LA HERENCIA

LA HERENCIA

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Cuando el “Mercedes” negro se detuvo delante del hotel del pueblo se armó un gran revuelo de curiosidad a lo largo de toda la calle. En la peluquería las mujeres se asomaron a la puerta del establecimiento, algunas de ellas con los rulos en el pelo, para ver quien llegaba con un coche, considerado lujoso, en una aldea que solo conocía los tractores, las furgonetas y el viejo Seat del alcalde. De todas las tiendas salían los curiosos, sin reservas, descaradamente, para interesarse por la recién llegada. Esta, una mujer elegantemente vestida, bajó del coche y se perdió tras la puerta del hotel. Fuera, todos esperaban pacientemente que el recepcionista saliera y les contara quién era aquella dama. No tardó en hacerlo; justo cuando la mujer se subió al ascensor el muchacho salió temblando y con el semejante descompuesto.

“¡Es ella!” dijo, intentando no alzar mucho la voz ¿Ella?”, corearon todos, “no es posible, dijeron que había muerto en la cárcel.

Al señor Henry, lo encontró muerto en el jardín, su cuidadora. Era esta una muchacha de treinta años, sin familia, que se había presentado en la mansión cuando Henry puso un anuncio de que necesita una mujer para cuidar de la casa y de sus propias necesidades.

Henry no era muy mayor, aunque su barba parecía decir lo contrario. Vivía en la ciudad, pero el repentino fallecimiento de su esposa lo llevó al retiro de la mansión que tenía en la aldea, lugar en donde siempre pasó las vacaciones de niño, con su familia.

Cristina,  así se llamaba la muchacha que había leído el anuncio le gustó enseguida. Quizás porque sus ojos profundos eran azules como los de su malograda esposa. La muchacha no destacara en belleza, pero era amable, sensible, alegre y sabía cantar. Desde el jardín de su casa, Henry la escuchaba: siempre cantaba mientras realizaba los trabajos caseros. La voz de la joven penetraba en su mente enturbiada por los recuerdos dolorosos de lo vivido y le relajaba de tal manera que a veces se había quedado dormido.

Pronto nació entre ellos un cariño especial. Un cariño limpio, interno, conmovedor, que no pasó desapercibido por quienes iban a ver al solitario y triste Henry. También el médico que lo visitaba habitualmente, el alcalde y el cura lo advirtieron y todos, sin excepción, ensuciaron mentalmente y con comentarios malévolos, “aquella relación”.

Un día Henry, llamó a Cristina y le preguntó si sabía que en el pueblo hablaban de ellos creyendo que eran amantes. Ella se ruborizó contestando que le daba igual, entonces él le aclaró lo que sentía. “Mira, le dijo,  siento un cariño muy hondo por ti, y me encantaría que lo que dicen pudiera ser verdad, que por fin pudiera rehacer mi vida, pero amo todavía a mi esposa y siento en mi corazón que la traicionaría, ¿ lo entiendes?, Claro que lo entiendo, dijo ella, pero podemos querernos igual.

Al poco tiempo, el hombre llamó a su notario y testó dejando la casa y una buena dote a Cristina; quería que, cuando él no estuviera, a ella no le faltara de nada, era una manera de agradecer los cuidados, el cariño y ese hondo sentimiento que ambos compartían.

Al cabo de dos meses se presentó en la mansión uno de los sobrinos de Henry. Él quedó gratamente sorprendido ya que nadie de la familia solía visitarle. Estuvo todo el día con él. Hablaron mucho de los recuerdos de cuando residía en la ciudad. De los carnavales que celebraban al estilo veneciano, con toda clase de lujos y derroches. El joven le contó también su último viaje con el yate que Henry había dejado en el puerto deportivo; le habló de las fiestas que celebraban y le animó para que se volviera a integrar en la vida de antes sobre todo en carnaval porqué sin él no era lo mismo. Pero Henry tenía una sola respuesta. Aquí soy feliz.

Después de comer, el joven se marcho, diciéndole que lo sentía mucho.
Aquella tarde, en el jardín, Henry se durmió pensando en las últimas palabras de su sobrino  sin adivinar  qué era lo que querían decir “Lo siento mucho”, y ya no despertó.
Henry murió por envenenamiento y todos culparon a Cristina. Era más qué evidente: ella era la única persona de la casa. Un juicio corto la llevó a la cárcel de por vida. En la aldea, hubo comentarios de todos los colores, pero al poco tiempo se olvidaron de todo ello. La casa quedó cerrada como antaño y la vida siguió como siempre.

La policía decidió reabrir el caso cuando la viuda del notario llegó al juzgado con la copia de una carta que había encontrado en uno de los cajones  de la mesa del despacho de su difunto marido. En ella avisaba al sobrino de Henry para que tuviera cuidado con la mujer que lo cuidaba pues la herencia podía peligrar. No le dijo claramente que ya había hecho  testamento, pero el comentario era sugerente.

En un minucioso registro de la casa, cosa que no habían hecho antes del juicio de Cristina, la policía no encontró ningún indicio de que ella pudiera haberle envenenado, en cambió encontró una carta fechada una semana más tarde de la misiva que había recibido  el joven sobrino de su notario. En ella el joven le decía a Henry que pensaba visitarle porque quería cerciorarse de que estaba bien y  que la mujer que le estaba cuidando no era una “cazafortunas”.

Cristina fue puesta en libertad, aceptó el testamento de su amado Henry, y volvió a la aldea para residir en la mansión y vivir como una señora, tal como él había deseado.

 

 

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UN MUNDO MARAVILLOSO

UN MUNDO MARAVILLOSO

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El río fluía tranquilamente. Sus aguas claras mostraban la belleza de su interior: pequeños peces, musgos y rocas de todos los colores. Recostados en la orilla, una pareja disfrutaba de unos momentos plenos de amor. Hilay y Aila estaban juntos desde… no recordaban cuándo. Habían reencarnado en el planeta tierra muchas veces y siempre lo habían hecho juntos. Aun así, su evolución no seguía las mismas pautas y, aunque de momento no lo sabían, pronto tendrían que separarse.

Delante de sí se abría un mundo inmenso aún sin descubrir por sus jóvenes mentes. Un mundo en donde la libertad es patrimonio de todo ser. Habían compartido los mismos anhelos, tenían los mismos proyectos, y en sus mentes se dibujaban las mismas creaciones; podríamos decir que compartían los mismos sueños.

Estaban entusiasmados porque su nuevo proyecto era el de penetrar aún más en la profundidad de los mundos desconocidos de la creación. Tal vez, posiblemente, no se habían dado cuenta de que aún no estaban preparados. Sus mentes no eran lo suficientemente maduras para comprender que el enorme poder de aquellos insondables mundos conductores hacia el origen de la creación, era muy peligroso. Pero, en cierta medida era lógico; ellos se hallaban al principio de los mundos mentales donde la energía creadora era algo habitual: Soñar y crear nuevos proyectos; proyectos que se hacían realidad en la medida que cada ser podía asumirlos.

Las manos entrelazadas de la pareja, sus alegres rostros, sus risas y todo lo que sus seres emanaban, daban fe de su inmensa felicidad.

—Hilay, vamos a chapotear en el río —susurraba Aila con voz dulce y melodiosa mientras tiraba de la mano de su amado.

Los pequeños peces, las ranas, sapos y otros animalitos más pequeños y casi invisibles, ya estaban acostumbrados a los juegos de la pareja. Las piedras de colores, dentro del río, abrieron los ojos asustadas porque sabían que cuando la pareja jugaba dentro del agua, removían el fondo cambiándolas de lugar.

Aquel era un mundo en donde siempre había una potente luz. No existía el día y la noche, el invierno y el verano. Era… lo que ellos querían que fuera. Jugaban entusiasmados, como siempre, cuando llegó un mensajero. Llevaba un encargo para Hilay, en un sobre cerrado.

—Es importante que lo leas enseguida —apuntó el mensajero—, y que, con prontitud, hagas lo que creas que debes hacer.

El muchacho salió del río alargando la mano para recoger el sobre que le tendía el duendecillo. Acto seguido, se llevó la mano diestra al pecho, sobre su corazón, y luego a la frente en señal de saludo y le dio las gracias. El duende desapareció y Hilay se sentó distraídamente sobre la hierba mientras abría el sobre. Aila más rezagada lo miraba con curiosidad. ¿Qué podía ser?

Se trataba de una carta electrónica. En una pequeña pantalla del tamaño de una cuartilla de papel, había la imagen de un cielo estrellado. Los astros parpadeaban y una constelación surgía de las profundidades acercándose hasta alcanzar un primer plano.

—¿Qué es esto Hilay? ¿Qué quiere decir? —preguntó la muchacha con los ojos brillantes y la tez sofocada todavía por el juego.

—Si es lo que pienso, no te va a gustar —contestó él, con el ceño fruncido.

—Dime pues, habla, quiero saberlo. —Sus palabras reflejaban la inquietud que, de pronto, había nacido en su interior.

—Espera, deja que acabe la secuencia.

La constelación se detuvo en un primer plano parpadeando incesantemente mientras de su interior surgía un sistema solar y de este, un planeta. El planeta por todos conocido. El más hermoso, donde, por más incomprensible que fuera, era habitado por seres violentos que no se respetaban a sí mismos y como consecuencia, tampoco al planeta que los albergaba. La secuencia desapareció y en su lugar apareció una frase:

«Se precisan voluntarios. Confirmar decisión».

Hilay volvió a colocar la carta dentro del sobre y clavó sus ojos en los de su amada. Por un momento su tez se ensombreció, parecía haber perdido la alegría. De repente dejó de ser un niño para convertirse en un ser adulto.

—Amada mía, he de irme. He de viajar de nuevo.

—¿Viajar? ¿Dónde?

—Voy a volver al planeta tierra. Es mi oportunidad.

Aila se quedó muda, no sabía si era de sorpresa o de temor. Seguidamente se entristeció. No sabía qué decir. No comprendía lo que estaba pasando. ¿Cómo era posible? Vivían en aquel mundo tan plácidamente. Tenían total libertad, algo que jamás se habían atrevido a soñar. Su existencia era constructiva… ¿Cómo podía su amado pensar que marchar de nuevo al planeta era una oportunidad? ¿Para qué volver a aquel mundo en donde los seres eran prisioneros, ya no solamente de un cuerpo expuesto a las enfermedades, sino también a otros seres, otras ideas, otra escala de valores? El tiempo y las circunstancias caerían sobre él como una pesada losa. Pero la decisión del viaje no era cosa suya, debía tomarla Hilay, sin que ni ella ni nada le influyera, aunque implicara retrasar todos los proyectos que ambos tenían. También sabía que si él accedía iba a adquirir mayor firmeza y madurez; más aprendizaje para, en un futuro, poder viajar a otros mundos de mayor poder.

Se acabaron las risas, los juegos, las palabras… Se miraron profundamente y luego se abrazaron permaneciendo en un lazo casi indisoluble durante un espacio, sin tiempo. Los duendecillos del bosque, que percibían la tristeza de la pareja, volaban a su alrededor haciendo pequeñas payasadas para llamar su atención. Se colgaban de las ramas de los nogales, descendían en picado, imitaban el grito de otros animales del lugar, daban vueltas en torno a ellos y tiraban de las trenzas de Aila. El «rasca-nueces» el más travieso de todos, se arrimaba a la espalda de Hilay diciéndole en voz alta con su tono chillón:

—Qué bien se descansa arrimado a ti, mi querido amigo.

Las hadas de las flores cantaban las canciones preferidas por los amantes e intentaban distraerlos deshojando sus pétalos encima de ellos, en forma de lluvia. Los duendecillos más pequeños de la Gran Orden de los Vientos (aquellos que, de tan pequeños nos resultan invisibles a la mirada), soplaban y soplaban alrededor de la pareja para llamar su atención; pero ellos, envueltos en la energía de sus sentimientos, no los percibían. Les quedaba… ¡Tan poco tiempo para estar juntos! Querían llenarse el uno del otro, bañarse con la ternura de su amor, dibujar la imagen del ser adorado dentro de su corazón para no perder del todo la magnificencia de lo vivido.

La tristeza de los jóvenes también era captada por el agua del río que fluía impregnándose de su pesar y, siendo esta una sensación desconocida en aquel hermoso y placentero lugar, todos los animales que poblaban las aguas se asustaron convirtiendo la placidez en remolinos. Las ondinas, señoras de las aguas, viendo tal confusión, se apresuraron nadando hacia el mar para avisar a las sirenas de lo que estaba ocurriendo. Llegaron en tropel y todas querían hablar al mismo tiempo.

—¡Por favor!, de una en una, señoritas —dijo una hermosa sirena de largos cabellos rubios, tan luminosos que parecían hebras de oro, mientras se tapaba los oídos con sus delicadas manos blancas de delgados y suaves dedos. Las pequeñas ondinas intentaron hacer el esfuerzo para hablar ordenadamente, cosa harto difícil, y más aún en aquellas circunstancias.

—Hilay se va. Vuelve al planeta del desequilibrio…

—Aila está muy triste…

—Los dos están muy tristes —puntualizó la tercera ondina.

—Si siguen así las flores del bosque se secarán…

—Los pobladores del río se han asustado. Corren de acá para allá; van a hacerse daño.

—Y estropean el lecho del río…

—Tranquilizaos, niñas —contestó la sirena levantando la mano para pedir silencio.

—Ya sabéis que, de vez en cuando, los seres viajan hasta ese mundo que según parece no os atrae demasiado; pero tened en cuenta que, cuando regresan, son más sabios. No entiendo tanto alboroto por algo tan habitual.

—¡Es que están muy tristes! —exclamó la más pequeña de las ondinas.

—Bueno, vamos a ver… —las tranquilizó la sirena—. Podríamos subir todas juntas, río arriba, a su encuentro, a ver si los distraemos.

Continuará

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TAL VEZ TENGA ALGO QUE VER CON ESTE SER LLAMADO DIOS

TAL VEZ TENGA ALGO QUE VER CON ESTE SER LLAMADO DIOS

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El mar estaba en calma; llano, como un mosaico azul veteado de líneas blancas. No se veía nada más que su horizonte y el azul suave del cielo. Mi hermano preferido, de casi la misma edad que yo, estaba a mi lado; oteábamos el horizonte esperando que apareciera el navío de nuestro padre, quien había salido con sus guerreros para conquistar y someter a otros pueblos, regresando con joyas, perfumes y maravillosos regalos para todos nosotros. Siempre le esperábamos en el mismo lugar junto a una columna casi al borde del acantilado. Mi hermano y yo teníamos una afinidad poco común.

Vivíamos en una hermosa villa situada sobre los riscos cerca del mar en una isla muy grande y éramos muy afortunados. Nuestro padre era un dios, por lo tanto, con el tiempo nosotros también nos convertiríamos en dioses. Mi padre tenía muchas esposas, como todos los dioses, por esto algunos de mis hermanos coincidían en edad.

Mi madre era hermosa, rubia, con una gran cabellera, delicada como una muñeca. Creo que era la más hermosa de todas, por lo menos eso me parecía porque cuando mi padre llegaba era la primera en recibir los regalos.

En el patio había un estanque lleno de flores acuáticas traídas por mi padre de lejanos lugares. Los niños pasábamos la mayor parte del tiempo jugando y correteando detrás de las palomas, mientras nuestras madres, ataviadas con sus más vistosos vestidos y adornadas con las joyas que mi padre les había regalado, esperaban impacientes su retorno, temerosas de que algún día no volviera. Ellas no sabían que mi padre era un dios.

La última vez, al regresar, vi su poder y su fortaleza. Era un hombre muy grande casi como dos de sus soldados. Sus piernas y sus brazos eran como columnas y su voz, cuando reía se parecía al trueno. Yo era una de sus hijas predilectas, por eso estaba segura de que pertenecía a su estirpe y era una diosa.

Pero un día llegó malherido, todas sus esposas le cuidaron con tesón, pero ninguna de las hierbas, ni las pócimas de los más sabios consiguieron salvarle la vida. Aquel día, el día que murió fue el más doloroso de mi vida. No solo perdí a mi padre, sino que desperté de mi sueño y comprendí que yo, igual que él, era mortal.

Sin el respeto que, con su sola presencia infundía mi padre, todo cambió. Los soldados de cierto rango se repartieron las riquezas y las esposas llevándose a los niños como sirvientes. Mi hermano y yo fuimos acogidos por uno de nuestros tíos y sus esposas pasando a formar parte de otra familia.

Con los años mi hermano se casó y me llevó consigo y su única esposa al palacio que se había construido. Aquella vivienda no era ni mucho menos lo grande y hermosa como la que teníamos de pequeños, pero tenía un jardín con flores y surtidores y estaba rodeada de una gran muralla para protegernos de los malhechores. Yo no me casé, no tuve oportunidad de conocer a ningún hombre porque nunca salí de allí, nunca viajé. Pero tenía una hermosa labor: cuidar de mi sobrino, un niño cuyos rasgos me recordaban a mi madre.

Un día, un ladrón saltó la muralla. Pretendía raptar al niño y pedir un buen rescate. Yo se lo impedí abrazando al niño y gritando para que vinieran a ayudarme. Entonces el malhechor hundió su daga en mi costado y huyó.

Salvé al hijo de mi amado hermano y mientras atendían al pequeño yo me desangraba maldiciendo el hecho de que  mi padre no hubiera sido un dios para poder ser una diosa y salvarme yo también. Antes de morir recordé que no era la primera vez que fallecía, que muy pronto volvería a nacer, pero sentí mucha tristeza porqué lo haría en otro lugar, con otra familia y tal vez con otra raza, otro idioma y otra religión. Al final comprendí que si tenía el poder para volver a nacer quizás no era tan descabellada la idea de que tenía algún parentesco con los dioses.

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Una maravillosa aventura

Una maravillosa aventura

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Cuando llegué a lo más alto que fui capaz de llegar me sentí como una diosa.  Mis ojos de águila observaron el paisaje descubriéndome un mundo nuevo que jamás había visto. Los  enormes  macizos de piedras  solo conocían la nieve blanca, el cielo azul y  los lagos transparentes que  acogían las rocas que  se desprendían en el deshielo. Ningún árbol, ninguna planta era capaz de sobrevivir, pero el paisaje era sobrecogedor. Emanaba poder. Embrujaba.

Mi ilusión de chiquilla gritó. ¡Aquí estoy! Abrí los brazos y absorbí el suave viento que matizaba el paisaje con colores de verbena prestados por el sol. Dejé que me observaran y recorrieran todos los pliegues de mi piel.  Era mi momento. El momento único que no se vuelve a repetir.

No me conoces, le dije, esta es mi primera vez. Sentí un profundo amor que hinchaba mi corazón y supe que este amor me iba a acompañar toda la vida. Fue una sensación tan arrolladora que no quería descender al llano. Ahora comprendo, le dije a mi compañero, porqué a los montañeros no les importa dejar la vida en la cumbre, suben una y otra vez ebrios del poder que aquí arriba se experimenta.

Ahí eres uno con el pasaje, ahí el silencio y la soledad son tus grandes compañeros. Ahí te descubres, te amas, te sientes; aspiras la vida y sabes que eres eterno.

El cansancio había desaparecido pero había puesto color a mis mejillas y me sentía la mujer más hermosa del mundo. Aspiré una y otra vez aquella magia para llevarla siempre conmigo. Para sentirla viva cuando descendiera al llano, porque teníamos que descender. En los pirineos llueve todas las tardes y ya el cielo estaba cambiando su color azul por el gris. Observe a mi compañero y, sin hablar, con una sola mirada supimos que no quedaba tiempo. El poder es efímero, lo sientes, lo absorbes, te embruja, pero hay que volver a la realidad.

Todavía no divisábamos el nuevo refugio al que nos dirigíamos. Descendimos por un paso casi vertical, entre dos montañas hasta el nivel del lago. Allí el camino serpenteaba los caprichos de las aguas que entraban en los recovecos montañosos y volvían a salir. Comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia, apresuramos el paso. El cansancio nos volvio a morder, la mochila rasgaba nuestros hombros; el refugio era ahora una mancha blanca a lo lejos. ¡Qué deprisa se va la sensación de poder cuando vuelves a la realidad!  Pero la cordura activó  la voluntad y, caminamos con la mirada fija en aquel punto blanco que pronto se convirtió en el refugio al cual teníamos que llegar.

Aquel atardecer, cayó una tormenta que nos aisló del mundo. Estábamos envueltos en una espesa capa de nubes blancas y los móviles no tenían covertura. Pero el ambiente era perfecto. Se escuchaban distintos idiomes entre los montañeros,  y los que no nos entedíamos nos comunicábamos con sonrisas. Aparecieron los mapas sobre las mesas y cada grupo comentaba la ruta del día siguiente. Cenamos como reyes y dormimos como pastores sin obejas que nos regalaran sus balidos, pero compartimos toses y ronquidos hasta las cinco de la madrugada. Nos quedamos solos y nos permitimos tres horas más de descanso. Habíamos ascendido 1030 metros hasta el primer refugio, este era el segundo y nos faltaban cuatro etapas más para volver al punto de partida. Lo más naravilloso era que no sabíamos qué nos esperaba, cuantas montañas habría que ascender, ni dónde estaba el siguiente refugio.  Mapa en mano, lo íbamos descubriendo, como pasa con la vida, al caminar.

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Una guitarra y una escopeta

Una guitarra y una escopeta

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Mi hermano vive en el campo. Buscó una granja grande porque quería tener muchas habitaciones. Una de ellas para los libros y sus más queridos objetos.

De joven pertenecía a un grupo roquero y viajaba e. Era uno de los  guitarristas. Tocaba con gran énfasis y se desmelenaba moviendo la cabeza al ritmo de su guitarra. Pero los tiempos cambiaron. Todos los componentes del grupo se casaron, tuvieron hijos y, poco a poco fueron dejando de lado aquella afición que creían iba a ser el sustento para su futuro.

Ahora mi hermano, soltero todavía, tiene otra afición: sale a cazar conejos y perdices en el bosque que tiene detrás de la granja. Su escopeta es de madera fina y de un color muy parecido al de su guitarra, e igual que hacía con ella, limpia y pule la madera cada vez que la utiliza. Aunque parecen dos objetos distintos  que no concuerdan con un mismo carácter, mi hermano ha sabido entrelazarlos como si fueran un solo objeto.

Recuerda cuando en el barrio celebraban las fiestas: rasgaba su guitarra hasta obtener acordes nuevos que erizaba a la concurrencia. Los cohetes que iluminaban la noche dibujando colores en el cielo y explotaban sin que él dejara de tocar.
Ahora sale a cazar cuando hay tormenta. Aunque sabe que es peligroso caminar bajo los árboles, sigue con este impulso frenético. Con la escopeta por delante, acariciando su culata de madera recuerda la guitarra  que rasgó en su juventud. El chapoteo de sus botas en los lodazales, la lluvia resbalando de hoja en hoja, los truenos, el movimiento de las ramas de los árboles  fustigados por el viento, la melena que nunca se cortó, pegada a la cara por efectos de la lluvia… son para él como un concierto.

Sigue viviendo su historia. De vez en cuando, en la terraza de su enorme casa, toca la guitarra, pero está atento a los sonidos, sobre todo a principios de verano cuando las perdices llaman a sus polluelos. A veces pienso que algún día se equivocará de instrumento y saldrá a cazar con la guitarra en lugar de coger la escopeta.
Creo que a mi hermano le hace falta formar una familia para encontrarse con la realidad.  Aunque, tal vez, viva con más intensidad que alguno de nosotros.

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NO FUIMOS UN GRUPO PERFECTO

NO FUIMOS UN GRUPO PERFECTO

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Hacía años que nos habíamos unido (¿unir?  Es una forma de hablar). El caso es que pasábamos juntos los fines de semana, compartiendo y charlando de nuestras cosas; opinábamos de lo que pasaba por el mundo y teníamos la certeza de que a pesar de todo, nosotros estábamos cambiando, lo que nos hacía mejores personas.

No nos gustaba el rumbo que estaba tomando la humanidad, en qué se estaba convirtiendo una parte de ella, en los engaños de los poderosos, las guerras que soportaban los humildes, la crueldad y el dolor, la falta de respeto hacia la naturaleza… en fin, no hace falta estar muy despierto para ver el declive de unos y también la infinita humanidad de otros.

Entre nosotros las cosas marchaban “bien”. Organizábamos salidas a la naturaleza y poca cosa más, a parte de nuestros encuentros. Eso sí éramos buenas personas, atraíamos a la gente y todo el mundo consideraba que era una suerte tenernos como amigos.

Aquel domingo de otoño, estábamos sentados en el jardín con nuestros dimes y diretes cuando de pronto algo cambió. Se hizo el silencio total. Una sensación extraña nos envolvió. Un temor a…no sabíamos qué. Nos miramos, sin poder articular palabra. Luego observamos los alrededores. Todo estaba quieto, parecía el cuadro de un pintor. Los perros, que no habían dejado de ladrar en toda la tarde enmudecieron, y los molestos insectos que nos trajo el verano, habían desaparecido. Cesó el cacareo de las gallinas, el gallo también estaba  silencioso, y los gatos dormitaban como pétreas estatuas en el jardín. Dejó de soplar la brisa marina que había hecho posible aguantar un verano tórrido, casi  insoportable… incluso el aire que respirábamos parecía no existir.

La pequeña fuente que alimentaba la alberca dejo de manar y el cielo se volvió gris, totalmente liso; los árboles de nuestro alrededor nos observaban con interés, como espectadores mudos  y sin opinión de todo cuanto habíamos estado hablando.

Se nos encogió el corazón y todos nos pusimos a llorar. Nuestra mente se abrió y como si leyéramos en un libro  vimos claramente nuestra falsa unidad: lo que nos separaba unos de otros. Aquellas sensaciones que nos llegaban de los demás, y las nuestras propias, rasgándonos el alma y a las cuales no sabíamos ponerles nombre, aparecieron como “entes” delante de nuestros ojos. Ya no había nada que esconder y cada uno sintió la necesidad de destruir aquel “ente” celosamente guardado.

“Te envidié muchas veces, porque  tú tienes lo que yo siempre quise”

“Pensé que lo sabía todo y me sentía superior”

“Nunca reconocí tus cualidades, me molestaban”

Y así seguimos hasta que no quedó nada, nada que pudiera separarnos, ni una sola sensación, ni un solo sentimiento. Nos vimos limpios por dentro y por fuera y comprendimos el sentido de la unidad. Vimos también que no sabíamos nada, que nuestras estúpidas sensaciones nos habían convertido en seres ignorantes, engreídos, prepotentes e incapaces de ver más allá.

Todo había cambiado, ya nada era igual. Ya nunca más nada sería igual. Nadie podría esconder nada porque éramos transparentes ante los ojos de los demás.

Volvieron los pájaros, se acercaron los perros, bostezaron los gatos, cacarearon las gallinas, el galló lanzó su canto como si fuera un himno de victoria y la fuente volvió, con su alegre melodía, a llenar la alberca.

Pero no volvieron los insectos.

Ya no hubo más engaños, ni más guerras, ni más extorsiones, ni más corrupción. Nadie sabía dónde estaba todo esto, ni quien se lo habría llevado.

¡Ahora sí! Ahora estábamos preparados para construir en este mundo nuevo. Del que nos habían, hablado.

 

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