El principio de un viaje

El principio de un viaje

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Sentir es la antesala de construir.

Lo apasionante de la emoción se debe a que no es un destino, sino el punto de partida.

Un sentimiento es el principio de un viaje.

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QUÉ PASA CUANDO ESCRIBO. EN HONOR DE LOS TIEMPOS PASADOS

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No se pueden retener los buenos momentos. Hacerse mayor implica admitir realidades. La vida es cruel y nos proporciona instantes en los que querríamos quedarnos a vivir para siempre, pero el tiempo nos lo quita todo. Nos expolia con lenta delectación hasta dejarnos indefensos y desnudos. Sin padres, sin infancia, sin amor, sin canción, sin sorpresas, sin amigos, sin salud, sin fuerza, sin fe, sin confianza, sin vida. Algunos dicen que a ellos no les pasará eso. Bien, estoy dispuesto a discutirlo en otro momento. Pero la verdad se resume en que atrapamos cosas que se convierten en nada. Agarramos nuestros trapos y nos los arranca el tiempo a tirones o simplemente los convierte en polvo para llenar el gran reloj de arena que nadie ha logrado invertir, el que siempre mide la existencia dejando que todos los granos se acumulen engullidos en un depósito llamado “antes”

Especialmente los instantes de felicidad, no podemos retenerlos, ni parar los relojes. He dejado de pensar en el pasado. Me he independizado de él. Hay que emanciparse. El pasado es como un buen padre, al que le debes todo, pero no le debes nada. Ni es posible devolvérselo, ni quiere que lo hagas. De los grandes instantes significativos pretéritos sólo me queda el respeto. Conservo el respeto. Quizás escribir como cualquier otra actividad artística, sea rendir homenaje al asombro, al descubrimiento, a esa sensación momentánea de sabiduría que se nos escapa como el resplandor de un fósforo. Yo respeto esos momentos de felicidad, con significado. Me abstengo de comportarme de modo desconsiderado con lo que un día sentí con intensidad. No lo pisoteo. No lo deshonro. Si no sabes lo que significa respetar esos minutos grandiosos, acaso no los has vivido, o quizás no respetas tampoco tu vida, y la profanas, la desbaratas. Porque esos instantes son toda tu vida.

He grabado en mi memoria una fragancia, una sombra y una luz, una mirada, junto a unas tablas, una canción y una sonrisa. Colecciono estos tesoros, sin añorar nada. Sé que son irrepetibles. Pero los admiro porque fueron puros o porque yo creí que lo eran. Son figuras de cristal del bueno en la vitrina de los momentos ya acaecidos. Son símbolos, y mantienen su significado. Perdida la fe, toda la fe, la fe en todo, seguiré mirando con devoción tanto las cruces como los atardeceres.

Siempre.

Enrique Brossa

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Qué pasa cuando escribo. Carne a la brasa

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¿QUÉ PASA CUANDO ESCRIBO?

A partir de ahora voy a empezar a hacer textos sobre esto. Textos, videos, audios… y un libro. Lo que vaya saliendo será publicado. Una parte quedará a disposición del público y otra como contenidos exclusivos para suscriptores. Si te interesa manda un email a actividades@desafiosliterarios.com y en el asunto escribe ¿Qué pasa cuando escribo? Por un módico precio disfrutarás de todos los contenidos, solo para suscriptores, o como se suele decir en internet, contenidos premium. Y por supuesto, mi libro ¿Qué pasa cuando escribo?

Hoy he empezado el taller con una nueva escritora. Hemos estado hablando de qué es en mi opinión escribir literariamente. Debe de ser que yo estaba hambriento porque hemos estado hablando de hacer costilladas de ternasco. Disfruto con ellas. Le he dicho que la preparación de una buena costillada empieza preparando el fuego. Necesitas leña. También necesitas algo para que el fuego prenda fácilmente. Las pastillas para encender fuego son innecesarias si tienes el típico papel de periódico arrugado. Sin él, la hoguera es difícil que prenda. Pero nadie es tan estúpido como para creer que se puede hacer una costillada de ternasco con papeles arrugados de periódico. Hace falta leña.


Los estados de ánimo son importantes para el escritor. Siempre empezamos con ellos. El día estaba gris… Es se sentía melancólico… La neblina, la lluvia…. Aunque parezca un parte metereológico, estamos hablando de un estado anímico. Se sacó distraído un cigarro  de su petaca y tras encenderlo, observó el discurrir de las volutas de humo… ¿Cuántas veces habré leído yo cosas así? Parece que hable del tabaco, pero habla del estado de ánimo del autor. Está bien, te comprendo, me identifico contigo. Son el papel de periódico arrugado al que aplicamos la primera llama. El fuego se enciende con rapidez porque sé cómo te sientes. Pero si no lo ponemos dentro del montón de leña, se extinguirá de inmediato. Hace falta algo más consistente para generar las brasas, de otro modo, solo quedarían cenizas. Si no dejamos de volvernos sobre nosotros mismos, y nuestro estado de ánimo, y empezamos a usar la imaginación para narrar, esto en vez de una costillada -o chuletada, según se diga localmente- va a ser un desastre. Nuestro relato se agotará solo. No se terminará y si se termina peor: será un lamentable montón de carne arruinada. Casi todo el mundo empieza así.

Claro que hay autores capaces de mantener un fuego espléndido con narración de escasos eventos, pero si lo analizas bien, quizás la profundidad psicológica probablemente sea mucho mayor que lo de describir simples estados melancólicos. Y en cualquier caso, será que el autor en esa faceta posee un talento fabuloso. Plantéate si ése es realmente tu modelo, porque en general, para la gran mayoría de los casos, para crear tu hoguera o tu barbacoa literaria, necesitas imaginación, narración. Necesitas leña. Y carne también. ¡La chicha!

¿QUÉ PASA CUANDO ESCRIBO?

A partir de ahora voy a empezar a hacer textos sobre esto. Textos, videos, audios… y un libro. Lo que vaya saliendo será publicado. Una parte quedará a disposición del público y otra como contenidos exclusivos para suscriptores. Si te interesa manda un email a actividades@desafiosliterarios.com y en el asunto escribe ¿Qué pasa cuando escribo? Por un módico precio disfrutarás de todos los contenidos, solo para suscriptores, o como se suele decir en internet, contenidos premium. Y por supuesto, mi libro ¿Qué pasa cuando escribo?

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QUÉ PASA  CUANDO ESCRIBO. LA OBSESIÓN POR ESCRIBIR

QUÉ PASA CUANDO ESCRIBO. LA OBSESIÓN POR ESCRIBIR

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En estos momentos me encuentro parado en un embotellamiento en la carretera de La Coruña tratando de volver a entrar en Madrid. Llevo desde antes del amanecer haciendo algunos trayectos en coche porque hoy es un día especial en el que he tenido que asistir a mis hijos en algunos problemas. Estoy conduciendo y dictando y es una maravilla darse cuenta de cómo, sin peligro alguno, puedo aprovechar para escribir dentro del coche con o sin atasco.
Estoy últimamente muy interesado en lograr una escena realmente complicada para una novela muy fundamentada en dramas concretos y hay que reconocer que esas obras que llamamos despectivamente bestsellers, novelas que suelen estar basadas ante todo en su trama, tienen su dificultad.
Cada mañana empieza una aventura. Hay mañanas que comienzan tristes y otras llenas de estímulo y expectativas. Esta es así de prometedora. De este día espero una vivencia importante. Pero lo voy a experimentar en la ficción, en la escena que he comentado. Me acosté pensando en ella y me he levantado pensando en ella. No es una mujer, sino esa escena, ya me entendéis. He desayunado con ella y me he duchado con ella. Con la escena.
Siempre pienso que para escribir algo que valga la pena hay entre otras, dos posibilidades importantes. O bien, lo sentimos, lo cual es eficaz cuando la duración de lo que queremos escribir es relativamente corta o bien lo soñamos y nos obsesionamos con ello. Una tercera posibilidad es vivirlo primero en la realidad. Todos hemos visto una película o hemos leído una novela que por algún motivo no nos ha acabado de convencer. Sin embargo, nos hemos dado cuenta, hemos tenido que admitirlo, que al cabo del tiempo seguíamos recordando y pensando en las situaciones que habíamos visto o leído. Eso quiere decir que tampoco era tan mala esa novela o esa película porque realmente creó un mundo que logró atraparnos después de cerrar el libro o encender las luces del patio de butacas. Si es así, quiero decir que seguramente estamos ante una obra digna de consideración. Análogamente, si yo mantengo sin querer lo que escribo en mi mente, la cosa seguramente puede ir bien. Si estoy escribiendo algo y realmente no me acompaña cuándo dejó de escribir, si mis pensamientos no vuelven recurrentemente a los personajes y a las circunstancias que estoy describiendo, quiere decir que ni yo estoy gozando con la escritura ni lo que estoy escribiendo por el momento me parece importante, no pienso que valga demasiado. No estoy excitado por mi propia escritura. Si al autor no le atrapa su historia ¿cómo podría atrapar a otros? Por tanto, es importantísimo para mí incurrir en esta doble vida, en esta existencia secreta qué significa escribir un libro.
Esto me hace pensar hasta qué punto todo lo que se relaciona con el oficio de escritor es anti rentable y difiere de lo que dictan esas teorías de la productividad personal. Existe un montón de literatura barata de autoayuda qué recomienda huir de lo que llaman multitarea, es decir, hacer varias cosas a la vez. La idea es hacer las cosas con la mayor concentración, y también sin estrés. Es posible que sea un gran consejo para poner en marcha un negocio, y para sacar adelante la declaración fiscal. Sin embargo, para escribir un libro no lo es. Al menos en mi caso. Cuando estoy escribiendo algo de corta duración sí que reconozco que me concentro mucho en mí mismo y de ahí me sale algo rápido porque normalmente son cosas que hablan de mi interior y que tienen mucha relación con un estado de ánimo momentáneo. Pero cuando lo que pretendo es hacer algo más largo ya no es solamente una cuestión de sensibilidad y de ánimo sino que por el contrario tengo que disfrutar de la complejidad asociada a una determinada situación. Una complejidad que explote salpicando gran cantidad de posibilidades, que a su vez pueden dar lugar a nuevas emociones y circunstancias. Eso normalmente cuando mejor me sale es cuando estoy haciendo otras cosas, cuando no estoy interfiriendo en el discurrir de mis pensamientos de modo totalmente consciente porque se supone que no estoy literalmente escribiendo, con letras y signos de puntuación.
Una situación ilustrativa de lo que estoy contando sucede cuando me voy a la cama. Algunas veces caigo rendido nada más apoyarme en la almohada, pero otras tardo un poco más y comienzo a soñar despierto con algo que estoy escribiendo. De ahí salen grandes historias e incluso frases concretas que me satisfacen y que al día siguiente puedo transcribir con puntos y comas. Sí estas oraciones son muy redondas no puedo evitar repetírmelas a mí mismo en la cama tratando de mejorarlas todavía más o simplemente de memorizarlas para escribirlas al día siguiente. Esto es un gran placer para mí. Mi cabeza empezó sacando de sí misma algo para el papel, pero ahora estas historias inundan mi cerebro como si vinieran de algún otro sitio exterior con el objetivo de colonizarlo.
Añoro aquellos despertares de estudiante, en los que me quedaba en la cama mirando el techo, acompañado por mis pensamientos y ensoñaciones. Ahora no puedo hacerlo, tengo una familia en casa y me sentiría culpable, porque no es muy edificante que los hijos vean a su padre, que se supone que es un señor, levantándose cuando ya han acabado las noticias del telediario de las 3 de la tarde. Por supuesto que mi manera de pensar real no es así de espartana y respeto el derecho de cualquiera a levantarse cuando le parece, pero si quieren que les diga la verdad, me parece importante que mis hijos se levanten con ímpetus mayores que los míos y salgan de la cama como tigres dispuestos a completar sus obligaciones. Pero, es mi contradicción, yo sacaba en ese estado rezongón frases que me han acompañado toda mi vida y con las que yo mismo me he marcado mi modo de ser, para bien, para mal, o para nada. Pero han sido importantes para mí, y han tenido mucho que ver con mis escritos. Y es que hay algo importante para escribir: pensar. Darse tiempo para pensar. En libertad.
Pues todo esto está escrito o, mejor dicho, dictado mientras conduzco, hablando conmigo mismo, y no habría sido mejor si lo hubiera hecho sentado en mi escritorio. Y peor tampoco. No lo habría hecho. No estaba previsto hacerlo y no figuraba mi lista de cosas por hacer. La idea de toda esta parrafada es: hay que obsesionarse con lo que se está escribiendo, aunque esto puede no depender de ti. Y debes estar activamente “escribiendo” al despertar, al ducharte, al desayunar, al pasear, al ir en metro o conduciendo tu coche. Tienes que vivir la historia que quieres reflejar. Transformarte en tus personajes. Vivir sus escenas y sufrir o disfrutar sus vicisitudes. Esto es al menos lo que a mí me pasa cuando escribo. Y doy gracias por tener este don, tan justamente ridiculizado por la sociedad. El de ser un soñador.

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Y ahora, voy a seguir con esa escena que os he dicho antes que me ronda en la cabeza.

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