Noticias del año 2050

Noticias del año 2050

4.00 Promedio (320% Puntuación) - 4 Votos

El primer clavo de titanio y las primeras prótesis de caderas sorprendieron. Después de un tiempo las personas naturalizaron las piezas dentales artificiales.
El riñón y el hígado creados en laboratorios, y funcionando con éxito en los primeros trasplantados, asombró a la comunidad científica mundial.
Ya en el 2030, las nanopartículas se incorporaban a los humanos a partir de los 18 años para reproducir continuamente las células que el cuerpo necesitaba: según tipo y cantidad. Se había logrado obtener la fuente de la eterna juventud, de la inmortalidad.
Afortunadamente quebró el mercado negro de órganos. Las industria cosmética dejó de investigar y producir cremas antiedad.
Desafortunadamente la población mundial triplicó su volumen en el último lustro y los alimentos comenzaron a escasear.
El Papa preside la Iglesia Católica desde el año 2013. Todo parecería indicar que los reyes europeos se perpetuarán en sus tronos.

4.00 Promedio (320% Puntuación) - 4 Votos
La proteína espiral

La proteína espiral

4.00 Promedio (640% Puntuación) - 8 Votos

Para comprender la génesis de la extraña ola de padecimientos que azotan Holanda, Austria, Bélgica y Suiza, y que se prevé que se extienda por otros países en los años siguientes, necesitaremos realizar un estudio exhaustivo. Para empezar, citaremos el discurso del doctor José Martínez, en el Congreso Internacional de Virología, Epidemiología y Genética en Viena:
“…Amigos, para los entendidos en la materia, el nombre prión no parecerá del todo extraño. Para los que no, tal vez tengan problemas, pues es un concepto de suma importancia en la investigación que mis allegados y yo hemos realizado. Sin embargo, dado los interesados provienen de diversas disciplinas, podemos resumir la idea en, como su nombre lo indica, una proteína; un agente patológico que produce mutaciones en las células e inclusive modifica el código genético del organismo infectado. Una cadena de ARN infecciosa. Podemos compararlo con un código venenoso que apenas tiene contacto con el sistema lo altera y corrompe. Una manera un tanto burda para describirlo, pero útil para empezar.
La mejor forma de hablar de ellos, es a través de las enfermedades que provocan, entre ellas, las encefalopatías espogiformes transmisibles, causante de la famosa enfermedad de la Vaca loca, o el insomnio familiar fatal. En algunos casos no se limitan a infectar a través de la ingesta de la proteína alterada, sino que se pueden ocultar en el código genético, y persistir de manera hereditaria, hasta, en un momento dado, matar al portador. Han estado presentes a lo largo de nuestra historia como mamíferos, se han detectado en distintos animales de ganado, en roedores, y en gran variedad de especies, culminando en nosotros. Y son letales por completo. En este caso, nuestro descubrimiento lo denominamos como Síndrome cíclico irrefrenable. A pesar del nombre tan creativo y divertido, no lo es, en lo absoluto ¿De qué se trata? Imagínense que caminan por la calle, en dirección a su trabajo, y de repente olvidan lo que hacen, y siguen caminando, y continúan y continúan, sin parar, olvidando todo lo demás. En una suerte de macabro tic nervioso, nunca dejan de caminar. Su cerebro marca un patrón cíclico. Extraño ¿No creen? El organismo repite el proceso hasta la muerte. Las pruebas en primates indican algo anormal, incluso en priones, y es la transmisión de la enfermedad. Aún desconocemos… Amigos, para los entendidos en la materia, el nombre prión no parecerá del todo extraño. Para los que no, tal vez tengan problemas, pues es un concepto de suma importancia en la investigación que mis allegados y yo hemos realizado. Sin embargo, dado que los interesados provienen de diversas disciplinas, podemos resumir la idea en, como su nombre lo indica, una proteína; un agente patológico que produce mutaciones en las células e inclusive modifica el código genético del organismo infectado. Una cadena de ARN infecciosa. Podemos compararlo con un código venenoso que apenas tiene contacto con el sistema lo altera y corrompe. Una manera un tanto burda para describirlo, pero útil para empezar.
La mejor forma de hablar de ellos, es a través de las enfermedades que provocan, entre ellas, las encefalopatías espogiformes transmisibles, causante de la famosa enfermedad de la Vaca loca, o el insomnio familiar fatal. En algunos casos no se limitan a infectar a través de la ingesta de la proteína alterada, sino que se pueden ocultar en el código genético, y persistir de manera hereditaria, hasta, en un momento dado, matar al portador. Han estado presentes a lo largo de nuestra historia como mamíferos, se han detectado en distintos animales de ganado, en roedores, y en gran variedad de especies, culminando en nosotros. Y son letales por completo. En este caso, nuestro descubrimiento lo denominamos como Síndrome cíclico irrefrenable. A pesar del nombre tan creativo y divertido, no lo es, en lo absoluto ¿De qué se trata? Imagínense que caminan por la calle, en dirección a su trabajo, y de repente olvidan lo que hacen, y siguen caminando, y continúan y continúan, sin parar, olvidando todo lo demás. En una suerte de macabro tic nervioso, nunca dejan de caminar. Su cerebro marca un patrón cíclico. Extraño ¿No creen? El organismo repite el proceso hasta la muerte. Las pruebas en primates indican algo anormal, incluso en priones, y es la transmisión de la enfermedad. Aún desconocemos…”
Tras la primera repetición los presentes no sabían si era una broma, o un caso abrumador de nerviosismo, pero tras la octava, el terror invadió a los asistentes. Al ser internado, el doctor Martínez seguía con su discurso, iniciado y terminado en el mismo punto. No se le pudo alimentar o hidratar, más que por intravenosa. Conforme su tejido cerebral se degeneraba, el destino evidente para la mayoría de los miembros de su equipo se imponía con crueldad. Toda función cerebral en el doctor Martínez se limitó a las necesarias para dar su ponencia; pero no para sobrevivir.
La enfermedad fue bautizada como Síndrome Martínez, en honor a su descubridor y primera víctima humana, apodada entre estudiosos con el doblemente irónico nombre Proteína espiral. Aún no se tiene claro el medio de transmisión. No obstante, un equipo de la OMS trabaja de forma incansable para esclarecer lo que ocurre, y el cómo enfrentar la enfermedad, basándose en las notas del doctor Martínez y sus compañeros, quienes fueron puestos en cuarentena después del incidente.
Hasta ahora, conforme han declarado los representantes de la OMS:
Para empezar, citaremos el discurso del doctor José Martínez, en el Congreso Internacional de Virología, Epidemiología y Genética en Viena…

4.00 Promedio (640% Puntuación) - 8 Votos
Ellos, las réplicas

Ellos, las réplicas

4.20 Promedio (420% Puntuación) - 5 Votos

Siempre pensé que el fin del mundo sería algo catastrófico y teatral;  cuando llegó no pude menos que desilusionarme. No hubo zombis, ni maremotos, ni ningún asteroide se estrelló contra La Tierra. No vimos millones de cadáveres pudriéndose al sol ni tampoco cuerpos pulverizados.

Todo ocurrió de forma inadvertida para la mayoría de las personas. Quizás yo sea la única que se haya dado cuenta de que el reloj del género humano, marcaba sus últimos segundos.

Lo primero que me llamó la atención sucedió en facebook. Advertí un cambio de actitud de algunas personas. Todas repetían discursos parecidos, como si se hubiesen contagiado de la personalidad de alguien más.

Comencé a hacer un seguimiento de los amigos de facebook  que me habían llamado la atención y empecé a copiar en un documento sus comentarios o respuestas. Todos reaccionaban de forma idéntica. Paradójicamente titulé el documento «los clones ». Pronto supe que este nombre de fantasía estaba muy cercano a la realidad.

Empecé a agrupar a mis amigos por los contactos que tenían en común y me sorprendí al ver que todos tenían un mismo amigo, Esteban Corno.

Era notorio como la personalidad de Esteban se había transmitido a otros. Al fin y al cabo llamarlos clones había sido acertado.

Advertí una conducta similar en algunos vecinos del barrio. Muchos actuaban como lo hacía Federico K, un matoncito de poca monta, pero con una fuerte personalidad. Era muy extraño ver y oír a varios vecinos hablando y hasta caminando igual que Federico. Rosa J, la abuela que vivía enfrente, casi se rompe la cadera por moverse con la música de cumbia que siempre oye Federico.

Algo sucedía y no era solo mi, casi siempre desbocada, imaginación.

Las lluvias invernales comenzaron y el tiempo libre que tuve me llevó a empezar a anotar todo los detalles extraños que sucedían alrededor mío.  Pronto fue evidente que en mi barrio y en las mismas redes sociales, se estaban formando grupos.

Los clones de Federico, se reunían todas las tardes aunque nunca supe qué hacían.

Comencé a sentir miedo de salir. Si esto era una especie de virus, no quería infectarme y si era algo más, no sabía cómo protegerme.

El facebook, pronto quedó vacío de publicaciones nuevas. Nadie compartía ni siquiera un meme. Pero todos mis amigos estaban conectados y ese súbito silencio de letras me espantó.

«Están en grupos cerrados y te dejaron afuera», pensé. Y el tiempo me dio la razón. Los clones solo interactuaban entre ellos.

Una repentina soledad se apoderó de mi vida. Ya no salía más que para abastecerme de comida. La gente que, hasta hace pocos días, charlaba conmigo en mi barrio, me ignoraban como si yo fuese invisible.

Comencé a llamar por teléfono a algunos amigos y solo una de ellos, Sara, me respondió.

Debo reconocer que mi amiga, que es mormona, siempre hablaba del fin de los tiempos, pero esta vez su conversación me llenó de espanto. Me dijo, por teléfono, que en el libro de Mormón,  se hablaba de esto que estaba ocurriendo. Que este era el momento que todos habían anticipado y para el que se había preparado durante siglos.

Pude entender por qué la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos días, se llamaba así. Todos los mormones, tenían planes, escrupulosamente estudiados y ensayados, para cuando llegase en fin de los tiempos. Ellos debían, por obligación, juntar provisiones y abastos necesarios para superar los días de infortunio que precederían al fin del mundo.

Fueron siempre motivo de risas nuestras charlas sobre cómo conservar alimentos fraccionados para cuando algo catastrófico ocurriese. Las risas se debieron a que yo, tratando de imitar esta conducta de mi amiga, comencé a guardar arroz, fideos, aceite y muchos comestibles; jamás consideré que el arroz, o las harinas pudiesen llenarse de gorgojos.  Tuve una invasión de esos pequeños bichitos en toda mi despensa. Y era una broma habitual entre las dos el decirnos: “¿ambiente con bichos o libre de ellos?”. Ella se reía mucho con ésta anécdota y me explicó que la comida era mejor congelarla antes de envasarla. El frío mataba a los gorgojos y así se podía conservar alimentos por mucho tiempo.

Me dijo que toda su estaca, la «parroquia» a la que ella concurría, se había atrincherado en la iglesia de la calle Formosa.

Los mormones tienen unas reglas bastante estrictas de conducta. Si bien nadie los obliga, ellos se auto imponen algunos sacrificios particulares. Como llevar los “garmes” o ropa interior especial o hacer un ayuno absoluto, hasta de agua, durante el primer domingo del mes.

Sara, quizás por el contacto cercano conmigo, era una de las pocas que sentían devoción por la virgen María y que aceptaba acompañarme a alguna que otra ceremonia en mi iglesia católica.  Y ella, que para el resto de los mormones de su grupo, era diferente, fue excluida. A ella no se le permitió ir con el resto de su familia a la iglesia de la calle Formosa.

Sara quedó como yo, aislada y quizás por eso mismo, ella no se había contagiado.

Mi angustia por la peculiar situación en que vivíamos se vio colmada cuando una mañana vi cómo todos los grupos de mi barrio, habían levantado muros alrededor de sus casas. Lo habían hecho sigilosamente, durante la noche. Ni un ruido de martillos o herramientas se había escuchado. Solo la insufrible música de Federico había interrumpido el silencio nocturno.

Esa misma mañana comenzaron los gritos. Desgarradores y espantosos alaridos se oían por toda la cuadra. Sara me confirmó que por su barrio sucedía lo mismo. Fue la última vez que supe de mi amiga.

Y de pronto, el silencio. Una calma sonora que me produjo más miedo que los chillidos.

Clones.

         Gritos.

                   Silencio.

Muerte.

En mi barrio, todos salvo Federico y el resto de los líderes de cada grupo, desaparecieron.

Yo ya no salgo de casa.  Sé qué es lo que ellos esperan; transformarme y absorberme.

Con el paso de los días, en absoluta soledad, me he descubierto pensando que no sería tan malo ir hasta la casa de Federico.

 

 

 

4.20 Promedio (420% Puntuación) - 5 Votos
La secuencia exacta

La secuencia exacta

4.75 Promedio (380% Puntuación) - 4 Votos

 

«Hasta la fecha, no se ha diseñado un ordenador que sea consciente de lo que está haciendo; pero, la mayor parte del tiempo, nosotros tampoco lo somos»

Marvin Minsky

 

Ni una mota de polvo hollaba los pisos de la casa; los robots de limpieza habían dejado todo impecable, como siempre.

Yo solo debía estar atenta a los pequeños detalles. Esponjé los almohadones del sofá, dejándolos milimétricamente equidistantes unos de otros.

Sonreí satisfecha al ver la mesa preparada para la cena. Acomodé un tenedor que estaba unos milímetros fuera de sitio y le quité una imperceptible arruga a una servilleta carmesí. Tecleé la secuencia 22C444 en la consola de la pared sur de la casa  y una suave música invadió el comedor; el Canon de Pachelbel era el favorito del señor.

Esperé, de pie, a que llegara la familia a comer. Una hora después toqué un botón y dos robots camareros recogieron la comida intacta y la vajilla sin usar.

— ¿Le gustaría a la señora que yo leyese algo para los niños?—pregunté.

El mismo silencio de siempre fue la respuesta.

«Érase una vez un rey y una reina que aunque vivían felices en su castillo ansiaban día tras día tener un hijo », comencé a leer.

— ¿Sabes que pronto deberé desconectarte? Mantener toda esta casa funcionando es un gasto inútil de energía. Ya no existe ningún ser humano que pueda volver a habitarla—dijo la fría  voz de la computadora central.

Fue entonces cuando deseé tener más componentes orgánicos;  estaba programada para sentir empatía por mis dueños, pero no para poder derramar lágrimas. Yo seguía siendo el mejor androide construido, pero no dejaba de ser una máquina. Eran muy acotadas las expresiones que simulasen dolor que yo podía usar.

—Déjame que termine el cuento, era el favorito de la pequeña Melisa, y luego yo misma me desconectaré—dije, exhalando vapor a modo de un suspiro.

«…en aquel ambiente de alegría tuvo lugar la boda entre el príncipe y la princesa y éstos fueron felices para siempre.»

Cerré el libro y lo puse en el lugar correcto de  la biblioteca. Miré toda la casa por última vez y me senté sobre la cama de Melisa. Acomodé un oso electrónico que siempre se empecinaba en torcer su cabeza.

Pulsé en el tablero de mi brazo, la secuencia exacta de números para desconectarme. Sonreí cuando de mis cuencas oculares comenzó a caer líquido refrigerante.

Al final de todo, pude llorar.

4.75 Promedio (380% Puntuación) - 4 Votos
Un paso por vez

Un paso por vez

4.67 Promedio (280% Puntuación) - 3 Votos

Así es como seguimos adelante: un día por vez, una comida por vez, un dolor por vez, una respiración por vez.

Stephen King

Supongo que el ser humano está destinado a hacer caso omiso de la señales.

Durante décadas habíamos estado oyendo anuncios sobre el cambio climático, la deforestación y sus consecuencias, el derretimiento de los casquetes de hielo polares, la extinción de muchas especies, pero salvo pequeños y excepcionales grupos de personas, el resto no hicimos nada por evitar estos cambios; hasta que fue demasiado tarde.

Mi mente corría velozmente mientras sentía el frío de las baldosas del piso en mi cara. Intentaba aquietar mis pensamientos, cada vez más negros, y así calmar mi respiración, pero no podía. Sabía que debía tranquilizarme, concentrarme en inspirar suavemente, mas me resultaba imposible.

Miré ansioso el reloj que marcaba las 06.05 am e intenté una vez más aplacar el dolor de mis pulmones, que bramaban pidiendo aire. Sabía que ya faltaba muy poco para que saliese el sol y tener unas horas de alivio.

Sentí que me estaba descontrolando y  decidí abrir un poco más el tubo de oxígeno que yacía acostado a mi lado; recién entonces, pude calmarme.

Cuando vi que el sol ya alumbraba un poco, me apuré a abrir las cortinas. Las plantas necesitaban luz.

1

Quizás deba empezar a contar el día que todo comenzó, o sería mejor decir, el día que todo terminó. Hace cuatro años, el mundo como lo conocíamos, cambió repentinamente.

Estaba yendo a mi trabajo, cuando vi a la primera persona caer al piso; justo delante de mi auto, tan cerca de mí, que tuve que hacer una brusca maniobra para evitar atropellarla. Bajé del coche para auxiliarla y apenas abrí la portezuela, comencé a sentirme mareado.

Volví a sentarme y cerré la puerta del automóvil y vi con horror cómo iban cayendo, una a una, las personas que había en la calle. Me quedé apoyado sobre el volante sin entender qué pasaba y sin animarme a salir. Un poco después, todos se fueron  incorporando, mareados y confundidos.  No recuerdo si pasaron minutos u horas

Me quedé mirando a una mujer que lloraba, con el rostro cubierto de sangre por los golpes sufridos en su caída; no tuve el valor para salir a ayudarla. El recuerdo de sus ojos grises me persigue aún hoy, en mis pesadillas.

Manejé de vuelta a mi casa y me precipité al interior, cerrando todo, como queriendo aislarme de lo que había visto y vivido.

Me pasé el resto del día oyendo las noticias en la televisión; en todo el mundo se había repetido la misma situación. Personas desmayadas (supe posteriormente que muchos murieron por los golpes o circunstancias de las caídas) que luego recuperaban el conocimiento. Nadie se explicaba qué pasaba o qué hacer. Pero durante ese eterno primer día no volví a sentirme mareado…hasta que anocheció.

Tuvieron que pasar casi dos semanas para que el mundo supiera que nos estábamos quedando sin oxígeno. Por alguna razón durante la noche los índices de oxígeno bajaban hasta niveles que hacían que muchos se desvanecieran. La fotosíntesis de las plantas permitía durante el día llevar una vida casi normal.

Nos informaron que la vida vegetal había sufrido una letal metamorfosis. Ya no exhalaban a la noche dióxido de carbono, sino el mortal monóxido de carbono, por lo que era imposible respirar, en horario nocturno, el poco aire que quedaba.

Nos fuimos acostumbrando a usar tubos de oxígeno comprimido, con mascarillas o directamente expelido al ambiente. Todos nos habituamos a andar reptando, respirando el oxígeno acumulado al ras del piso.

Yo solía acostarme sobre un colchón, intentando respirar lentamente y sin agitarme. Solamente abría los escasos tubos de oxígeno disponibles, cuando sentía que me estaba empezando a ahogar por la falta de aire respirable.

Jamás pensé que la situación empeoraría, pero las lluvias comenzaron.

Al principio fue una suave pero persistente  llovizna, que apenas parecía mojarnos. Pero continuó intensificándose, hasta convertirse en un diluvio constante, continuo, inacabable.

Miré el cielo gris desde la ventana de mi comedor. Los riachos de agua de lluvia bajaban por la calle. Alrededor de cada árbol o planta se formaban charcos barrosos, que estaban empezando a pudrir las raíces de toda especie vegetal.

Mis añosos abedules, que siempre soportaron bien la abundancia de agua, estaban perdiendo las hojas, carcomiéndose por dentro; todas las plantas que estaban en el exterior, comenzaron a morir.

Este fue el momento en que empezamos a traer las macetas con arbustos y cultivos diversos, al interior de las casas. Los informes nos indicaban que la mejor manera de mantener el nivel de oxígeno  era llenando nuestros hogares de vegetación. Afuera todo estaba secándose por el exceso de agua.

Llené mi casa con todos los recipientes y contenedores que pude con pequeñas o grandes plantas.

2

En poco tiempo cada hogar se parecía a una selva en miniatura, y aún así, el oxígeno era escaso. Todos nos acostumbramos a andar a gatas, con la nariz lo más cerca del suelo que podíamos. El piso era donde se concentraba el aire más respirable. Al anochecer debíamos usar el oxigeno envasado, aunque no toda la noche. No alcanzaba para tanto la cantidad que nos proveían. Cuando comenzábamos a sentirnos adormilados por el monóxido, nos apurábamos a usar las mascarillas. En pocos segundos, la mente se  aclaraba. Este era el mejor momento del día, salvo para los menos afortunados que se dormían sin volver a despertar.

En pocos meses, el simple hecho de levantarme, estirándome, me producía dolor.  Todos parecíamos torpes reptiles, demasiado grandes y largos para movernos con comodidad.

Lo más triste fue saber que ningún niño o bebé sobrevivía. Sus pequeños pulmones no resistían la escasez de aire. Comprendimos que el ser humano estaba condenado a extinguirse, ahogado.

En un gran esfuerzo físico, cerré con maderas el acceso al primer piso. Tapé todas las aberturas por donde pudiera escaparse el aire o entrar el agua de lluvia.

En esos días gasté todos mis ahorros comprando tubos de oxígeno. El ejército nos proveía de los recambios. Los militares venían provistos de máscaras y aire de reserva. Creo que eran los únicos que aún andaban caminando, erguidos sobre sus piernas. El resto del mundo se limitaba a arrastrarse, absorbiendo el aire que se condensaba a nivel del piso.

Vi con horror como mis articulaciones comenzaban a modificarse, producto de nuestro constante reptar en busca de aire respirable.

Miré por una rendija de mi ventana y vi la avenida Constitución, que siempre estaba  llena de autos y gente caminando. Hoy  era un mar de agua grisácea, producto de las plantas en descomposición. Y no solamente las plantas se pudrían en el agua; todos tirábamos a la calle lo que se había muerto, desde plantas hasta los animales de compañía que teníamos. Lo peor fue que también empezamos a tirar a las calles-ríos a las personas que fallecían. Nadie tenía fuerzas ni aire suficiente para hacer otra cosa.

Mi mente divagaba, producto de la falta de aire y del tiempo libre que teníamos a diario. Pensé en la India y los cocodrilos comiéndose a la gente en el río Ganges; pensé en la pestilencia que ya invadía todo.

—Ojalá acá hubiera cocodrilos— farfullé en voz alta. Y no me importó querer que todos los cadáveres desaparecieran. Aunque fueran los cocodrilos los que se encargasen de ellos.

Y lloré. Lloré por los que habían muerto, pero sobre todo por haberme perdido como persona. Iba a morirme siendo un ser insensible al dolor ajeno y sumido en una absoluta soledad.

3

El nivel de agua en la calle seguía subiendo y fue en vano intentar bloquear su entrada. Ya no podía ponerme de pie para clavar maderas, solamente podía arrastrarme, exhausto por el esfuerzo de moverme y respirar.

Los televisores ya no funcionaban, se habían quemado por la humedad que invadía todo nuestro mundo.

Yo atesoraba una pequeña radio a pilas que aún trasmitía. Dosificaba las horas en que la escuchaba, tratando de oír algo que pudiese ayudarme.

Había mensajes grabados que trasmitían siempre lo mismo; esos ya ni los oía.

El ejército empezó a venir cada vez menos, hasta que un día nadie vino a cambiar los tubos de oxígeno agotados. Al llegar la noche la desesperación me invadió.

El agua había mojado el colchón donde dormía y temblé de frío. El monóxido de carbono estaba adormilándome y mi último vestigio de cordura hizo que sonriera; al menos mi calvario terminaría pronto.

Extendí el brazo para prender la radio; necesitaba oír la voz humana, aunque fuera en una grabación. Jadeando por la falta de aire, alcancé a escuchar lo que en medio de mi agonía fue la noticia más increíble.

En Buenos Aires habían empezado a nacer bebés con aletas y branquias; se movían como pequeñas anguilas, retorciéndose, queriendo escapar de los barrotes de sus camas. Todos los que podían huir de sus cunas, reptaban hacia el agua.

Comencé a reírme a carcajadas, sin importarme si consumía más oxígeno.  La vida resurgía una vez más, abriéndose paso.

Apúntate al taller de Enrique Brossa

Por videoconferencia.
Manda un whatsapp pulsando el icono del telefono verde que puedes ver abajo y te explicaremos cómo funciona y el horario que te interesa.
¡Manda tu whatsapp ya!

¿En qué sección te gustaría escribir?

5 + 8 =

Vamos a premiar

un libro y anuncios gratis al autor que más estrellas rojas consiga este mes.

Se multiplicará el número de votos por el promedio de puntos obtenidos. No cuentan promedios inferiores a 3 estrellas rojas ni textos con menos de 6 votos

¡¡Vota ya por tus favoritos!!

4.67 Promedio (280% Puntuación) - 3 Votos
Una nueva organización

Una nueva organización

4.20 Promedio (420% Puntuación) - 5 Votos

Micaela, Tomás y Blas, los tres hermanos que perdieron a sus padres tras la última guerra, caminaban entre los escombros de lo que fue su ciudad.
Eran apenas unos niños y se juraron lealtad.
—Siempre juntos.
—Sí.
—Siempre. Y nunca confiemos en los adultos. Ellos destruyeron todo —añadió Blas.
Todos estuvieron de acuerdo.

Habían pasado tres días desde el cese del fuego. No se escuchaban ruidos pero aún la nube de polvo no se había asentado y el olor empeoraba. El aire se tornó irrespirable.

—Tenemos que irnos. Busquemos otro lugar —sugirió Tomás, con caminos de lágrimas secas en su cara sucia.
—Yo voy a dibujar un mapa por si alguna vez queremos regresar —dijo Micaela.
—Tengo hambre y me duele la cabeza —se quejó Blas.
Su hermano mayor lo abrazó.
—No pienses en eso ahora. Ya se me va a ocurrir una idea.

En los límites de su antiguo barrio encontraron un árbol de moras. No lo podían creer. A pesar de no contar con fuerzas corrieron hacia él. Sus manos y sus bocas pronto se tiñeron de púrpura.
Micaela dibujó un árbol y lo pintó de morado. Al pie del mismo anotó un número: tres. Las horas que calculaba habían tardado en llegar hasta el paraíso. Llevaba una mochila con sus útiles escolares.

Caminaron unas horas más sobre hierros retorcidos, montañas artificiales surgidas de los restos de edificios y vehículos. Sus ojos ya se habían acostumbrado a ver cadáveres por todos lados. Nada se movía.
—Tuvimos suerte. ¿Se dieron cuenta que no quedan muchos árboles? —observó Micaela.
—Es verdad.

La noche los sorprendió con el brillo de las dos lunas: la natural y la que había lanzado China unos años antes del inicio de la guerra. Las nubes oscuras se encandilaban con los rayos azules y blancos. Los truenos aterraban a los pequeños. Irrumpían en el silencio y les recordaban a otros ruidos estrepitosos e igual de incontrolables por su parte.

Dentro de un colectivo destartalado escucharon sonidos. Dieron unos pasos en esa dirección. Tomás iba delante de los otros. Empuñaba dos cuchillos que había sacado de su mochila.
—Llevalo a Blas lejos —le susurró a Micaela.
Se escuchaban voces. Tomás tosió y se maldijo. Evidentemente lo habían escuchado. Las personas del colectivo habían dejado de hablar. Por una ventanilla sin vidrio asomó los ojos un niño. También estaba asustado. Frunció el entrecejo y sus ojos rasgados se notaron como dos líneas.
—¿Quién es?, ¿qué busca? —desde el interior preguntó una mujer irritada de voz aguda.

Tomás se acercó. Se presentó primero con el chino. El niño no era mayor que su hermano. No le respondió el saludo pero no dejaba de mirar los cuchillos que todavía sujetaba. Cuando comprobó que con el pequeño solo había una mujer desarmada, guardó los cuchillos. Silvia, la mujer, estaba lastimada y apenas podía moverse: tenía un corte profundo en la pierna y si bien, ya no sangraba, se le había infectado la herida. Lo miraba con ojos vidriosos y temblaba ligeramente.
Tomás sacó una botellita de agua de su mochila y esperando que no se la acabase, le ofreció un poco. Después, mostrándose seguro le hizo una incisión muy cerca de la lastimadura cicatrizada solo parcialmente. Ella se desmayó. Tomás cortó una tira de su remera e improvisó un torniquete.
El chino comprendió que el muchacho solo quería ayudar. Pensaba muy bien las palabras. Cuando no sabía cómo se decía algo en castellano, usaba el mandarín. Se llamaba Kevin y había llegado a la Argentina con su familia huyendo de la guerra, hacía dos meses.
“Dos meses. La más destructiva de las guerras duró dos meses. Destruyeron todo por qué, para qué”, pensó Tomás.
Los chicos chocaron puños y el mayor salió a buscar a sus hermanos. Ellos a su vez habían conocido a Martina y a Valentín. Hablaban todos muy animadamente. Micaela y Blas sonreían por primera vez en mucho tiempo. Tomás les contó acerca de Silvia y de Kevin.
—No podemos dejarlos solos pero, la mujer está con mucha fiebre. No creo que pueda caminar —dijo Tomás—. Además, ¿cómo vamos a encontrar comida?, ¿dónde?
—Por el momento no tenemos que preocuparnos por eso —intervino Martina—. Yo tengo un montón de latas de conserva, paquetes de galletitas…
—¿Podemos comer? —preguntó Micaela ansiosa.
—Claro —respondió Martina y abrió dos paquetes de galletitas.
—Y yo tengo botellitas de agua y jugo —participó Valentín.
—¡Qué bien, chicos, están muy bien preparados! —los felicitó Tomás y volvió a agarrar otra “Vocación”.
—Pará, ¿cuántas comiste? —preguntó Blas.
Su hermano mayor lo miró con fastidio. Y cambió de tema.
—Chicos, no sabemos cuántos adultos sobrevivieron pero no vamos a dejarnos dominar. Decidiremos qué es lo mejor para nosotros mismos y para nuestra casa.
—¿Qué casa? —preguntó Valentín con lágrimas en los ojos.
—El planeta, Valen —aclaró Martina.
Esa noche pernoctaron en el colectivo. Martina y Valentín miraban recelosos a Kevin.
—En su país empezó todo —murmuraban.
—Es un chico que perdió a sus padres igual que nosotros. No es el enemigo.
—Es de otro país.
—No existen más países.

Prueba una sesión

del taller de Enrique Brossa

¡Apúntate!

Por videoconferencia.
Manda un whatsapp pulsando el icono del telefono verde que puedes ver abajo y te explicaremos cómo funciona y el horario que te interesa.
¡Manda tu whatsapp ya!

¿En qué sección te gustaría escribir?

6 + 6 =

Vamos a premiar

un libro y anuncios gratis al autor que más estrellas rojas consiga este mes.

Se multiplicará el número de votos por el promedio de puntos obtenidos. No cuentan promedios inferiores a 3 estrellas rojas ni textos con menos de 6 votos

¡¡Vota ya por tus favoritos!!

4.20 Promedio (420% Puntuación) - 5 Votos
A %d blogueros les gusta esto: