A pesar de todo

A pesar de todo

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Al principio todo fue muy emocionante contigo. Me lo ponías fácil. Hacías que me entusiasmara a cada momento. Me sentía triunfadora. Pero el tiempo pasó y crecieron las dificultades. Yo, que me había entregado a ti en cuerpo y alma, sentí cómo tenía que pagar un peaje por seguir viva. Mi salud se resintió y yo me quedaba en casa mientras tú te divertías fuera. Cuántas lágrimas de impotencia derramé. Pero a pesar de todo soy fuerte. Hoy por fin vuelvo a ser feliz.
Por eso ahora quiero ajustar cuentas contigo y gritarte a la cara que ya nada de lo que me puedas quitar me hace daño. Pasaré lo que me quede contigo gozando cada instante y, aunque al final tú permanecerás en otras compañías cuando yo ya me haya ido, habré disfrutado de ti, «Vida» a pesar de todas las zancadillas que me pusiste. ¿Te queda claro?

Lola A La Deriva

Lola A La Deriva

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Eres algo así como la niebla. Te veo. Puedo hasta olerte, pero al extender mi mano para tocarte, te desvaneces entre mis dedos. Es un sueño recurrente. Lo he soñado muchas veces. Hoy es la última vez. Estás sentado frente a mi. Es real.

Es noche de confesiones. Es mi primera vez en todo. No tenemos cuentas que saldar, sólo ganas de disfrutar.

Esta noche cenaremos juntos. A tu elección, ensalada verde con crema de mango y foie. No puedo recordar cuantas cervezas hemos bebido y parece que el camarero tampoco. Solo recuerdo el numero de habitación.

No somos dos extraños en una cita a ciegas. En cuanto te vi en los lavabos supe que querría comer de tu mano, muchas más veces. No me importa si es en casa de Lola o de Santiago o en la cueva de la Porrona…

Anda, anda. No me llames Dolores… llámame Lola.

Amor infinito

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Entró sin respirar, sin hacer el más mínimo ruido. Ni siquiera el silencio le oyó entrar, su nueva condición era su mejor arma. Su hijo dormía a sueňo suelto, la emoción del día le había derrotado, a la maňana siguiente al despertar, los reyes le habrían dejado sus regalos. La ilusión asomaba bajo la almohada pero el cansancio se le colgó de los párpados con una fuerza inusitada.
Avanzó seguro de no despertarlo, hizo un espacio entre la ropa, los juguetes y algún libro que le habían comprado el resto de familiares y dejó la bicicleta que le había prometido a su pequeňo antes de morir, no podía marcharse al otro mundo sin saldar su cuenta.

 

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Punto y coma

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Lo primero que he hecho tras salir del psiquiátrico esta mañana, tras mes y medio de estadía y pensar tanto que casi enloquezco de veras, es tatuarme un punto y coma tras el lóbulo de la oreja derecha, por si había dudas. El distintivo de los suicidas vivos, un recordatorio para no olvidar, cincelado con cierto disimulo para acreditarme como parte del selecto club, más numeroso del que nadie querría reconocer. Además, no puedo ocultarlo: el episodio fue tan sonado que se enteró todo el mundo, así que lo mismo da esa cicatriz. Ya he tenido que escuchar los “ni se te ocurra volver a…” y esas lindezas que rayan en lo teológico. Lo que no saben es que estoy embarazada. Una vez quise morir por ello, tan incapaz me autovaloré; lo he reconsiderado y creo que sólo más vida saldará cuentas con esta perra vida. Punto.

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La compensación, por Edith Zepeda, 149 palabras.

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Corría, a través de la espesa niebla, los árboles le arañaban la piel. Quería detenerse, pero el miedo que estrujaba su alma era mayor. Sabía que estaba irremediablemente perdido, aun así, continuó.

El viento sopló más fuerte y lo empujó, unos bramidos emanaron de una sorda y ronca voz. Una helada mano lo tocó. Había llegado su momento, inspiró profundamente, mientras su rostro perdió toda expresión humana y cayó al suelo.

De rodillas, miró hacia atrás. Ahí estaba su abuela, a la que había asesinado. Aterrado, se llevó una mano a la boca. Una sensación helada lo recorrió. La anciana, lo observaba fijamente, sus ojos eran ascuas al rojo vivo.

De sus ojos brotaron lágrimas, pero estas eran tan rojas. Era sangre. Con la mirada empañada, contempló sus rasguños, se habían transformado en hendeduras profundas de las que también manaba sangre. El ánima, fue testigo de su último gemido.

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Karma

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Sonrío, por primera vez en varios días. El teléfono había dejado de sonar y los mensajes ya no llegaban. Quizá era lo mejor que le podía pasar, tal vez no fuera ciertas las palabras lanzadas al aire declarando su amor. La cuestión era que entre tanto engaño y mentiras vertidas en torno a la mujer que él había creído habían puesto fin a esa supuesta relación. Ni tiempo había dado, acababa así, con un silencio a través de una línea telefónica. Sin más. Por lo tanto debería de dar gracias a ese supuesto karma. Sí era ese el final que mejor que no haberse adentrado en algo que ahora le parecía más irreal que otra cosa. Esa confusión latente se escapaba de las manos. Mucho mejor, liberaba algo. Su alma y su corazón.

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