Vuelta a la isla. Viñetas de viaje, parte 11.

Vuelta a la isla. Viñetas de viaje, parte 11.

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Es otro día. Salgo temprano para tomar el desayuno e ir a la siguiente excursión: una vuelta por la isla. Mis amigos tampoco irán. Ya conocen el recorrido y no les interesa volver a hacerlo. A mí me entusiasma.

Abordamos una chiva, es un autobús sin ventanas y ornamentado con escenas de la isla por todos los costados. Platico con los miembros de una familia intercambiando opiniones sobre el viaje.

Recorreremos toda la isla a través de poco más de kilómetro y medio. Tomaremos  la carretera que la circunda hacia el poniente, luego giraremos al sur para regresar por todo el oriente hasta el punto inicial en la cabeza del caballito de mar, imagen que asemeja la isla.

Partimos. En minutos tenemos al mar a nuestra derecha. Este lado de la isla carece de playas, todo es arrecife coralino. El mar abierto  labra con sus fuertes olas toda esta costa. El guía nos va describiendo el panorama. Pasamos por el barrio más rico, residencias de árabes y judíos, propietarios de los grandes comercios de la isla.

Los isleños se dedican en su mayoría al turismo. Es una localidad de consumo. Nada se produce aquí, todo es importado. Salvo los productos de mar, todo viene de fuera, desde alimentos hasta tecnología.

Alguna vez existió una empresa que procesaba el coco. Una mala administración hizo quebrar la fábrica. Desde entonces no hay nada más.

Vamos bordeando la isla. Paramos en la cueva de Morgan. Este corsario inglés tuvo cerca de 48 mujeres y alrededor de ciento treinta y ocho hijos, el decir de los lugareños. Nos informan que la isla fue descubierta por españoles y colonizada por ingleses. Al no contar con fuentes de agua dulce, no fue de interés para los primeros.

Seguimos y hacemos una nueva parada  en la piscina. Es un recodo en la piedra coralina donde se han colocado trampolines y escaleras para poder nadar. Al llegar debes pagar cinco mil pesos lo que te da derecho al chapuzón y un pedazo de pan para alimentar a los peces.

El desperdigar las migas te da la oportunidad de ver cómo se reúne una gran cantidad de peces de buen tamaño y diversos colores. La estancia es breve y continuamos el camino. Llegamos donde termina la isla para girar a la izquierda.

Tomamos el costado oriente. Aquí inician las playas. Lo primero que vemos es Baby beach, una playa donde se han formado pequeñas albercas de aguas mansas. El oleaje es casi nulo, por tal razón le han dado el nombre que lleva.

Seguimos con San Luis. Aquí se encuentra uno de los hoteles de la cadena Decameron. Antaño tuvieron la fama de ser las mejores playas de todo San Andrés. En tiempos cercanos, fenómenos meteorológicos arrasaron con la arena. Sólo vemos el mar que llega a hondonadas cubiertas de roca.

Pasamos frente a las playas en las que ya hemos estado para visitar Rocky key. Son suaves y serenas. Seguimos bordeando hasta regresar al punto inicial. Hemos circundado la isla por de tres horas   de las cuales la mitad se han ocupado para conocer lugares emblemáticos.

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Viaje por la bahía. Viñetas de viaje, parte 10.

Viaje por la bahía. Viñetas de viaje, parte 10.

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Mis amigos están cansados. Optan por no asistir al viaje por la bahía. Me alisto pues no quiero perdérmelo. Somos muchos los que esperamos en el muelle Toninos. En el lanchón, nos van trasladando de a poco al barco.

En cada viaje llevan aproximadamente cuarenta pasajeros. Somos cerca de ciento sesenta personas en la embarcación. Comenzamos a navegar. Me ubico a un costado de la cabina para ver de frente. La gente prefiere ir sentada dentro de la embarcación.

Comienza la música. Llama mi atención una joven que baila sola, al tiempo que disfruta del panorama. Va acompañada por una mujer mayor. Tomo diferentes fotografías y me apetece tener una conmigo en cubierta. Pido a la señora me ayude y ella le da la cámara a la joven.

Así entablamos plática. Vienen de Huasca. Son nieta y abuela. La mujer mayor se ha hecho cargo de la joven desde pequeña, le ha dado educación y a cambio, ha recibido el agradecimiento y cariño de su nieta. Este viaje lo han pagado entre ambas. Es una abuela orgullosa.

Vemos Jhony Key, una pequeña isla, reconocida por su belleza. En este momento, está prohibido acceder a ella. Al parecer la playa está en recuperación. Desde mi puesto observo con claridad los diferentes tonos del mar, desde un azul clarísimos hasta el azul marino intenso pasando por un verde esmeralda.

Una lluvia sorpresiva obliga a muchos pasajeros a guarecerse bajo cubierta. Nosotras permanecemos en nuestro lugar. La brisa hace llegar a nuestros rostros unas gotas refrescantes. El mar y el viento forman una combinación perfecta.

De pronto invitan a los pasajeros a bailar. Muchos se ponen en pie y mi nueva amiga me pide que la acompañe a tomar  asiento en las sillas vacías. El joven que dirige la diversión baila con entusiasmo. Vemos como la nieta se integra al baile con alegría.

La juventud derrocha energía. Siempre recordaré con admiración a esta gran mujer, anciana y cariñosa con su nieta alegre y entusiasta. La nieta me dice que algún día irá a México, ella promete comunicarse conmigo de cumplir su meta.  Retornamos al muelle entre baile, bromas y risas.

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El fondo de cristal. Viñetas de viaje, parte 9.

El fondo de cristal. Viñetas de viaje, parte 9.

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Hoy iremos en un recorrido por la bahía para observar el lecho del mar en una embarcación con fondo de cristal. Partiremos del muelle cove. Muy cerca del primer hotel: Blue cove. Pasamos frente a él con no buenos recuerdos.

El muelle es viejo y destartalado. La madera del piso está podrida a tramos. Subimos a un lanchón de fibra de vidrio y hierro con cristales en la parte más baja. Una banca larga al centro permite que los pasajeros se sienten para poder ver hacia el mar.

Comenzamos el recorrido. El agua límpida permite ver el fondo. Los cristales no ayudan, están llenos de un verde moho. Poco a poco empiezan a verse algunos corales, peces diversos. Llegamos donde los lugareños han pretendido hacer un museo. Algunas estatuas que se han caído y una enorme ancla son los principales atractivos.

Un pasajero se ha mareado. Indispuesto se recuesta tratando de recuperarse, una mujer, al parecer su esposa, bromea porque no se había percatado del hecho. Un pequeño le dice a su madre que no se está divirtiendo.

En el recorrido de dos horas pude ver claramente mucha basura en el fondo del mar: chatarra y llantas llaman poderosamente mi atención. Este rincón de la tierra no ha logrado escapar del deterioro provocado por la especie “pensante”

Los corales nos son tan abundantes como hubiera deseado, tampoco los peces, aunque alcanzo a ver una mantarraya que me toma por sorpresa y no logro fotografiar. Nos llevan a un espacio en el mar donde un joven se lanza a bucear con gran pericia para amarrar la embarcación a una boya. Impresiona su capacidad para sostener la respiración.

Ahí tenemos oportunidad de nadar en un mar agradablemente refrescante. La mayoría de los pasajeros nos lanzamos al agua. Shaddy se ha apartado de su madre con enojo. Ninguno de los dos sabe nadar. A ella le ha dado miedo que entre al agua y no le ha permitido que nos acompañe.

Tras unos minutos de solaz, nos informan que debemos subir. El tiempo de esparcimiento ha terminado. Estamos cerca del medio día y nos esperan en el  muelle para trasladarnos al hotel.  El retorno resulta tedioso para la mayoría de los viajeros.

Sigo observando el fondo y disfruto del azul en diferentes tonalidades. Sin duda es un mar hermoso. Shaddy recupera la tranquilidad poco a poco y atracamos en calma.

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El acuario. Viñetas de viaje, parte 7.

El acuario. Viñetas de viaje, parte 7.

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Madrugamos para estar a tiempo. Llegamos al muelle Toninos un poco antes. Podemos fotografiar el paisaje sin prisa. Pequeñas embarcaciones se encuentran en espera de los turistas. Hoy tendremos buen tiempo.

He entregado el boleto a la encargada. Nos llamarán cuando vayamos a embarcar. Pronto nos vemos rodeados de más gente. Todos iremos al mismo lugar: un acuario natural.

La mujer que recibió las entradas comienza a mencionar los nombres de quienes iremos en la primera embarcación. Nos alistamos para que nos dirijan al muelle donde abordaremos. El lanchón tiene cupo para unas cuarenta personas. La llenamos a tope.

Ya mar adentro la lancha va a toda velocidad. La fuerza del agua que rebota nos moja con un rocío frío. El trayecto es breve, unos quince minutos. Dos pequeños islotes forman una barrera. La playa está formada por arena blanca. Se puede caminar sobre ella una gran distancia.

Mi amiga se ha enfadado porque todo tiene un costo aquí: si quieres guardar bajo llave tus pertenencias, te dan un gabinete de madera húmeda y vieja por diez mil pesos; la renta de zapatos para el mar otros diez mil y si los quieres comprar son veintidós mil; el equipo para snorkel otros diez mil; un coco loco quince mil y una gaseosa cuatro mil pesos colombianos.

Detrás del islote se encuentra el acuario. Pequeñas albercas naturales separadas por rocas coralinas permiten el avistamiento de gran cantidad de peces de diferentes tamaños y colores. El lugar es agradable. Se puede caminar de una alberca a otra.

El mar cálido del Caribe es una delicia. Cruzo caminando al otro islote. Ambos reciben embarcaciones repletas de gente. Hemos llegado a las diez de la mañana  y a las once, es un hormiguero. Centenas de personas deambulan, nadan y snorkelean en un reducido espacio.

Me agobia tanta gente. No puedo dejar de pensar en los peces invadidos por los humanos. Por fortuna nos toca regresar. La lancha en la que volveremos, Primero Dios,  está otra vez ahí con más  turistas. Vamos tan rápido como venimos.

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El amanecer de un segundo día. Viñetas de viaje, parte 6.

El amanecer de un segundo día. Viñetas de viaje, parte 6.

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Mónica activó su despertador. Me ha dicho que le encanta ver el amanecer. A las cinco quince suena la alarma con insistencia. La oscuridad es total, todavía no amanecerá, ella vuelve a la cama y duerme plácidamente. No puedo conciliar el sueño.

Decido salir en busca del amanecer. La playa está solitaria. Un viento fuerte mece las palmeras. Algunas personas comienzan el día corriendo por la playa o el andador. Un perro orina sobre las adelfas,  lanza un poco de arena con las patas traseras sobre sus desechos.

Deambulo sobre la playa. Los rayos del sol se niegan a aparecer. Sigo el andador para averiguar hasta dónde llega. A la derecha hoteles y comercios, a la izquierda la playa y el mar. Cocoteros se balancean al ritmo del viento.

Empieza a clarear. Un azul cobalto y translúcido aparece en el horizonte pero del sol no veo nada. El cielo se encuentra lleno de negros nubarrones. Hoy no tendré el gusto de disfrutar de la maravilla del amanecer.

Regreso a tiempo para el desayuno. Mónica insiste en que pruebe los mojuelos y la leche, afirma que tienen un sabor especial, propio de la zona. Acepto con los primeros. Saben a buñuelo.

Una lluvia cálida cae gran parte de la mañana. Mónica no permite a su hijo que entre al mar, así que caminamos sobre el andador a todo lo largo. Un chipi chipi nos acompaña de vez en cuando. Mis amigos gozan de un excelente apetito. No perdemos ninguno de los alimentos en el hotel.

El menú del almuerzo varía poco. Siempre hay dos tipos de arroz y otros tres de carne, vegetales y verduras.  Demasiadas féculas para mí. Intentaré comenzar a balancear mi alimentación. Temo regresar con varios kilos de más.

La lluvia ha remitido. El niño se empeña en bañarse en el mar a pesar del mal tiempo. Prefiero caminar para conocer el centro de la población y el muelle Toninos, mañana saldremos de él para conocer el acuario. Quiero prever y evitar que  perdamos el viaje.

Voy preguntando hasta localizar el lugar. El pueblo no es grande, unas cuantas calles. Me ha tomado veinte minutos  llegar al muelle entre parada y parada curioseando en los comercios.

Regreso con la tranquilidad de haber ubicado el muelle de donde partiremos. Rumbo al hotel voy descubriendo estatuas que representan personajes típicos del lugar: la mujer negra con turbante, el hombre que toca las maracas, el corsario, el rasta. Es hora de la cena y ya me esperan los amigos.

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La llegada. Viñetas de viaje, parte 5.

La llegada. Viñetas de viaje, parte 5.

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San Andrés es nuestro destino final. Las vacaciones de Mónica en realidad son éstas. Ella ha planeado el viaje para premiar a su hijo por las buenas notas obtenidas en el año escolar. Viajamos en un vuelo charter a las once treinta por la noche.

Abordamos sin inconvenientes. A punto de despegar el capitán informa que tendrá que regresar para que reparen un desperfecto en la puerta del baño. Demoramos más de media hora. Cuando por fin despegamos, Shaddy estalla en llanto. Después me entero que vio una película donde el avión se estrella después de iniciar con un problema similar.

El viaje transcurre en calma. Un poco de turbulencia en el aterrizaje pone nerviosos a algunos pasajeros. Nada que lamentar. Acaba de llover, el clima es levemente cálido y muy húmedo. La isla nos recibe plácidamente.

Abordamos el transporte que nos llevará al hotel. Se encuentra a unos quince minutos del aeropuerto. Mi primera impresión resulta desagradable: demasiada gente, un espacio en medio de la jungla, viejo y sin mantenimiento.

Los azulejos deben ser de la primera mitad del siglo XX. El azul que predomina debe ser la razón del nombre Blue cove. Nos registramos. La habitación está en el módulo posterior. Nos dirigimos a ella sin indicaciones precisas. Es una noche cerrada, el cielo nublado amenaza con una nueva lluvia.

De pronto escuchamos gritos de Shaddy que viene detrás. Al parecer un escarabajo se ha metido en su zapato. Sus voces logran ponerme nerviosa. Quiero llegar a la habitación. Atravesamos un largo espacio entre oscuridad y palmeras.

Nuestra decepción aumenta cuando vemos la recámara. Dos viejas camas nos auguran incomodidades. Las cortinas lucen ajadas y percudidas. Huele a humedad. Mi amiga reacciona con malestar. Nos pide esperar. La dejo que actúe. Es una mujer autosuficiente. Estoy segura de que hará lo necesario.

Inicia una madrugada llena de reclamos. Nos cambian a otra habitación  en iguales condiciones. Estamos exhaustos. Dormimos apenas unas pocas horas. Mónica no está dispuesta a cejar. Solicita que nos cambien a otro hotel de la misma cadena.

Le han mentido. El hotel no tiene playa, ni vista al mar. Las habitaciones se encuentran en pésimas condiciones, nada que ver con las promesas recibidas. Sus argumentos los refuerza con la amenaza de publicar en las redes sociales todo lo que ha grabado. Por fin consigue que nos trasladen.

Las condiciones son mejores. Estamos frente a la playa. Suave arena blanca y un mar multicolor nos alegran la vista. Cansados pero con menor frustración, nos aprestamos a tocar por fin el mar de San Andrés.

Shaddy no espera. El agua tibia del Caribe colombiano nos refresca y relaja. Esta noche si descansaremos. La habitación aunque deteriorada también,  nos presenta una vista maravillosa de la playa.

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