía pensar en algún rito o aviso en clave entre bandas rivales. No encontré nada más al respecto por lo que entendí que hubiera sido Carmen o no, el caso terminó archivándose como un asunto entre malhechores.
Bajé las escaleras, que me conducían a la planta baja, pensativo y llegué a la conclusión de que mi aborrecida mujer llevaba razón. Debí de quedarme dormido leyendo el periódico y estaría soñando con Orlando cuando el tren explotó. El trauma posterior, la sedación y la convalecencia de los primeros días de hospital tuvieron que obrar en mí un convencimiento íntimo al respecto y, como decía mi mujer, confundía sueños y realidad.
El libro sobre el que Orlando Zanetti decía trabajar no debía de existir y nada de lo soñado era cierto. Y, sin embargo, la información que me dio Orlando, fuese o no un sueño, me había llevado hasta la biblioteca y hasta Carmen. Alguna explicación debía de existir para ello.
Eran las seis de la tarde y la biblioteca cerraría en dos horas. Decidí perderlas en buscar el libro. Me senté frente a un ordenador a pocos metros de donde había disfrutado con Neruda pocas horas antes y caí en la cuenta de que el libro, según Orlando no tenía nombre.
Si yo no hablé con Orlando Zanetti y el libro no tenía nombre, – ¿Cómo y qué busco aquí? – me pregunté.
Sin nada que perder, introduje en el buscador del ordenador el texto “indio boricua de impronunciable nombre”, y, para mi sorpresa, me abrió un libro titulado así, solo que no era antiguo sino fechado en 1964.
Comencé a leerlo y muy pronto un estremecimiento profundo me agarró de las entrañas. Orlando Zanetti me dijo que el libro hablaba de su propia vida como vivida a través de las andanzas del indio boricua. Sin embargo el libro que andaba leyendo comenzaba con la leyenda de un indio de hace mil doscientos años que se reencarna en una persona gris y sin suerte de nuestros días como pago por un crimen cometido. A partir de ésta leyenda comencé a reconocer la historia que contaba porque… ¡Era la mía!
Leí con avidez, saltándome párrafos, capítulos, yendo adelante y atrás. Devorando atónito lo que me contaba como si me escupiera una maldición a la cara.
Nunca fui el más despierto de mi clase, ni el más avispado de la pandilla. Me enamoré de la misma mujer vampiro que Orlando y a los dos nos burló. Me casé hastiado de haber amado en vano a todas aquellas mujeres que me ignoraron y lo hice con la única que nunca me quiso y a la que sólo deslumbró mi recién sacada licenciatura en ingeniería. Ella soñó con una posición social más elevada de la que le pude dar. Nunca pasamos apreturas, pero mi discreto puesto de trabajo en el ayuntamiento como ingeniero técnico en el departamento de canalizaciones y desagües, mató la creatividad de mi juventud. Me acomodé y terminé por ser uno más de los que hacían el trabajo sucio de los proyectos de otros. Nunca me importaron los amantes que coleccionaba mi esposa para colmar un voraz apetito sexual que nunca me preocupé de atender. Tengo un chalet con piscina pagado y dos coches que no conduzco apenas, pues prefiero leer mientras me desplazo en tren o autobús.
Nunca tuve hijos, ni mi mujer tampoco, así que siempre tuve la certeza de que la estéril era ella pues no vinieron ni cuando decidimos buscarlos pero eso nunca nos preocupó. Ella llevaba su vida y yo la mía. Cualquiera que nos viese envidiaría nuestras vidas de cartón piedra. Pero debajo de esa fachada no había nada que nos uniera, como esas argamasas de casas viejas que parecen sólidas pero que se deshacen en la mano al tocarlas.
Todo lo narraba el libro como si fuera al indio boricua a quien le ocurriera. Contaba cuando, de pequeño, mi madre me olvidó al sol de agosto y me quemé la parte derecha de la cara y me dejó de por vida una mancha oscura en la sien como recuerdo. Contaba con diabólica precisión, cómo aquella mujer vampiro me hacía cortes en los brazos con una cuchilla, para beber el tibio líquido rojo y alcanzar así el orgasmo una vez que yo me había aliviado en su seno. Y también detallaba cómo esos cortes en los brazos fueron los causantes de que Orlando Zanetti y yo nos diéramos cuenta, llegados los calores veraniegos, de que habíamos estado en manos de la misma criatura.
Repasaba sus páginas en la pantalla del ordenador, adelante y atrás y allí en dónde me detuviera, siempre me narraba mi vida como si el indio boricua la hubiera vivido. Mi familia y amigos, con otros nombres, componían los personajes secundarios en una historia reconocible por mí.
La idea de leer el último capítulo se me cruzó en el peor momento pues sucumbí a sus reclamos antes de sopesar las consecuencias. Tiene gracia, pero en ese momento, lo único en lo que podía pensar era que los muslos de Carmen debían ser un refugio más cálido que esa fría biblioteca en dónde cazaba mariposas invisibles.
Avancé por las páginas de mi vida buscando indicios de un encuentro con Carmen y así llegué al último capítulo. En general contaba mi vida desde la niñez hasta los días previos al atentado. El libro me recordó que cuando me encontré en el tren con Orlando Zanetti, iba a presentar un proyecto de riego para unos jardines en un barrio de la periferia. Me desconcertó que aquel libro que parecía un oráculo y que desvelaba todo sobre mí, se detuviera hace apenas unos meses sin revelar nada de mi futuro. Que contase el pasado había dejado de sorprenderme. A esas alturas lo único que me importaba era saber el futuro. Me había empezado a obsesionar esa mujer con la que había compartido mesa y café y de la que nada hallé en el misterioso libro.
Al terminar había un epílogo. Hablaba de un tren y dos amigos que se reencontraban después de muchos años.
Leí atento el último párrafo.

“Fue un encuentro breve. Tan breve como la deflagración seca, sorda y brutal que se desató a continuación. El tren voló por los aires, envuelto en llamas. Nadie lo pudo contar. No hubo supervivientes en aquel vagón. La luz se apagó para todos ellos a las ocho de la mañana”

Unos tacones de aguja repicaron a muerte a mi espalda. Un perfume de mujer lo precedió. El sonido se fue acercando y el olor del perfume de Carmen envolvió toda la estancia embriagándome de deseo, pero un escalofrío me recorrió el espinazo al tomar conciencia de lo que me venía a anunciar.
Carmen se acercó tanto a mi espalda que pude oír los latidos de su corazón. Yo seguía pegado a la silla, sin mirar atrás, cuando noté cómo su pelo caía suelto sobre mi acariciando mi cuello y noté sus labios carnosos susurrarme al oído.
– Por eso no me hiciste el amor esta tarde. Los muertos no pueden…

Fin

El último tren (6ª parte)

El último tren (6ª parte)

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Por fin fijó el día. Era viernes y Orlando se quedaría a tomar copas con los compañeros. Llegaría tarde y borracho. Sería más fácil.
A las siete de la tarde salían del trabajo. Los últimos viernes anteriores lo había seguido con discreción. Y, como si de un peregrinaje con estaciones programadas se tratara, un grupo de unos diez hombres bebían cerveza como vikingos haciendo paradas en los mismos bares. Había uno enfrente del trabajo, el “Equinoccio”, que era la primera estación. “El mesoncito” y “La taberna de Julia” eran las siguientes paradas. Todos estos sitios se encontraban en las inmediaciones del trabajo, camino del metro. Ahí el grupo se desperdigaba, y al centro de la ciudad sólo llegaban Orlando y cuatro amigos más con tres horas de cerveza en el cuerpo. Siempre los mismos y siempre acababan tomando una o dos copas en un pub situado en la parte trasera del domicilio de Orlando que tenía un nombre apropiado, “La penúltima” y un dueño con malas pulgas pero buenos precios.
Allí lo esperó con la paciencia del cazador, hasta que lo vio venir calle arriba, para salir de su escondite y hacerse la encontradiza.
El encuentro, que hubiera sido tenso por tantas heridas del pasado, se relajó en el momento en que Carmen, fingiendo estar ebria, lo agarró por la cintura y cariñosa, se colgó de sus hombros preguntándole por su aparición en aquel lugar debajo de aquella tímida farola que no alumbraba ni a la miseria que escondían sus calles.
Orlando le dijo que vivía allí mismo.

– ¿Y por qué no me invitas a una copa en tu casa por los buenos tiempos? ¿O es que ya no te gusto? – le dijo con una impostada lengua de trapo y una sonrisa seductora, que hizo que Orlando Zanetti bajase la guardia y no viera en Carmen un enemigo del pasado que venía a cobrarse una deuda, sino una noche de sexo fácil, colofón final perfecto a su noche de juerga.

Cubrieron los pocos metros que les separaban del portal y entraron en el piso de Orlando, un cuchitril sin ventanas con una salita de estar con office, un dormitorio y un retrete. El desorden campaba a sus anchas en aquel lugar.

– Necesito ir al baño – anunció al entrar mientras se quitó sus zapatos de tacón de aguja y los dejó en la puerta.
– Es la puerta de enfrente. ¿Sigues tomando bourbon? – dijo contemplando sus andares de gatopardo y cómo balanceaba su hipnótico trasero al alejarse.
– Sírveme uno doble – dijo sin volver la cabeza, alzando el brazo y dejando la mano con dos dedos formando la letra uve –. No tardo.

Lo que no pudo ver, es cómo sacaba el veneno del bolso y como llenaba la jeringuilla con la mortal ponzoña. Orlando tampoco pudo ver como escondía la jeringuilla en su espalda mientras caminaba hacia él desabrochándose un botón de la blusa con la mano libre. Después, cuando ya estuvo más cerca y pudo percibir el olor de la testosterona, juntó sus manos a la espalda como si todo formase un juego de sumisión incondicional a los encantos del rubicundo hombretón.
Siguió avanzando lentamente hacía él, como tantas veces había imaginado, mirándolo a los ojos hasta estar justo a su altura y tener que mirar hacia arriba para encontrar sus ojos. Lo cogió de la nuca con la mano libre y lo atrajo hacia sus labios entreabiertos como una trampa mortal.
Todo ocurrió muy rápido. La mano que portaba la jeringuilla se hundió en la yugular liberando un veneno que le quemó el cuello al instante.
Carmen dio un paso atrás cómo tantas veces había ensayado para evitar que Orlando la atrapara.

– ¿Qué haces perra? – dijo llevándose la mano al cuello en un rictus de dolor, sorprendido y braceando torpemente al aire intentando alcanzarla.
– ¡Justicia! – gritó Carmen.
– ¡Te voy a matar hija de…! – comenzó a balbucear herido de muerte.
– ¡No! ¡He sido yo quién te ha matado a ti hijo de puta! – dijo triunfante al comprobar cómo el veneno lo devoraba en cuestión de segundos.

Orlando trató de perseguirla unos metros. Carmen comenzó a temer por su vida, mientras retrocedía ante el torpe gigante que trataba de alcanzarla.
Una taipán puede matar a un hombre en pocos minutos y Marc le había proporcionado el veneno de dos serpientes adultas. Suficiente para tumbar a un elefante, según le dijo. Durante un par de minutos, que a Carmen se le hicieron eternos, jugaron al gato y al ratón alrededor de la cama. Orlando cada vez acusaba más los efectos del veneno y sus movimientos se hacían más torpes e imprecisos hasta caer por fin derrumbado en la cama: inerte.
Carmen buscó el inyectable en su bolso. Aún tenía un poco de veneno en el fondo. Lo extrajo con la jeringuilla y volvió a buscar el cuerpo de Orlando. Le inyectó todo el veneno que quedaba a un centímetro de distancia del otro pinchazo, como si una serpiente lo hubiera mordido.
Sacó unos guantes del bolso y se los puso. Tiró por el desagüe una copa de bourbon. Lavó el vaso y lo dejó en el escurridor junto con algún plato mal lavado. Trató de hacer memoria sobre si había tocado algo en la casa. Todo lo había calculado al milímetro y ahora era importante mantener la sangre fría y repasar lo que había hecho hasta ese momento. No había llegado a besarlo. No había carmín suyo en sus labios. Había empujado la puerta del baño con el pie. No había llegado a sentarse en el retrete por lo que lo único que había tocado con las manos era el tirador de la cisterna, que había accionado por disimular y que limpió a conciencia con un pañuelo. Con los guantes puestos, giró el pomo de la puerta de la calle y salió dejando atrás el cuerpo sin vida de Orlando Zanetti. Se marchó caminando un buen trecho. Tiró un guante en una papelera lejos de allí y el otro en otra, aún más lejos. El pañuelo lo dejó en un contenedor lleno de escombros antes de coger un autobús que la llevase de vuelta a casa.

– Sólo me quedaba deshacerme de la jeringuilla y la ampolla que tenían mis huellas. Las enterré en cemento dentro de una maceta. Cuando fraguó, la rompí y tiré el bloque de cemento al río desde un puente. Ahí debe continuar – dijo poniendo punto final a su relato.
Cuando Carmen terminó de contar su historia la miré con la nostalgia de una despedida. Había venido a descargar su pasado en mí, un desconocido, y había concluido. Nada la ligaba a mi vida y quise tener una razón para retenerla pero no hayé motivos ni premoniciones en cartas astrales o en el destino, así que tan sólo se me ocurrió algo tan mundano como poner en duda su historia basándome en que yo había visto a Orlando con vida casi cuatro años después.
Le dije que Orlando no murió, que yo lo había visto en el tren justo antes de que volara por los aires y que eso me había llevado a buscarlo en la biblioteca. Le conté lo del libro misterioso en el que estaba trabajando. Ella me dijo que eso era imposible, que Orlando Zanetti estaba muerto y enterrado y que, con el paso de los años, sentía un amargo sabor a hiel por ese triunfo.

– Habló usted con un fantasma, mi querido amigo – dijo categórica.

Por un momento pensé que, por boca de Carmen, había escuchado una versión de los hechos distorsionada por el resentimiento, no lo que en realidad tuvo que suceder sino lo que a Carmen en realidad le hubiera gustado hacer y que, probablemente, no se atrevió a llevar a cabo. Parecía el tipo de mujer capaz de arrastrar a la perdición a un hombre, no de matarlo a sangre fría. Y aunque su historia rezumaba un cierto aroma a verdad no terminé de creerla y decidí seguirle el juego. También sopesé que llevaba encima tres copas de bourbon y que, influenciada por el alcohol, me convencí que había fantaseado la historia. Según su versión, llevaba muerto unos tres años y pico y, sin embargo, yo lo vi hacía tan sólo unos meses. El me habló del libro misterioso que contaba su propia vida como si fuera la del indio boricua de impronunciable nombre. Le pregunté si tenía alguna idea de cómo localizar el libro.
Me miró con ternura maternal, esbozó una sonrisa a medias y susurró una pregunta.

– No me ha creído ¿verdad? – dijo desalentada –. Orlando nunca trabajó en ese libro. Era un guarda de seguridad, no un técnico. De todos modos, si no me cree, los libros que digitalizan en el edificio Mercurio se pueden leer en las mesas con ordenador de la biblioteca. Puede usted pagar esto, cruzar la calle y buscar ese libro. Deje que apure a solas mi copa, quien no me cree, no me merece ¡Váyase! – dijo.
– Ha sido un placer. Su historia está a salvo conmigo, no tema y disculpe si la molesté – dije incorporándome.

Cuando pasé a su lado, su mano me agarró del cinturón del pantalón obligándome a bajar la vista y mirarla.

– Dos cosas para terminar – dijo clavando sus ojos en los míos –. En la primera planta está la hemeroteca. Busque el diario del 3 de septiembre de 2001. Se hacía llamar Lamberto Benavides, por eso nadie supo informarle sobre Orlando. Y dos – hizo una pausa eterna –, hay una leyenda boricua que me contó Orlando según la cual, cuando a una persona le sorprende la muerte, su espíritu sigue vagando por el mundo de los mortales creyendo que aún sigue vivo. Le repito que habló usted con un fantasma, no obstante, ahora que ya conoce esto, busque ese libro si quiere. Termine de resolver su rompecabezas – me dijo enigmática.

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El último tren (5ª Parte)

El último tren (5ª Parte)

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Orlando Zanetti reapareció en la vida de Carmen, seis años después de haberse esfumado en el denso aire de la ciudad del desconsuelo.
– ¡Yo no voy a buscarlo por los diez meses que me debe. Con su pan se lo coma. Pero si tuviera tus años me presentaba allí y le sacaba los ojos a bocaos! – le espetó Margot presa de una rabia desbordada pues era la única persona en el mundo que conocía la historia de Carmen.
Carmen no hizo nada de eso. En ese momento no estaba preparada para una revancha repentina y en aquel instante la noticia la dejó más cerca de la parálisis que de la reacción explosiva. Tuvo seis años para acumular su odio, pero en el momento de la verdad, no estaba segura de si una pequeña parte de ella, aún lo quería. Por esa razón se despreciaba. Y decidió acabar con todo.
Esa misma noche, a solas en su cama y como en una revelación divina, supo lo que tenía que hacer. No estaba exento de riesgos pero se dijo que merecía la pena intentarlo. Tardó más de tres meses en llevar a cabo su plan pero tuvo tiempo para madurar su rencor.
Lo primero que hizo fue comprobar que Orlando trabajaba en el edificio Mercurio. Para ello hizo guardia en un banco del parque de enfrente hasta que lo vio salir sin el uniforme. Se las ingenió para acudir con frecuencia allí y elaborar un preciso calendario con las costumbres y horarios de Orlando. Pronto supo cuál era la empresa que se ocupaba de las tareas de limpieza en la biblioteca y en el edificio Mercurio y una de sus primeras ideas fue la de echar su curriculum en ella para obtener un puesto de trabajo, como medio para acercarse a Orlando.

– Por una de estas burlas que tiene el destino, me llamaron de la empresa meses después de que todo hubiera pasado, y lo acepté, así empecé a trabajar aquí – dijo con una sonrisa burlona –. El horario me gusta y me permite dar clases a mis niños por la tarde que es lo que me hace sentirme bien – añadió.

Lo siguió desde el trabajo a su casa. Ahora vivía en un piso del centro, un ruinoso inmueble utilizado en más de la mitad de las viviendas como picadero de quita y pon de las prostitutas de la zona. El resto lo ocupaban familias de inmigrantes que apenas aparecían para dormir y dos de los pisos, estaban habitados por un par de ancianos solitarios a los que una rencilla los enfrentó hace tanto tiempo que ninguno podía recordar qué fue lo que los separó. El bajo lo ocupaba Orlando Zanetti.
El lugar le pareció perfecto. Debía ser allí, un edificio sombrío en dónde a nadie le importaba la vida de nadie y en donde todos tenían más razones para callar que para hablar.
Con una minuciosidad que me heló las venas me fue contando cómo se dedicó esos tres meses a controlar el barrio, los vecinos y sus costumbres y por primera vez en los últimos años, tuvo la certeza de hacer lo correcto. Tener la vida de aquel chacal sin entrañas en sus manos era una sensación tan relajante como tomar un mojito a la luz de la luna en buena compañía.

– Quedé en paz conmigo misma el día que supe que lo odiaba con todas mis fuerzas – me confesó.

Orlando vivía sólo, en una colmena abigarrada de un barrio deteriorado por los muchos vicios que recorrían sus calles viejas y olvidadas en dónde ser furtivo era un estado natural.
Cuando Carmen tuvo una idea muy exacta de cómo, dónde y con quien vivía Orlando, echó mano de su agenda para marcar un número de teléfono.
Durante su año en la facultad trabó una gran amistad con un chico de tercer curso que hacía prácticas en una multinacional farmacéutica de las afueras, en la que su padre era un ejecutivo del más alto rango. Se conocieron por la costumbre de ambos de preferir el bullicio de la cafetería al silencio de la biblioteca para estudiar. Y también por la terquedad de ambos de hacerlo en la misma mesa, la que tenía una ventana que miraba a poniente. El chico estaba enfermo de amor y timidez y jamás se atrevió a confesarlo, pero Carmen siempre lo supo. No estaba nada convencida, sin embargo, de que al cabo del tiempo, aún conservase algún tipo de poder sobre el joven y, de ser así, le sabía muy mal utilizarlo.
– Pero era por una buena causa – se dijo.
Esa empresa en dónde aquel muchacho hizo sus prácticas contaba con un departamento de tratamiento e investigación del veneno animal. De los más potentes venenos del reino animal se extraen, no sólo los antídotos para ese veneno concreto, sino otros muchos compuestos activos que ayudan a tratar enfermedades tan dispares como la parálisis o el cáncer, así como sustancias empleadas en cosmética y que constituían el mejor cliente de la multinacional farmacéutica.
Marc hacía méritos en la sección de herpetología, una amplia sala en dónde se criaban algunas de las serpientes más venenosas del mundo. Mambas, cobras, corales, víboras y otras muchas formaban su colección. Cada semana se les extraía el veneno a cada ejemplar y estas dosis servían para la investigación y fabricación de fármacos y cosméticos. El chico sabía que Carmen aspiraba a trabajar con animales y se pasaba mucho tiempo explicándole pormenores de su trabajo allí, entre ellos, el procedimiento empleado para extraer el veneno de las serpientes y cómo él mismo empezaba a hacerlo.
Por la mañana, Carmen marcó su teléfono, no tenía nada que perder.

– ¿Marc? Soy Carmen.

Quedaron para el día siguiente. Tomarían un café.
Carmen encendió un nuevo pitillo. Eran más de las cinco de la tarde y seguía contándome su historia entre humo de cigarrillo y tragos de bourbon y cuanto más la miraba más enredado en su pelo me sentía, no sólo por su belleza sino por la calidez de su voz al relatar.
Nos sirvieron dos copas de bourbon que no habíamos pedido y tuve que tomar alcohol, cosa a la que había rehusado en toda la sobremesa. El camarero nos informó que era una invitación del viejo que nos regaló la flor, don Parmenio. Nos dijo que antes de salir lo había dejado pagado y me sorprendió que el camarero lo hubiese llamado por otro nombre diferente, si bien no recuerdo cuál.

– Una invitación de alguien tan entrañable y educado no se desprecia – dijo mirándome a los ojos por primera vez en toda la tarde –, así que, tendrá que beber conmigo – añadió.

– Marc se mostró muy sorprendido de que yo hubiera aparecido después de seis años – dijo inhalando humo –. A medida que Orlando me fue arrastrando a su mundo perverso, fui abandonando las clases y eran menos mis encuentros con Marc en la cafetería de la facultad. Mis ausencias eran más frecuentes que mis presencias. Un día, un mes antes de los exámenes finales, pisé las aulas por última vez. No contesté ninguna llamada telefónica. Simplemente desaparecí.
Carmen relataba mientras la tristeza cubría sus ojos y mis ojos absortos y cautivos de su figura me decían rendidos que estaba atrapado.
– Se podría decir que en los años transcurridos, Marc no había cambiado mucho. Yo sin embargo, había madurado toda una vida Me fue relativamente sencillo manipularlo para que me diese lo que buscaba. Me bastaba con mirarlo a los ojos y ver en ellos reflejado el amor que aún sentía por mí. Lo único que quería era no implicarlo – dijo dando una calada.
Había acabado la carrera y trabajaba en la misma empresa farmacéutica en la que había hecho las prácticas, cosa que me era imprescindible –. Discutimos los pormenores durante un buen rato, quizás fueron un par de horas, pero al final llegamos a la conclusión de lo que había que hacer y cómo, para que a Marc no le relacionaran con el suceso – continuó mientras el cigarrillo moría lentamente entre sus dedos.
– Lo llamé cuando todo estuvo dispuesto, mediado el mes de Julio. Quedamos en un parque público. Ahí me entregó un pequeño inyectable precintado. Igual que los que contienen vacunas o antibióticos, sólo que éste mataba – dijo.
– ¿No te hizo ninguna pregunta? – Quise saber.
– Muchas, cerca de mil supongo – dijo componiendo una mueca a caballo entre una sonrisa y un lamento amargo -, pero traté de protegerlo no diciendo nada. Ni a quién, ni dónde ni cuándo. Al final acabó pidiéndome, por favor, que al menos le explicase el porqué. Le dije que si aún me quería un poquito, no debería saber el porqué.

Al fin Marc se rindió y no quiso saber más y Carmen lo despidió dándole las gracias y un lento beso en la mejilla que Marc guardó en su memoria como el más apasionado beso que nunca le dieron.

– ¿Sabes lo que es una taipán? – me preguntó.
– No – contesté intrigado.

Carmen apuró el cigarrillo y lo hundió en el cenicero dispuesta a iluminar mi ignorancia.

– Una taipán es una serpiente. Tiene un veneno letal para un hombre. Es grande y si te muerde, mueres en pocos minutos – explicaba saboreando los detalles y pormenores de la vida de esas serpientes, como si la niña que quería ser zoologa se escapase sin advertirlo por los poros de su piel –. Por suerte para el ser humano, habita solo en el centro de Australia. En zonas casi desérticas y despobladas por lo que los encuentros con ella son pocos y, por tanto produce pocas víctimas. Si estos bichos habitasen las ciudades habría cientos de muertos diarios – dijo.
– En ese caso las habríamos exterminado – repliqué.
– Supongo que llevas razón. Lo cierto es que en ese inyectable había veneno de taipán como para matar un elefante. Yo sólo necesitaba acabar con un chacal miserable – dijo con la rabia aflorando por los bordes de la sonrisa que dibujó en su rostro.

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El último tren (4ª parte)

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Orlando Zanetti la dejó en la clínica, le dijo que el director, una eminencia en el campo de la cirugía, era un amigo personal y que no podía estar en mejores manos, amén de hacerle un precio especial pues le debía un viejo favor de faldas. La dijo que él se encargaba de todo, incluyendo el pago y que cuando estuviera repuesta se irían un fin de semana a Roma a celebrarlo.
En la intervención le provocaron una hemorragia interna no detectada a tiempo, que a punto estuvo de costarle la vida. Tardó diez días en recuperarse y poder abandonar la clínica.
Orlando no fue a verla en todo ese tiempo, ni contestó al teléfono, ni le mandó flores. Simplemente se esfumó. Y el cielo de aquellos días se tornó gris y amenazante.
Salió de la clínica curada de sus dolencias pero herida en el corazón. Débil y aturdida ni siquiera pasó por su casa sino que subió un piso más para aporrear la puerta de Orlando Zanetti en busca de respuestas. La ansiedad por saber que estaba pasando le pudo y prefirió despejar las incertidumbres antes de saberse en su hogar. Durante el camino de regreso se le había pasado por la cabeza que quizás hubiera estado enfermo, lo que explicaría su ausencia. No obstante había teléfonos y no la había llamado. Sus compañeras de piso, que la habían visitado en la clínica en un par de ocasiones, aseguraban que llevaban sin verlo días. Cuando llegó a golpear su puerta, estaba más furiosa y dolida que preocupada. Y su adolescencia, que tan abruptamente le fue robada, estrelló su último capítulo contra aquella puerta cerrada, con un penetrante tufo a olvido y crueldad.
La puerta que se abrió con el ruido de sus golpes fue la de enfrente, la de Margot, la casera. Sin mediar palabra le hizo una seña, ladeando la cabeza, para que entrase.
La sentó en torno a una mesa camilla con más años que la propia casera y sacó dos vasos con hielo en donde sirvió dos licores de avellana bien cargados.

–Bebe niña, te va a hacer falta – aseveró mientras de un trago se bebía la mitad de su copa –. Tú le querrás mucho, pero ese Orlando es un hijo de puta – comenzó sin preámbulo alguno su arenga doña Margot.

Carmen me lo contaba con una mueca sonriente. Ese día comenzó a conocer a doña Margot y, con el tiempo, llegarían a ser buenas amigas. Hablar sobre Margot, le generaba a Carmen una sensación de paz, de estar en buenas manos y, a pesar de la dureza de lo que me estaba contando, ella tenía la impresión de estar agarrada de su mano, como la niña a la que la madre no abandona en medio de la plaza. Margot contaba la vida con la crudeza de quien la conoce bien, sin tapujos ni adornos. – ¡Una realísima mierda! – como solía decir.
Carmen supo por ella, que Orlando le debía diez meses de alquiler y que, cuando huyó dejándola sola en la clínica, Margot ya había puesto el caso en manos de abogados para desahuciarlo.

– Lo hubiese hecho antes si a ésta puta justicia no le pesaran tanto los huevos – añadió ofuscada.

No trabajaba en la bolsa como le había contado a Carmen, sino en una gasolinera de las afueras y, además, estaba casado y con un hijo. A ambos los había abandonado en la Toscana italiana antes de nacer el niño y nunca volvió por allí.

– Por cierto, desde el día que te dejó en la clínica no saben nada de él en el trabajo. Me lo dijo el abogado hace tres días, cuando me llamó – explicó doña Margot.

Debía facturas en medio país y pronto supo Carmen del regalo envenenado que le había dejado también a ella.
Unos días después de ser dada de alta en la clínica, recibió una factura detallada de la clínica firmada por ella misma que la hundió en la miseria. De sopetón tomó conciencia de qué tipo de sinvergüenza había estado amando. En ella se hacía cargo del pago de su operación y del aumento de senos de una tal Susana. Su mente confusa y burlada comenzó a atar cabos. Recordó que el mismo día de la operación subió el contable de la clínica a su habitación. Aún estaba algo aturdida por los efectos de la anestesia y por la hemorragia interna que tenía y que aún no se había manifestado.

– Abrió el maletín y me dijo que el señor Zanetti le había puesto al corriente de todo y que sentía mucho molestarme en ese momento pero que tenía que coger un avión y no podía esperar. Fui una tonta – me relató Carmen mientras bebía sorbos de bourbon –, creí en la palabra dada y firmé cuatro folios sin mirar lo que firmaba.
– Es un formalismo ya que está todo arreglado – dijo el contable.

La suma total ascendía a millón y medio de pesetas y, de repente, Carmen se encontró con que debía una suma de dinero tan indecente como el malnacido que la causó.
Orlando Zanetti mantenía una relación paralela con aquella mujer de nombre Susana de la que Carmen nunca supo nada más que eso. A ambos se los tragó la tierra en aquellos días.

– El contable de la clínica, un tipo orondo al que permanentemente le sudaba la frente liberada de una cabellera que se batía en retirada, me contó cuando volví a la clínica a comprobar que no era un error, que Orlando le había dicho que la factura la pagaba yo, que era rica. También le dijo que la tal Susana, él y yo, formábamos una especie de “matrimonio a tres” y que la idea de que se pusiera tetas, era mía – dijo resignada al engaño sufrido.
– Era un seductor nato, de otro modo aquel contable estúpido no se hubiera creído todo lo que le contó – añadió dando otro trago.
– ¿Por qué no denunciaste? – quise saber.
– Supongo que aquel contable no era tan tonto como parecía. No debió de tragarse todo lo que le contó Orlando. Por eso me hizo firmar cuando aún andaba somnolienta. Quiso tener el contrato firmado por alguien para asegurarse el cobro. El caso es que, apurada por él, terminé por negociar unos plazos para hacer frente a la deuda. No quería verme envuelta en demandas y juicios y que mis padres supieran la verdad – dijo encendiendo un nuevo cigarrillo –. A mis padres les dije que abandonaba la carrera y que me quedaba a vivir en la ciudad pues me había salido un buen trabajo en una oficina – dijo –. Creo que mi padre murió ese mismo día pues su vida giraba en torno a ver a su niña convertida en licenciada – añadió abatida.

Pero no había sueldo normal que pagase una deuda tan grande en sólo seis meses que fue la máxima concesión que obtuvo de la clínica. Tipos sin escrúpulos que hacen de los dramas de los demás su negocio. Y Carmen no encontró más salida que alquilarse a carteras abultadas a quince mil la noche. Y mientras ellos creían alcanzar el paraíso entre sus muslos ella vivía su purgatorio particular descontando los días que le faltaban para reunir todo el dinero.
En algo menos de seis meses consiguió pagar su deuda con el pasado y reunir algo de dinero que la permitió vivir mientras buscaba un trabajo. Dejó el duplex de lujo en dónde ejercía el oficio y volvió a alquilar un piso a doña Margot. Se empleó por temporadas como cajera de un supermercado, dependienta en una tienda de moda y como camarera. Cuando tenía trabajos de media jornada, que era casi siempre, dedicaba las tardes a complementar su sueldo dando clases de química, matemáticas y biología a niños de secundaria y, siempre que podía, bajaba a compartir café, copa y manual de supervivencia con Margot; viuda profesional, deslenguada y tierna como la vida que siempre soñó tener.
En uno de esos frecuentes cafés, Margot la recibió excitada al grito de – ¡Dios existe niña! –, y acto seguido le plantó un periódico de ese día en la cara.
Margot coleccionaba noticias que tuviesen que ver con el fin del mundo, vivía obsesionada por ese acontecimiento y todos los días compraba tres diarios distintos recortando todas aquellas noticias que ella relacionaba con el acontecimiento. Un meteorito que fue visto en Siberia, un cerdo con dos cabezas que nació en Fusasasugá o una mancha roja que aparece de improviso en el océano índico eran interpretadas por ella como signos inequívocos de que el fin del mundo se acercaba. En base a todo ese conocimiento inútil que almacenaba había hecho un cálculo, según el cual, si dios le concedía otros diez años de vida llegaría a verlo. Recortaba esas noticias y las pegaba con mimo en grandes cuadernos, de los que acumulaba treinta y uno. Dedicando el tiempo a éste hobby descubrió algo que la tuvo alterada todo el día hasta que Carmen bajó a tomar café.
La noticia hablaba de la inauguración en el remozado edificio Mercurio, de un laboratorio adscrito a la biblioteca nacional y cuya función sería la restauración y el tratamiento digital de antiguos libros. La ilustraba una foto en la que se podía ver la sonriente cara del presidente en su visita inaugural. En principio, nada que justificase el agitado estado de Margot pero ella, segura de su descubrimiento, instó a Carmen a mirar bien.
– ¡Fíjate bien en la foto! ¿No ves una cara familiar?
Carmen escrutó la foto con ojos de coleccionista de sellos, hasta que sus ojos se posaron en un guarda de seguridad uniformado que, en segundo plano, miraba a cámara unos pasos detrás del presidente y su séquito. Alto, rubio, con unos rizos inconfundibles y la mirada aterradoramente bella de una hiena sin entrañas.

Photo by Franck_Michel

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El último tren (3ª parte)

El último tren (3ª parte)

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Orlando apareció de la nada, como los héroes intemporales de las películas americanas, el mismo día en que ella se mudó a un piso de estudiantes en el extrarradio, una tarde calurosa de septiembre.
Carmen llegó de su ciudad natal con la maleta cargada de libros e ilusiones dispuesta a licenciarse en biología. El tiempo acabaría por doctorarla en los sinsabores de la vida y arruinando sus sueños de trabajar en un zoológico cuidando monitos y ornitorrincos.
Llegó la primera de cuatro chicas que habían de arribar desde las cuatro esquinas del país y, sin nada en la nevera, decidió bajar a la tienda de la esquina a por algo para cenar. Unos mozalbetes escuálidos pero armados de navajas mayores que sus reparos la arrinconaron en su mismo portal. Le pidieron el dinero y alguno, incluso se atrevió a solicitar algún favor dos tallas mayor que su propia hombría. Orlando Zanetti regresaba a casa y se los quitó de encima a manotazo limpio y a golpes de su cazadora con la facilidad del que está espantando moscas. Era corpulento, de tez morena y rostro despierto coronado por unos rizos prietos dorados y rojos como el sol del atardecer y unos ojos brillantes del verde del mar de los sargazos. A Carmen, la rara mezcla de caracteres le pareció la conjunción perfecta del cielo y la tierra y quedó a merced del aura salvaje que emanaba ese hombre joven de sangre vieja.
Aquella noche cenó en su casa, durmió en su cama y cambió su vida. Fue la primera vez que conoció en el fondo de sus entrañas la virilidad desatada de un hombre y aquella experiencia la trasladó a un estado de hipnosis voluntaria. Después de hacer el amor, Orlando le contó cosas que yo ya conocía de su biografía. Cosas de sus ancestros, mezcla de gringos, africanos e indios que enredaron por siglos un árbol genealógico en sus noches de cánticos, vino fácil y risas carnales. Le contó cosas de su Puerto Rico natal, que apenas conoció, pero que percibió siempre cercano en boca de su madre a través de los relatos que ella le contaba y de las leyendas inventadas de pájaros con dos cabezas y dioses sedientos de sangre.
Carmen siempre supo que aquella noche, Orlando le robó la niñez y la convirtió en la mujer que sería. Se enamoró hasta los huesos de ese indiano y Orlando Zanetti jugó con ella durante casi un año una partida con la crueldad innata del jugador de ventaja. A tal punto la cautivó, que Carmen no fue consciente de ir perdiéndolo todo a medida que creía conquistar fronteras y derribar muros imaginarios que hasta entonces estaban fuera de su pequeño mundo.

– En pocas semanas transformó mi vida para siempre – dijo con la mirada más triste que nunca vi mientras trinchaba la lubina que nos sirvieron en segundo lugar –. En unos meses aciagos comencé a beber, fumar, a conocer las drogas y malgastar mi vida en fiestas y orgías, sólo por complacerlo. Abandoné los libros primero y mi futura carrera después.

Carmen relataba arrancándose la piel a tiras. Bajo aquella fachada de mujer fatal se escondía la memoria de una niña asustada a la que todo se lo robaron mientras jugaban con ella a ser mayor. Me contó con más detalle del que me hubiera gustado conocer aquellos meses locos de sexo, alcohol y drogas y cómo su futuro se fue yendo por el desagüe sin darse cuenta.
Al terminar el postre, se levantó de la mesa excusándose, pues tenía que ir al baño.

– Pídeme un café amargo y una copa de bourbon. Y pídete tú otra si me vas a pedir que me acueste contigo, te hará falta – me susurró al oído al pasar junto a mí. Nunca supe si por deseo propio o por la costumbre de ser tratada así por los hombres, pues mi parco arrojo sólo me alcanzó para pedir lo suyo y un café para mí.
Al volver de componerse, dos cafés y una copa de bourbon esperaban en la mesa. Carmen me miró, y con la tierna sonrisa del amargor del pasado, me dijo que quizás fuese verdad que había hombres buenos y que su problema era no haber dado con alguien que, como yo, aún creía en la ingenuidad.
Un abuelo que acababa de entrar al café Candelas se nos acercó en ese momento.

– Están ustedes sentados en mi mesa – nos espetó sin ánimo de ofender pues antes de que pudiese articular palabra se llevó el dedo a la boca para que nada dijera.
Una rosa roja que lucía en la solapa de su americana, así como sus modales le conferían el aire de un romántico del siglo XIX.
– Parmenio Villar para servirles – se presentó y, sacando la rosa de su ojal, me la dio con su mejor sonrisa –. Se lo perdonaré porque se nota que están ustedes enamorados, así que le voy a dar ésta flor a condición de que se la dé a la señorita. En su pelo lucirá mejor que en la pechera de éste viejo – sugirió el abuelo, que se despidió con una sonrisa.
Me quedé con la rosa en la mano. Me conmovió su fragancia que evocaba dolor y ausencias. Ensimismado quise entender su historia hasta que Carmen me sacó del trance.
– Hágale caso y deme la flor. Cuando sea vieja me gustaría que mi hombre fuera como él – me dijo llena de sombras.
– Me hablaba de su relación con Orlando – le recordé mientras le di la flor que prendió con una horquilla a un lado de la cabeza realzando aún más si cabe su belleza salvaje.

Ella me fue desgranando durante una sobremesa, que se llevó alguna copa de bourbon más y lágrimas reprimidas con determinación estoica, cómo por amor había llegado a no quererse y cómo había tirado a la basura sus ilusiones y la de sus padres, a los que nunca volvió a ver pues de pura vergüenza nunca volvió a su pueblo salvo para asistir a sus funerales después de que un brasero mal apagado les proporcionase una muerte más dulce que la vida que llevaron. Orlando Zanetti, mi querido amigo de la infancia y juventud, en realidad fue un ser despreciable, capaz de hundir la vida de una niña a medio cocinar. De arrastrarla a los peores escenarios de drogas y alcohol y de obligarla a fornicar con desconocidos sólo por el enfermo placer de contemplarla.
Tuve la curiosa impresión de conocer mejor a aquella extraña que desnudaba su alma para mí que al amigo de toda una vida. Y no sé si, prendido por el fulgor de sus ojos azabache, me atreví a preguntar cuánto tiempo llevaba con esa historia atravesada en la garganta.
– Más años de los que tengo – me dijo con la sinceridad cruda de quien lleva una losa en vida.
Carmen parecía apurar su historia como hacía con su copa, en tragos lentos y dolorosos.
El mazazo final ocurrió, me contó entre sensaciones olvidadas, cuando quedó embarazada. Nunca se explicó cómo ocurrió pues creía tomar todas las medidas oportunas. Amargamente añadió que quizás olvidó las más elementales. Aquellas que concernían a su dignidad.
Orlando la sedujo y la envolvió de tal forma que decidió por ella y la hizo creer que ella misma tomaba la decisión de pasar por la clínica a solventar el problema.

– Nunca me lo perdoné – me confesó mientras una lágrima furtiva y solitaria resbaló por su mejilla –. Orlando lo hizo todo, lo decidió todo, yo sólo era una niña asustada que llevaba muchos meses jugando a peligrosos juegos de adultos – me contaba mientras jugaba con sus manos a acariciar la copa.
La tarde avanzaba al ritmo de la historia de Carmen y ésta me hizo ver que necesitaba un segundo bourbon para continuar.
– Él eligió la clínica y me convenció de que era lo mejor. Me hizo creer que era yo quien manejaba las riendas de mi propia vida. Que un futuro espléndido me esperaba. Que iba a ser la bióloga más bonita del mundo y que las fieras del zoo se enamorarían de mí al pasar volviéndose dóciles – me decía con un tono en la voz que reflejaba el desdén y la mentira con las que Orlando pagó la lealtad de la niña burlada, mientras sus lágrimas seguían luchando por no brotar.
Por ello supe que aún lo quería. Al preguntárselo, ella me respondió con una pregunta que aún resuena en mi mente.
– ¿Se puede amar a quién odias con tanta saña cómo para quererlo matar?
– Son un mismo sentimiento – le dije convencido.

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