LA EMOCIÓN DEL ENCUENTRO … por Nicole Regez

LA EMOCIÓN DEL ENCUENTRO … por Nicole Regez

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Son las doce del mediodía y espero impaciente asomada a la ventana. Sé que no voy a reconocer el coche nuevo pero a ellos si. Dobla la esquina un Megan negro; al volante mi hijo. Me siento feliz: “Son ellos y han llegado bien”.

Bajo a recibirles. Mi nieto de cuatro años está fuera del coche. Me ve y grita excitado:

 

—¡Amuma, amuma…! ¡Es amuma….! — dice a su hermano….— ¡Mami, es amuma….!

 

—¡Corre… ve a darle un beso!

 

El pequeño viene trastabillando detrás de su hermano y los tres nos unimos en un abrazo emocionado.

 

Nota: Amuma es abuela es euskera

 

Gaviota

Gaviota

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El verano es una estación singular, da igual donde estés; se te abren los poros del alma y sientes todo, vives galopando sensaciones que tragas a borbotones. Hoy subo al desván de mi memoria para acariciar aquel instante en que me fundí en una gaviota. Llovía, caía la bruma, y el mar y el cielo se vistieron de un gris profundo. Una gaviota blanca estaba a mi lado en aquella playa rubia. De pronto, desplegó sus alas y yo la seguí. Fue una sensación de libertad y misticismo al mismo tiempo mientras saboreaba la sal en mis lágrimas de gratitud.

Un toque de color

Un toque de color

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El valor de la vida es ilimitado, la exquisitez de la creación y de las criaturas es maravillosa. La mayor riqueza se esconde en estas increíbles máquinas humanas perfectamente diseñadas. Por eso una insufrible  tristeza  me embargó  cuando supe de la muerte de mi  amigo. Ejemplar hasta el extremo, comprensivo, amoroso, tierno…  Acudí al funeral con el corazón deshecho, envuelta en un mar de lágrimas. En el tanatorio el dolor se podía palpar. Entré, abracé a la desconsolada esposa y quedé encogida en un rincón de la sala, cabizbaja. Mis ojos nublados quedaron pegados a mis  pies. ¿Cómo pude pintarme las uñas con ese rosa fosforito? Si fueran de negro estarían más acorde.  Unos zapatos cubiertos habrían tapado la distracción. Mis uñas y su color por unos instantes me alejaron del dolor.

El despegue

El despegue

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Todo llega. Incluso sin planificarlo demasiado, casi sin pensar. Se te viene encima. Te da en la cara como una bofetada, aunque en el fondo lleves todo el año deseándolo. La espera es larga. Primero la llegada al aeropuerto con dos horas de antelación, nada más y nada menos. Luego las largas colas para el check in y el control de seguridad. ¡Menudo peñazo! Te dan ganas de salir corriendo, pero aguantas todas esas absurdas incomodidades con tal de alcanzar el momento anhelado. Te embarcas en el vuelo entre empujones. En un trajín de trolleys y bolsos de mano, de personas solitarias, risueñas o taciturnas. De familias enteras cargadas niños y de parejas de mediana edad que por fin se dan el lujo de viajar solas en un vano intento de recuperar el tiempo que la rutina y la vida les han robado.
Y sí, todo vale la pena por vivir ese momento en el que el avión, todavía en tierra, acelera al mismo tiempo que el corazón se te desboca en el pecho y empieza a subir lentamente, en tensión, luchando contra las leyes de la física. Por fin alza el vuelo de una manera primorosa y resulta victorioso frente a la fuerza de la gravedad como una alegoría de la prometida felicidad de tus vacaciones.

 

Sucedió una noche…

Sucedió una noche…

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Sabes a que instante me refiero. Sucedió una noche.
Esa extraña sensación de parar el tiempo. De flotar, de bailar a dos palmos sobre el suelo. De sentir el perfume dulzón que desprende la magia por momentos, de percibir colores dónde antes brillaba un gris intenso.

Seguro que sabes a qué me refiero. Ambos fuimos los testigos de esa melodía, de aquel atardecer, que duró dos noches y un día.

Fue como un susurro en el oído, voces que sonaban a beso.
Y sucedió sin pretenderlo, que se fundieron el Espacio y la Velocidad, haciendo desaparecer el Tiempo.

 

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Otra familia

Otra familia

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toilettrainer1

 

Diana está descubriendo cosas todos los días. El sábado fue su sombra, que se empeñaba en agarrarse a sus pies. El martes quedó prendada de las partículas de polvo visibles a la luz del atardecer. Y ayer tuvo una revelación en el inodoro.

Se sentó, expectante, y tras unos segundos, que a sus padres nos parecieron horas, la gravedad y la naturaleza hicieron su trabajo.

Diana estaba radiante. Se bajó de un salto de la taza y contempló su trabajo, con una sonrisa mágica. A continuación, señaló el fondo y dijo:

«Esa la mamá, ese el papá, ese el bebé”.

 

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