La vida a sorbos de café

La vida a sorbos de café

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Observaba el cuerpo desnudo de María a su lado. Todavía se estremecía por las caricias prodigadas. No había querido conciliar el sueño. Llevaban meses sin caricias, solo reproches y ofensas. Y años en que el deseo había permanecido alejado de su alcoba. Ahora, atenazado en el espacio por el roce de sus caderas, recordaba su vida junto a ella.
Retrocedió diez años. Una fuerte tormenta y la necesidad de refugiarse le llevó a aquel bar en el que no habría reparado de ninguna otra forma. Había sido una mala decisión celebrar su primer gran triunfo en los juzgados regresando a pie hasta su despacho. Eso creía, hasta que la camarera le preguntó qué deseaba tomar. Aquel fue el primer café que degustó pensando en los labios de una mujer. Empezó a frecuentar aquel refugio. No tardó en detenerse más en los labios de la camarera que en los bordes de la taza que un día le sirvieron de excusa. Después llegaron las prisas por convivir juntos, la negativa de ella a salir del barrio donde se había criado. Pese al malestar que le producía a él aquel entorno, aceptó, y acabó viviendo en el mismo bloque que ella había habitado toda su vida. Percibía el encono de los vecinos, aunque ella le restaba importancia, “es la envidia ante tus triunfos”. Unos primeros años de felicidad y pasión desbordada, de un amor sin límites que borraba aquellas miradas de odio. Y llegó su hijo. La relación cambió. El odio se dibujó también en el rostro de María. Deseó tantas veces volver a tener aquella taza de café entre sus labios. Hasta esta noche. Una conversación sobre unas vacaciones merecidas que acabó con unos susurros al oído, un ligero temblor en la lengua de ella cuando reía ante las propuestas de él, la suavidad de sus manos apoyándose en sus piernas, un primer beso antes de acompañar a su pequeño a la habitación para volver y encontrársela vestida de deseo, con un cuerpo frágil que le invitaba a disfrutar de la intimidad, una noche donde no hubo rincón que no explorasen con la savia del sexo en sus manos, en sus bocas,… Y sí, el cuerpo de María le supo otra vez a café, al café que le ayudó un día a convivir con la tormenta.
Un golpe tímido en la puerta le liberó de esos recuerdos y le devolvió a la realidad:
Papá, ¿el vecino vendrá con nosotros de vacaciones?
No le dio tiempo a responder a su hijo.
Le dijo a mamá que ojalá pudiese venir con nosotros para disfrutar toda la familia junta de unas vacaciones.
La ira empezó entonces a apoderarse también de él.

Convocatoria Desafío ALTA TENSIÓN

Photo by Jordiet.

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Huellas de carbono

Huellas de carbono

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Con un futuro apresurado
y un pasado sin frenos
el presente se acuclilla vulnerado
con las alas abatidas y los latidos putrefactos.
Propósitos infantes que no se han cumplido
languidecen ante la imposibilidad de la esperanza
y la nostalgia del recuerdo.
La radio aviva los sonidos
y los paisajes se pueden escuchar,
los monstruos ya no son molinos.
Una voz urgente nos planta en la conciencia
de la dimisión a los ataques cruentos a la tierra
en la imperiosa necesidad de darle una tregua
ante una realidad que duele y no es ingenua.
Se aferra la utopía que requiere poeta.
Una voz defende resquicios que perviven
en el Amazonia, en el África, en Indonesia…
en las grandes reservas naturales; manda el capital.
Una razón de esperanza se afinca en la letra,
acicate de una conciencia deslavada y exigua
en acuerdos pingües de voluntades manifiestas
y va más allá de los debates y discursos a modo.
Nos alcanza en su reclamo un alarido del cosmos
un violento huracán tuerto y sin gobierno
con el ojo puesto en los que menos tienen,
una huella de carbono que mancha al corazón
y pinta la senda de los que apenas llegan,
de los que aún no nacen y, a penas vienen.
El cielo tiene cicatrices y llora rayos
las estrellas están borrachas de turbosina
y la luna no basta para una poesía.
Se avizora una historia tensa
prevista desde cumbres primermundistas
por líderes que no conozco ni me preguntan.
Los Quijotes virtuales y sin adarga
no pueden desfacer los entuertos
reclaman en las redes; solidaridad
a teclazos vociferan en su ordenador
y guardan la soledad en disco duro.
Los gigantes tienen corazas de titanio
y se afincan como dueños del futuro.
Las torres de acero y sus consorcios
llevan tensión más alta que los molinos.
Las calles son trincheras de impotencia,
los muros blasfeman eructos de solitarios
que sugieren una alta tensión soterrada,
los “agoreros del infortunio” salieron a la calle
y no precisamente a tomar el sol.
El globo está pinchado
Tiene Primavera con esquina rota
y los más son lo de menos.

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CHICO BUSCA CHICA

CHICO BUSCA CHICA

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Tras hablar durante un par de semanas con Carlos, quedó con él en un bar de moda. Era más guapo en persona que en foto. Saltaron chispas desde el primer momento.

Leticia estaba más buena de lo que esperaba. Por sus miradas sabía que la tenía en el bote. Esa noche, se la llevaría a su casa y mañana por la mañana le daría una sorpresa que nunca olvidaría.

La tensión sexual entre ambos era más que evidente y no tardaron en ponerle remedio. Con la luz apagada dieron rienda suelta a la lujuria.

Antes de que el primer rayo de luz iluminara la habitación, Carlos abrió el cajón de la mesilla y cogió un objeto metálico y frío. Sujetándolo con ambas manos, se puso encima de Leticia, que dormía boca arriba y desnuda.

—Pero… ¿Qué es esto?

Mira a los ojos al hombre que la tiene inmovilizada. Nota el cañón frío de un arma en su frente. Se siente protagonista de la peor película de terror que jamás haya imaginado. Intenta escapar, pero los músculos que ayer por la noche la sujetaban contra la pared, hoy le impiden moverse. Intenta gritar pero no le sale la voz. Carlos se da cuenta y sonríe. Si decir una sola palabra, aprieta el gatillo. Un chasquido metálico le hace olvidarse de su presa y mirar el arma. No ha salido la bala.

Leticia, presa del pánico, corre desnuda por la calle. Alejándose de la casa de un hombre que conoció por internet y prometiéndose a si misma no volver a entrar en ninguna red social.

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La venganza

La venganza

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Aquella noche el calor había decidido no compadecerse de ningún ser humano.Los viajes a la nevera para calmar la sed que le araňaba la garganta eran continuos y el insomnio amenazaba con aferrarse a los párpados impidiendo que pudiera cerrarlos para siempre. Las aspas del ventilador cumplían dos funciones, lograr que su esposa durmiera ya que estaba ubicado de manera que le fuera a ella el aire, y ensordecer los ruidos emitidos por los grillos y demás animales silvestres que habitaban en el bosque cercano.

Uma su hija adolescente descansaba a pierna suelta en la otra habitación gracias al otro ventilador que habían encontrado en aquella casa rural que habían alquilado para pasar el mes de Agosto.

Víctor se había sacrificado por ellas pero ya había decidido que tan solo sería ese día, a la maňana siguiente irían a la civilización para solucionar el problema. De repente tres hombres encapuchados irrumpieron en la habitación armados con puñales y pistolas y rompiendo todo lo que encontraron a su paso. Uno de ellos traía apretándole el cuello con el brazo a Uma que temblaba de terror, otro se acercó a la cama y derribó el ventilador de una patada.

Violeta, su mujer, despertó alarmada y no pudo menos que ahogar un grito al ver a su pequeña atrapada entre los brazos de aquellos hombres que vestían completamente de negro y a los que les ardía el odio en la mirada a través del agujero del pasamontañas.

– Cccojan lo que quieran pero no nos hagan daño, acertó a decir Víctor.

– Pues ponganos unas cervezas fresquitas, hombre, que hace mucho calor dijo uno de ellos quitándose el gorro que le cubría la cara.

– Nosotros sólo somos unos actores contratados por su hija para gastarle una broma, es una opción que entra dentro del alquiler de esta casa y ella la pidió.

– Ja, ja, ja, tendríais que haberos visto la cara, dijo  la joven. Eso os pasa por no haber querido ir a la playa este año y por haberme dejado a mí que alquilara la casa.

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Asesino silencioso

Asesino silencioso

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Nadie se molestaba en ver cómo estaba, tampoco es que ella los recordara si iban o no vivía su rutina. Levantarse hasta que el cuerpo no soportaba más la cama y protestaban los huesos, quejándose de tanta flojera acumulada en el pensamiento y en el cuerpo. Bañarse, un triunfo al cansancio de sus brazos. Vestirse por pura necesidad de cumplir con la moral, porque ahí nadie la vería desnuda, sin antes volverse loca buscando las cosas que se pondría, comer la dejaba sin aire como si se desinflara, después venía la parte más difícil del día: No hacer nada durante horas y horas, ver como las piernas se le iban poniendo como dos gruesos troncos (normal, sino no se movía en todo el día se decía a sí misma). Ver televisión para tener la sensación de estar acompañada, aunque se perdía en las conversaciones de los actores, sin ella escuchaba sus pensamientos que en silencio le gritaban mil de vituperios, regañándola para que le diera sentido a su vida, por no hacerse caso, cada día se acercaba más a la pantalla y aumentaba el volumen hasta quedarse sorda de su propia voz; después la cena que sin tener hambre o con ella la comía sí o sí. Por fin llegaba la bendita noche para prepararse a dormir y hacer un montón de cosas que en el día no tenía la más mínima intención de mover un dedo para hacerlas, un poco de limpieza aunque surgiera el dolor de cabeza o el mareo que casi la hacía que se cayera en varias ocasiones, leer en la computadora para aumentar el tamaño de las letras que se diluían un poco más cada vez, o escuchar música de esa que le traía todo un revolcón de recuerdos sin ton ni son.
Tomarse las benditas pastillas que la noqueaban era su último paso del día a día, apagaban esa voz y ese martilleo en las sienes y dejaba de ser ella para no ser nada, hasta que el nuevo día aparecía. Un día no despertó, el asesino silencioso se la llevó, la alta tensión.

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Tres billetes de 20 euros

Tres billetes de 20 euros

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Compró una docena de huevos de los cuales, cinco, llegaron rotos. La tensión se mascaba en los últimos meses y, un detalle nimio, tonto, puede ser la gota que ahoga definitivamente una convivencia…
Después de cinco años en el dique del paro, me llamaron para camarera en un club de alterne. Era abogada, quebró el bufete y me fui a la calle. Al principio pasé meses deprimida, sin querer asimilar la situación. Luego me acostumbré y me especialicé en ser ama de casa, pero desde hacía un año en mi mente no cabía un guiso más. Servía para algo más y Lucrecio calmaba mi pena con poca convicción. Así que cuando me ofrecieron ese trabajo no lo dude. Necesitaba salir de casa, sentirme útil aunque fuera sirviendo copas y, sobretodo, tener la sensación de independencia. El sueldo era una miseria pero me avisaron que las propinas eran un acicate.
Al poco de estar trabajando, a Lucrecio le despidieron; reajuste de plantilla, y pasó a ocupar el hueco vacio que dejé yo en casa. Como no le gustaba comenzaron las tiranteces y las presiones.
Sin embargo yo era feliz trabajando; servía copas y daba consejos legales a clientes. Las propinas comenzaron a llover. Según me las daban, las metía en el sujetador como hacían mis compañeras.
La noche de los huevos rotos, enfurecida me fui a duchar. Lucrecio fue detrás de mí y al desnudarme cayeron tres billetes de 20 euros. El nerviosismo se apoderó de él y me llamó “Zorra”
Nos pegamos, nos insultamos y todo se acabo entre nosotros.
Desde entonces, Lucrecio es un cliente más del club. Le arreglé el divorcio y me pagó con tres billetes de 20 euros.
Somos felices y entre nosotros cada vez existe más alta tensión…corporal.

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