La casa del cerro encantado  6

La casa del cerro encantado 6

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El rayo de luz que se filtraba por una rendija en la persiana de mi habitación, no tuvo mejor sitio donde posarse que sobre mi cara lo que me hizo despertar al momento. Tuve la sensación de haber tenido una extraña pesadilla y me dolía bastante la cabeza, pero no recordaba nada. Me levanté y terminé de abrir la persiana. La claridad del día me hizo cerrar los ojos pero acerté, a ciegas, a encontrar el manillar de la ventana que abrí de par en par, aspirando profundamente el aire fresco de la mañana. Recordé a Justina y la casa; el deja vu que provocó mi caída frente a ella y que Petra había interpretado como un tropiezo mío por la mala conservación de la calle de cantos rodados y que culminó con el viaje hasta el hostal acompañada por Antonio, el marido de Petra. Hoy podría hablar con ella y conocer, por fin, cuál era el misterio que envolvía al cerro encantado y la casa que llevaba su nombre. De pronto, tuve la vaga impresión de que mi sueño había tenido algo que ver con ella, la anciana y yo, aunque no conseguía atraerlo a mi memoria.

Me dirigí al cuarto de baño y entré en la ducha, me lavé la cabeza y enjaboné mi cuerpo, después dejé que el agua se llevase junto con la espuma el cansancio y el aturdimiento nocturno. Estuve largo rato bajo la ducha hasta que me quedé relajada y con la mente limpia del  oscuro presentimiento que me inquietó al despertar.  Me vestí  unos pantalones de algodón azules  y la camiseta de tirantes blanca con una impresión de la torre Eiffel, y me sentí cómoda y fresca. Pensé calzarme sandalias, pero opté por unas bambas pues no sabía el estado de la casa por dentro y las zapatillas protegerían mejor mis pies. Desayuné  pan tostado untado de aceite de oliva, un café con leche, una aspirina y el primer cigarrillo de la mañana. Después de una breve charla con Diego, salí a la calle, y aunque solo eran las nueve y media de la mañana, ya se notaba el calor que haría durante la jornada.

Seguí el mismo recorrido de la noche anterior y me sorprendió el olor a fresco que emanaba del suelo. Se veía húmedo y limpio y lo comprendí cuando vi a algunas  mujeres barriendo frente a las puertas de sus casas salpicando con una mano el agua de un cubo, que sujetaban con la otra, sobre el polvo de la calle. Los saludos se repitieron con la misma amabilidad que por la noche deseándome un buen día, a los que respondí con la misma solicitud.

A la luz de la mañana, el pueblo lucía el color blanco de sus fachadas salpicadas  de vez en cuando, con alguna casa de piedra caliza. Unas y otras, lucían en los balcones y ventanas enrejadas  abundantes macetas cuajadas de flores.  Admiré la belleza y la pulcritud del pueblo y el camino hasta la casa de Justina se me hizo corto. Cuando subía por la cuesta, vi a Petra regando su trozo de calle y la saludé con la mano al que ella respondió amablemente, entrando inmediatamente a la casa para salir de nuevo acompañada de un joven que supuse, sería su hijo mayor y que parecía ser, más o menos, de mi edad.

—¡Buenos días, señorita Sandra ¿Se encuentra mejor hoy?

—¡Buenos días! Mucho mejor —dije constatando que mi dolor de cabeza casi había desaparecido.

—Este es Pepe, mi hijo mayor.

—¡Hola!—dije alargando la mano.

—¡Buenos días!—dijo el chico estrechándola con firmeza.

—Pase señorita Sandra, estábamos terminando de desayunar. ¿Le apetece un café, o una tostada?

—Gracias, Petra, se lo agradezco mucho pero ya he desayunado en el hostal.

—¡Ande, siéntese! —y mirando hacia Justina que tomaba un tazón con sopas— Madre, ¿se acuerda de la señorita Sandra? Ha venido a verte y a visitar la casa del cerro.

Justina levantó la vista del desayuno y me miró con sus ojos verdes llenos de vida, hizo un asentimiento con la cabeza y siguió con lo que estaba haciendo, desayunar.

—Hoy no tiene un buen día— me dijo Petra— Ha dormido mal y ha estado inquieta toda la noche. Es muy mayor, noventa años hace dentro de dos meses, y la cabeza ya no le anda como antes. El médico dice que tiene demencia…No se si hoy podrá contarle algo…

—Pero anoche…—interrumpí a Petra sin apartar los ojos de la mujer arrugada y vestida de negro que seguía engullendo sus sopas de café sin prestarnos la más mínima atención.

—Sí, anoche estaba parlanchina. Cuando está así habla por los codos… de su juventud, de las aventuras que ella y sus primos vivían por el cerro cuando solo estaban las cuevas y sobre todo de sus visiones en la casa. Siempre nos contaba esos cuentos de miedo cuando éramos pequeños a mis hermanos y a mí, bueno, también a cualquiera que viniese a escucharla, sobre todo en las noches de verano sentados a la fresca, como ayer. Para los Santos en cambio prefería las historias de difuntos alrededor de la mesa camilla, con el calor del brasero bajo las faldas. Siempre ha sido una gran contadora de cuentos de miedo por eso, a veces, dudamos de que lo que ella dice que le pasaba fuese del todo verdad.

Yo seguía mirando a la anciana sin poder creer que mi visita esa  mañana había sido en balde. Si la abuela no tenía ganas de hablar, no me enteraría de nada. En fin…

—¿Podré ver la casa? —pregunté sin que mi disgusto quedase reflejado en la voz.

—¡Sí, claro! —escuché la voz de Pepe que se había quedado en la entrada. Y no se preocupe por las historias de mi abuela, yo me las sé casi todas y si quiere le puedo contar alguna.

Me volví hacia él. Lucía una espléndida sonrisa en sus labios y los ojos del mismo color que los de Justina irradiando idéntica vida, en él era lógico pues no tendría más de veinticinco años le calculé, iluminando su rostro curtido por el sol dándole un aire entre niño travieso y adulto responsable que me encantó. Era guapo el muchacho, con un cuerpo acostumbrado al aire libre y posiblemente, a la práctica de algún deporte, además del trabajo en el campo que supuse haría junto con su padre. Me equivocaría, como otras muchas veces.

Salimos hacia la casa y Pepe, amablemente, me ofreció su brazo.

—Anda, sujétate que no quiero que te caigas como ayer. No podría llevarte en brazos hasta la casa — dijo soltando una carcajada divertida.

—Pues este brazo sugiere lo contrario— dije yo cuando me agarré a él sonriendo.

La camaradería había surgido entre nosotros de forma espontánea. Llegamos a la casa sin percances y subimos las escaleras de la plazoleta, empedrada al igual que la calle con piedras de cantos rodados. A la luz del día, la imagen que ofrecía no era muy amedrentadora, más bien tuve la sensación de que era uno de esos inmuebles que llevan a cuestas un montón de años y de historias, y  aunque cambien de cara, por dentro conservan intacta su idiosincrasia, si se le puede llamar así. Eso me pareció cuando Pepe abrió la puerta de la casa que chirrió como en las películas de miedo y entramos dentro.

—Le hace falta un poco de grasa —comentó Pepe.

En un momento, pasamos del ambiente limpio y cálido de la mañana, al fresco que proporciona la piedra, aunque muy enrarecido por el polvo y la humedad acumulada en el interior. Sentí un escalofrío. Algo no me gustaba y no era el olor a cerrado.

Pepe entornó la puerta, más bien puertita, que se integraba en el  gran portón que era el verdadero umbral de la casa. La ancha abertura de salida o entrada, según fuese el caso,  la cubría  una  gran pieza de madera en forma de bóveda  por arriba tachonada con clavos grandes de hierro en el exterior. Interiormente dos barras la cruzaban en forma de aspa. Cuatro goznes por cada lado la sujetaban a la pared y la cerradura y el enorme cerrojo ambos tres de hierro también, atrancaban a cal y canto la casa-palacio, pues eso dijo mi acompañante, fue en algún momento  de su historia además de cueva. El cerro y la tierra colindante se cedió a un pequeño noble castellano al obtener una victoria contra los moriscos en los últimos tiempos de la Reconquista.

Este caballero ensanchó la cueva y aprovechando los diferentes niveles del terreno construyó la casa que, desde la colina, dominaba la vista de todo el pueblo. Con el tiempo y los cambios de propietario fue perdiendo esplendor, ya que, la fachada de piedra fue encalada al estilo del resto de las casas que surgieron a su alrededor cuando fueron vendidas en parcelas, para pagar las deudas de los herederos. Todo esto lo sabía Pepe por haber investigado en los archivos del Ayuntamiento.

Se dirigió  a una de las estancias que se abría al zaguán con intención de abrir una ventana que diese algo de luz y ventilación al lugar donde nos encontrábamos, cuando sentí que alguien me vigilaba desde una de las esquinas. Era la más alejada de donde yo estaba, justo la que había bajo la escalera que iba al primer piso. Miré, pero no vi nada. Muerta de miedo, ya que Pepe aún no había conseguido abrir la ventana y todo seguía en penumbra, avancé un paso hacia la puerta por la que él había entrado en la habitación. El gruñido que escuché desde el rincón me cortó la respiración quedando uno de mis pies en el aire sin atreverme a posarlo siquiera en el suelo…

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La casa del cerro encantado  6

LA CASA DEL CERRO ENCANTADO 5 por Nicole Regez

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Sandra abrió los ojos. Unas voces resonaban en su cabeza. La llamaban con preocupación pero no las reconocía…¿Dónde se encontraba…?

— Ya ha despertado— escuchó que decía una voz femenina.

— Válgame dios— dijo otra…

Poco a poco tomó conciencia de dónde se encontraba. Estaba tumbada sobre un sofá y la cara preocupada de Petra apareció  en su área de visión.

—¿Se encuentra  mejor, señorita Sandra…?

— Si… si… ¿qué me ha pasado…?

— No lo sabemos— dijo la mujer y siguió— luego de dejarnos, la vimos dirigirse hacia la casa y después se cayó al suelo. Pensamos que se habría tropezado con alguna de las piedras. El Ayuntamiento no quiere cimentar la calle porque desea conservar el empedrado antiguo pero deberían arreglarlo pues no  es la primera vez que alguien tropieza. Mi marido y yo vimos cómo caía al suelo y fuimos a recogerla para traerla a casa. No parece que tenga nada grave, pero si quiere llamamos al médico.

—No se preocupe, ya estoy bien, creo que sufrí un desmayo—dije poco convencida, pues en realidad no recordaba lo que había podido pasar— será mejor que vuelva al hostal y descanse un poco, he tenido un día ajetreado y con este calor…

—¡Antonio, ve a por la furgoneta y acompaña a la señorita…!—ordenó Petra.

—No, no…—dije yo e intenté levantarme del sofá.

Petra me ayudó y quedé sentada. Me sentía algo débil, así es que no opuse resistencia cuando, unos minutos después, el solícito Juan me cogía del brazo y abriendo la puerta del conductor me indicó que entrase en el vetusto vehículo. Él se  fue al otro lado y se sentó tras el volante, condujo siguiendo la cuesta hacia arriba por una carretera que parecía rodear el pueblo dejándome, unos minutos después, frente a la puerta del hostal. Me acompañó hasta dentro y saludó afablemente a Diego.

—¡Atiende bien a la señorita, que está un poco cansada…!

—Llega a tiempo Sandra, se está sirviendo la cena…— dijo Diego mirándome fijamente.

De pronto recordé que casi no había comido nada en todo el día, y pensé que aquello habría podido influir bastante en mi pérdida de consciencia. Tomé una sopa de cocido, aunque hacía calor mi estómago me agradeció la idea, y una tortilla francesa. El yogur me reavivó por completo y después me dirigí hacia la habitación, no sin antes, pasar por el bar y despedirme de Antonio que había aprovechado para charlar con su amigo mientras tomaban una cerveza… con caracolillos.

Sandra soñó aquella noche…

«…Estaba muy cansada. Le dolía todo el cuerpo además de tener las piernas y los brazos entumecidos al no poder moverlos por las ataduras. Solo llevaba el camisón encima del cuerpo, tal y como aquellos canallas la habían sacado del lecho de su querido Antonio. Este sacó la navaja cuando divisó a los dos embozados dentro de la habitación. Lucharon, pero uno de ellos consiguió sujetarle los brazos a la espalda  y el otro  le rebanó el cuello con una enorme faca. Sandra miraba desesperada como su marido se desangraba en el suelo de tierra. La niña lloraba desconsoladamente en la cuna de madera, y cuando se dirigió hacia ella para cogerla en brazos, la agarraron del pelo y  arrastraron su cuerpo por el suelo hasta la calle. La alzaron sin miramientos a lomos de una burra y le ataron las piernas alrededor del vientre del animal, le llevaron los brazos hacia atrás y amarraron sus  manos con un cordel emprendiendo el camino hacia no sabía dónde… Gritó, lloró, rogó, pero no se conmovieron… El llanto desesperado de su hija fue quedando atrás mientras se alejaban de la casa…»

Sandra se removía inquieta en el sueño… veía la escena como si ella no fuese ya la protagonista sino otra persona.

«…la mujer permanecía de pie en el centro de la habitación. El hombre, mayor que ella, le gritaba improperios sujetando el cinto de cuero por uno de los extremos dejando la hebilla colgando por el otro. Lanzó un golpe contra el cuerpo de la joven y la correa se clavó en la carne quedando enrollada alrededor de su cintura y haciendo que girase como una peonza cuando el hombre tiró de ella para dar un nuevo golpe.

—¡Maldita seas…! Has deshonrado el nombre de la familia huyendo con ese desgraciado… Te mataré como he hecho con él…

Siguió azotando a la joven,  una y otra vez,  mientras su cuerpo giraba sobre sí mismo sin apenas moverse del sitio en que se encontraba, hasta que se derrumbó sobre las baldosas de piedra. Ni un grito, ni un lamento escapó de su garganta… Tenía el camisón rasgado y bajo los pies desnudos se había formado un charco de sangre… Gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas pero su padre y agresor no consiguió que pidiese perdón por lo que había hecho ni escuchó salir de su boca una sola palabra…

La madre se acercó al marido sujetando el brazo que tenía en alto para seguir descargando su furia sobre el cuerpo caído…

—¡Ya basta…! ¡La vas a matar…! ¡Es nuestra hija…!

Dos mujeres se arrodillaron y se llevaron a la joven a una habitación. Le quitaron el camisón y ante ellas aparecieron las horribles heridas que la hebilla del cinto había producido en su cuerpo… Murmuraban palabras de consuelo mientras lavaban y curaban las lesiones producidas por la terrible paliza, le quedarían profundas cicatrices. La joven abrió los ojos y miró a su madre con  mudo reproche…»

La pesadilla hacía que Sandra dijese palabras ininteligibles… Otra vez se sintió en el sueño…

«…se encontraba en una habitación desconocida para ella. Estaba tumbada sobre un catre y sentía el cuerpo terriblemente dolorido. Con un enorme esfuerzo se sentó y bajó los pies al suelo para caminar pero no pudo hacerlo. Sus ojos se pasearon por la estancia y se detuvieron en el lavabo de madera con la jofaina de porcelana y un jarro del mismo material; en la bacinilla también de porcelana que se encontraba a su lado; en la mesita; en el  taburete y en la percha clavada a la pared.  Era todo el mobiliario que allí se encontraba. Desde una claraboya en el techo se filtraba un rayo de luna iluminando la habitación junto con la llama titilante del candil de aceite que se encontraba sobre la  mesita. Se imaginó que estaría en el desván, aunque no recordaba aquel cuarto en la casa de su padre. Fue hacia la puerta e intentó abrirla. Un gruñido le llegó a través de ella y tuvo consciencia de que se encontraba encerrada y que uno de los enormes mastines de la casa custodiaba la salida.

¿Cumpliría su amenaza de encerrarla de por vida…? Eso era lo que le había dicho, cuando le informó de que quería casarse con Antonio. ¡Su querido Antonio… y su niña…! ¿Qué sería de su niña….? Unos gruesos lagrimones resbalaron por sus  mejillas y agarró la manilla de la puerta con desesperación intentando abrir. Gritó que la dejasen salir… que tenía que ir a por su hija… que se moriría sin sus cuidados… Nadie contestó a sus llamadas de auxilio… Había escapado con Antonio en la esperanza de que su padre jamás la encontraría. Se amaban locamente desde niños, desde siempre y no podían vivir uno sin el otro. ¡Qué importaba que él fuese el hijo de un criado de la casa y ella la hija del dueño…! Dos años… solo dos años había durado su felicidad…

—¡Maldito seas… maldito… has dejado que le maten como a un perro….! ¡Y mi niña… tu nieta… también morirá…! ¡Maldito… maldito… seas…!

Se derrumbó tras la puerta golpeando con los puños cerrados hasta que no le quedaron más fuerzas para gritar… Todo siguió en silencio, solo el perro lanzó un prolongado aullido como si solamente él comprendiese su dolor y aceptase el cautiverio al que también le habían sometido dejándole al cuidado de aquella estancia…»

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LA CASA DEL CERRO ENCANTADO  4  por Nicole Regez

LA CASA DEL CERRO ENCANTADO 4 por Nicole Regez

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En aquel momento, una de las dos mujeres abrió los ojos y creo que también se asustó, porque me miró como si hubiese visto un fantasma…

— ¿Quién… quién es usted..?

Al momento, todas las miradas se volvieron hacia mí. Los niños curiosamente mientras el que me había visto se esforzaba en explicar a los demás que él me había descubierto antes y los mayores, sorprendidos, por encontrar a una forastera frente a su casa escuchando una conversación sin haber saludado siquiera. Enseguida solucioné el problema, no fuesen a pensar que era una mal educada.

—¡Buenas noches!— dije avanzando hasta quedar bajo la luz de la farola adosada a una esquina de la calle. Me llamo Sandra y busco a la señora Justina. Me han indicado que vive aquí.

Los ojos de los presentes pasaron de mí hacia la mujer que estaba sentada en la mecedora y que había dejado de contar su historia. Era una anciana vestida de negro de pies a cabeza. Sus manos arrugadas y frágiles descansaban sobre el regazo desgranando entre sus dedos, huesudos y deformados por la artritis, un rosario de cuentas marrones. La cara, de piel fina y arrugada, mostraba abundantes manchas signos inequívocos de su avanzada edad. Solo los ojos tenían un brillo especial como si fuesen los de una mujer muy joven, tan vivos y expresivos se mostraban. Su profundidad me hicieron sentir desnuda frente a ella, no de cuerpo, sino de alma, lo que hizo que  me sobresaltara y tuve la impresión de que me conocía, aunque eso era imposible…

—¿Y… para qué quiere ver a mi madre…? — dijo  la mujer interrumpiendo mis pensamientos y mirándome extrañada.

— Pues… — en ese momento me pareció escuchar algo en mi cabeza, una voz. Me pasé la mano por el pelo para despejar esa idea y vi que la anciana seguía con los ojos clavados en mí. — Me llamo Sandra y me gusta saber de las leyendas y sucesos extraños que suceden en los pueblos. Soy escritora ¿sabe..?   Me dijeron que aquí  en Resur, había una casa en la que aparecían duendes, se escuchaban ruidos por las noches, se veían fantasmas…

Y que buscase a la señora Justina que ella sabía de eso…

— Sí, es verdad. Mi madre siempre nos ha contado cuentos de cosas que pasaban en la casa cuando vivía allí, ahora se los cuenta a mis hijos pero… no creo que… En fin, no sé si tienen alguna importancia. La gente mayor del pueblo también habla de cosas extrañas que se veían en el cerro al que está adosada… pero yo nunca he visto nada raro… ¿No tendrá intención de comprarla ¿verdad? porque…

—¡No, por Dios!—  me apresuré a decir. Solo me interesa descubrir el misterio… si es que hay alguno— apostillé. ¿Cree que su madre querrá a hablar conmigo..?

— Seguro que sí— dijo ella—Pero será mejor que vuelva mañana, ahora ya es un poco tarde. Y también, si quiere, podrá ver la casa por dentro. Le diré a mi hijo mayor que la acompañe.

— ¡Claro! — contesté. Yo también volveré al hostal, solo quería saber dónde estaba su casa. ¿A qué hora le parece bien que venga mañana..?

— Cuando quiera, nos levantamos temprano. Ya me encargaré yo de despertar a mi Pepe para que la acompañe. Si quiere verla por fuera, está aquí al lado… Solo tiene que seguir la callejuela que está a su espalda y enseguida llegará. No está muy iluminada, pero con esta farola y la de la otra esquina no tendrá problema. Además es la única casa que hay a mano derecha y la reconocerá fácilmente por la valla y la plazuela. Baje después por esta misma calle a la plaza o siga avanzando un poco más y coja la paralela que también va a dar al mismo sitio.

Agradecí su amabilidad y me despedí hasta el día siguiente con un efusivo «buenas noches».

— Con Dios— contestó Petra.

— Buenas noches— dijeron a coro los críos.

—¡Vaya usted con Dios!— contestaron al unísono la otra mujer y el hombre.

Seguí las indicaciones que me había dado y enseguida me topé con la valla que limitaba la plazuela y la fachada de la casa se mostró ante mí envuelta en sombras fantasmales ya que las luces de las farolas estaban ubicadas hacia las calles que bajaban quedando el callejón en penumbra.  Era un edificio grande y destartalado, sin la elegancia de la casa señorial que yo había imaginado, aunque sí me produjo cierta desazón contemplarla en la oscuridad ominosa de la noche. El lugar me provocó una sensación de «deja vú» como si no fuese la primera vez que lo veía… La angustia invadió mi estómago y sentí que me desvanecía…

«Era noche cerrada. Por la cuesta que iba hasta las cuevas, dos hombres embozados arrastraban tras de sí una reata de mulas con los serones cargados a rebosar. En la que cerraba la marcha una mujer, con las manos atadas a la espalda y los pies sujetos con un ronzal por debajo de la panza del animal, se balanceaba hacia atrás y adelante al ritmo de las pisadas de la bestia. El vestido hecho jirones, apenas le cubría el cuerpo y su pelo, enmarañado, se agitaba a la brisa suave que bajaba del cerro.

— Ya falta poco — dijo el hombre que sujetaba la mula soltando una risotada y mirando a la mujer. ¡Ahora sí que vas a saber lo que es bueno..! Nadie escapa del…»

—¡Señorita Sandra… Señorita Sandra… ¿se encuentra bien..?

Sandra abrió los ojos. Unas voces resonaban en su cabeza. La llamaban con preocupación pero no las conocía. ¿Dónde se encontraba..?

 

Continuará…

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LA CASA DEL CERRO ENCANTADO  3

LA CASA DEL CERRO ENCANTADO 3

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Miré el reloj. Habían pasado casi dos horas desde que puse los pies en el local. Mi interlocutor seguía hablando dándome toda clase de detalles de la casa del cerro. Era muy misterioso y estaba convencido de que allí pasaban cosas muy, pero que muy extrañas según contaba la señora Justina. Todo lo que me había contado me interesaba mucho, pero ahora lo que más  necesitaba era darme un baño o una ducha y descansar un rato.

 

— ¿Entonces señor…?

— Diego … ¡Llameme Diego!

— Entonces… Diego ¿Tiene alguna habitación para mí…?

— ¡Claro que sí señorita…!

— Sandra, me llamo Sandra González.

— Si tiene la amabilidad de seguirme. Aquí no tenemos grandes lujos, pero es un sitio tranquilo.

— Voy a por el equipaje — dije al mismo tiempo que me levantaba de la silla.

— ¿Quiere que le acompañe….?

— No se preocupe….

 

Nada más abrir la puerta, me envolvió una vaharada de calor axfisiante. Con paso rápido fuí hasta el coche y abrí el maletero. Recogí la bolsa donde había metido algo de ropa, unos zapatos y el chubasquero, que allí no necesitaría pero que siempre llevaba conmigo. También cogí el  maletín con los útiles de baño y cerré el coche. Volví al hostal agradeciendo el aire acondicionado en mi cara como una bendición que aliviaba el calor que existía fuera. Diego cogió mi maleta dirigiéndose hacia la escalera al mismo tiempo que me indicaba que le siguiese.

 

Subimos al primer piso, no parecía que hubiese otro, y me acomodó en una habitación, lejos del ruido del bar, dijo.  Cuando se marchaba me avisó de que si necesitaba algo, solo tenía que asomarme por la barandilla de la escalera y llamarle. Un servicio de habitaciones, por lo menos original, pensé. Le di las gracias y cerré la puerta. El cuarto era sencillo, y luminoso con un gran ventanal cubierto por una cortina de láminas cerrada para evitar el sol.   Me quité los zapatos y  la ropa y fui hacia el cuarto de baño. No había bañera pero sí una ducha amplia. Abrí el grifo de agua fría y estuve un buen rato disfrutando de la refrescante sensación  del líquido sobre mi cuerpo. Después, envuelta en la toalla y sin secarme el pelo me tumbé sobre la cama pensando en todo lo que  me había contado el dueño del hostal, sobre la casa del cerro encantado. Esa misma tarde iría a visitar a la señora Justina, pero cuando se pudiese andar por las calles sin correr peligro de achicharrarse.

 

Me despertó el sonido machacón de una música discotequera. Al principio mi desorientación fue total, luego tomé conciencia de dónde me encontraba y puse las  manos sobre mis orejas.  ¡Si aquella habitación era la más silenciosa…. cómo sería la que tenía más ruidos! Me levanté y fui hacia la ventana para abrirla de par en par El circulo dorado del sol se ocultaba por el horizonte iluminando el cielo con ráfagas ocres y naranjas. El rojo sangre  se confundía con el añil del cielo entreverado de verdes y morados. El espectáculo era increíblemente hermoso; una maravillosa puesta de sol sobre la tierra seca preñada de los olivos. Alguien había regado el pequeño jardín a los pies de la ventana y la humedad refrescaba las plantas agobiadas por el calor. Un aroma a jazmines y dompedros se expandió por la habitación e inundó  mis fosas nasales y refrescando el ambiente. Me duché de nuevo, me maquillé ligeramente y elegí un vestido con sandalias bajas. Bajé al bar con la intención de tomar un refresco y me encontré que estaba lleno a rebosar. Tras el mostrador, dos chicos jóvenes servían tapas y bebidas sin dar a basto. Diego andaba entre las mesas con una bandeja recogiendo vasos vacíos y dejando los llenos pero, en cuanto me vio, se acercó a mi.

 

— ¿Descansó bien, señorita Sandra..?

— Si, muy bien — contesté yo. — ¿Cuánta gente hay, celebran algo…?

 

Él me miró divertido

 

— No, señorita. Es un día normal. ¿Quiere tomar algo…?

— Sí — una cocacola bien fría. Mi intención era visitar hoy a la  a la señora Justina, pero  me quedé dormida. Ahora es un poco tarde ya…

— ¡No se preocupe por la hora…! Aquí se vive prácticamente de noche. Seguro que la encuentra a la puerta de su casa tomando el fresco y contando sus historias.

— ¿Usted cree que….? Bueno, de todas formas, no se donde vive y tendría que buscar la calle

— Yo le indico, no tiene pérdida. Usted pase al otro lado de la carretera que está frente al hostal y siga toda la calle recta hasta llegar a la plaza; allí pregunte a cualquiera por la casa de la señá Justina y cualquiera se lo dirá.

— Muchas gracias — le dije.

— Vaya a la terraza y ocupe una de las mesas, estará más fresquita que aquí dentro. Ahora le llevo la coca-cola.

— Sin tapa — le dije.

 

Encendí un cigarrillo y salí afuera esquivando a la gente que entraba y salía. La terraza, al igual que el bar, estaba completamente llena con mesas cubiertas por un mantel a cuadros, donde pequeños y mayores tomaban sus bebidas y comían aquellos bichitos del campo que cogían de las tacitas. Debían de estar realmente buenos los caracolillos, pues los mantenían entre el índice y el pulgar sorbiendo con fruición el caldillo amarillento con sabor a hierbabuena. Busqué una mesa libre y la encontré en una esquina junto a un gran macetón de geranios. Algunos levantaban la vista cuando pasaba cerca de ellos, reconociendo en mí una forastera, y saludaban ligeramente con el caracolillo en la mano; los niños también miraban con curiosidad. Diego apareció por la puerta y le hice una señal con la mano, pero él ya me había visto. Dejó la coca-cola en la mesa y un platito de cacahuetes; por lo visto, la tapa era obligatoria. Miré hacia el otro lado de la carretera y vi la calle que me había dicho antes. Tomé la bebida y piqué un par de frutos secos.

 

Dejé el importe de la consumición en la mesa y crucé la carretera tomando la calle que Diego me había indicado. Al principio estaba un poco solitaria y oscura; sentí algo de aprensión, pero conforme iba adentrándome en el pueblo, vi grupos de gente sentada a las puertas de las casas charlando; chiquillos que corrían y jugaban al escondite y algunas parejas que se desviaban hacia el paseo que había dejado a mi derecha bordeado de grandes moreras.

 

El pueblo rebosaba vida a aquella hora de la noche. Sentí las miradas de la gente sobre mí; las de los mayores con prudencia, las de los chiquillos, descaradas. Algunos me saludaban amablemente

 

— Buenas noches — decía yo.

— Con dios — unos.

— Buenas noches — otros.

 

Y así llegué a la plaza del pueblo. Allí un par de bares tenía montadas sus terrazas llenas de gente a rebosar con sus bebidas y tapas correspondientes. La música salía por las puertas abiertas y más parecía noche de verbena que un martes de julio sin ninguna festividad, que yo conociese. Me acerqué a un corrillo de mujeres sentadas en  la puerta de una de las casas de la calle.

 

— Buenas noches — saludé — ¿Me podrían indicar dónde queda la casa de la señora Justina…?

Después de saludarme cada cual con un «buenas noches» o «con dios» me preguntaron casi al unísono…

 

— ¿La casa de la Justina…?

— Vea usted señorita….

— No tiene pérdida….

— Está aquí mismo…

 

Todas querían hablar al mismo tiempo. Al fin una de ellas que parecía llevar la voz cantante dijo:

 

— ¡Callarse toas, que se va a liar…!

 

Y al momento reinó el silencio.

 

— Verá usted señorita, la casa de la Justina está subiendo esta calle para arriba, esta misma calle…

 

— Si, si, la calle para arriba… — repetía alguna sin poderlo evitar

 

— Cuando llegue a la primera bocacalle a la izquierda, enfrente está  la casa, a la derecha. Seguro que encuentra a la Justina tomando el fresco en la puerta con su hija y los nietos.

 

— Hoy ha hecho mucho calor, señorita….

— Estará tomando el fresco…

— ¿Es usted pariente….?

 

Volvieron a la carga las mujeres.

 

— Gracias — dije subiendo ya por la calle. — Buenas noches

 

— ¡Cállate Pepa, no seas curiosa…! Buenas noches señorita. No tiene pérdida.

 

Siguieron dándome indicaciones y despedidas con el marcado acento del sur que también había observado en el hostelero mientras yo ascendía la empinada calle que, en un tiempo no muy lejano, debió estar empedrada pues, a tramos, se veían escalones de cantos rodados delante de algunas casas ajadas por el tiempo y con pintas de estar deshabitadas.

 

La cuesta era empinada aunque desde abajo no lo había notado tanto. Parecía una calle casi deshabitada pues solo, hacia la mitad  de ella, encontré un par de ancianos recostados en sus mecedoras, dormitando. Éstas se apoyaban, en precario equilibrio, sobre el escalón cubierto de cemento frente a la puerta de la casa y al pasar junto a ellos di las buenas noches, pero no se enteraron. Por fin llegué a la bocacalle, aunque antes ya había divisado la casa que se asentaba,  justo, en una pequeña plazuela que cortaba la inclinación de la cuesta y que tenía la anchura de la  calle con la que se cruzaba. A la puerta, se encontraba de espaldas una mecedora que parecía solitaria, aunque alrededor de ella había unos cuantos niños que miraban fijamente hacia ella. Un par de sillas estaban ocupadas por dos mujeres jóvenes y otra, por un hombre que apoyaba los pies en el escalón de la puerta mientras fumaba una pipa. Conforme me acercaba escuché un murmullo que salía justamente desde  la mecedora, y que se hizo más audible cuando llegué casi a su altura. Ésta se movía ligeramente y los chiquillos estaban embelesados escuchando algo muy interesante, al parecer. Las dos mujeres dormitando, con los ojos cerrados, tenían la cabeza sobre el pecho y el hombre no podía verme pues estaba de espaldas a la calle. Nadie se fijó en mí salvo uno de los niños que me vio y quiso llamar la atención de los demás, pero le hice un gesto de silencio con la mano. La voz llegó a mí con claridad….

 

«……. los gnomos eran muy pequeños, de color azul y llevaban unos gorritos con forma de barco de papel rojos, del mismo color que las blusas que eran muy anchas les tapaban la barriga. Los pantalones verdes muy ajustados, como las medias de las mujeres y unos zapatos negros y puntiagudos. Eran cinco y uno de ellos tenía una barba blanca,como si fuese el mayor. Comenzaron a bailar delante de mí y a hacerme burlas y cabriolas que les divertían mucho pues se reían a carcajadas, aunque a mi me parecían sonidos espeluznantes. Yo había subido al huerto porque mi tía me pidió una lechuga para la cena, y cuando fui a cogerla, sentí que alguien me tocaba en el hombro. Pensé que era uno de mis primos pues les gustaba asustarme y se escondían para oírme gritar. Pero no. Aquella mano diminuta y azul no era de ningún primo mío. No grité, me quedé patidifusa cuando ví a aquellos hombrecillos azules que me miraban con sus ojillos rojos y sus cuerpos brillantes. Seguían bailando y me invitaban a bailar con ellos mientras me hacían muecas y se reían poniéndome la carne de gallina. Se alejaban y volvían otra vez a por mí… no sé por qué querían llevarme con ellos. Al principio no fui capaz ni de moverme, pero luego salí corriendo, disparada hacia la escalera, saltando los peldaños de dos en dos y de tres en tres, a pique de haberme matado, pues era muy empinada y peligrosa. Cuando llegué a la cocina con la cara blanca, sin poder hablar del susto y sin respiración, mi madrina me preguntó, primero, que dónde estaba la lechuga y luego  qué me pasaba  …..»

 

En aquel momento una de las mujeres dormidas abrió los ojos y creo que también se asustó, pues me miró como si hubiese visto un fantasma…

 

— ¿Quién… quién es usted…?

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LA CASA DEL CERRO ENCANTADO 2

LA CASA DEL CERRO ENCANTADO 2

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El local estaba en penumbra, ya que las persianas bajadas no dejaban pasar el sol; seguro era una forma de estar más fresquitos,como se dice por allí. La barra alargada ocupaba casi todo el área frente a la puerta. Un hombre de mediana edad dormitaba sentado a una de las mesas, mientras la televisión ofrecía una película de vaqueros. Otro más o menos de la misma edad  se levantó rápidamente, debía haberse despertado al sonar el colgante de la puerta. Llevaba un delantal alrededor de la cintura y me miraba con ojos medio cerrados, como dudando de que, a la hora de la siesta, alguien saliese a la calle y  entrase a su bar para consumir algo.

Ante la mirada inquisidora que le dirigí se dirigió, perezosamente, hacia el mostrador arrastrando los pies contra el suelo.

_ ¿Desea tomar algo, señorita?_ dijo con voz pastosa por el sueño.

_ Cerveza con gaseosa por favor. Sabía que, con aquel calor era lo único que me calmaría la sed.

Miré hacia el techo buscando la rejilla del aire acondicionado y me senté a la mesa que se encontraba bajo ella, aspirando profundamente el humo del cigarrillo que había encendido. Todavía estaba permitido fumar en los bares.

El hombre trajo la cerveza y una tacita llena de caracoles bañados en un líquido verde-amarillento con olor a hierbabuena

_ No quiero caracoles _ le dije.
_ Es la tapa para la cerveza. Pero si no los quiere puedo ponerle cacahuetes o patatas fritas _ dijo algo más despierto.
_ ¿Tiene algo más consistente para comer? Le miré directamente a los ojos y vi en ellos un atisbo de desconfianza.
_ Mire usté, la cocina ya está cerrada. Puedo prepararle un bocadillo de jamón, queso, atún, chorizo…

Desde el desayuno no había probado bocado, solo unas chocolatinas que siempre llevo en el bolso para una emergencia. El estómago me pedía algo más sabroso que lo que me estaba ofreciendo, pero, ante la perspectiva bocateril en seco del menú, opte por un bocadillo de jamón con pan casero untado de tomate con aceite de oliva virgen. Así dijo que lo prepararía.

No tenía mala pinta el condumio y me dispuse a hincarle el diente aunque no sabía si mis finísimos molares podrían con aquella loncha de jamón cortada a mano y casi de un dedo de grosor. Ahora supe porqué me había colocado una pequeña navajilla junto al plato que en principio miré con desconcierto. Después de un par de mordiscos complicados, acabé utilizando la herramienta para dar cortes sobre el pan al trozo de jamón y pedí otra cerveza.

El hombre se sentó de nuevo, mirando por turnos a la televisión y a mi. ¿Esperaba verme desistir de mi empeño en acabarlo todo? No lo sé, pero aquello estaba bueno y comí hasta la última miga, rebañando el aceite con tomate que se había resbalado hacia el plato. Cuando acabé, ya estaba otra vez allí.

_ ¿Desea algo más, señorita…?
_ ¿Puedo tomar un café? _ pregunté yo a mi vez.
_ ¡Marchando…! _ dijo como si alguien más que él estuviese tras la barra. _ Solo, con leche, manchado…
_ Solo con hielo. Y encendí otro cigarrillo.

Cuando me trajo el café le pregunté si tenía habitaciones libres. Me contestó que sí y como si esa simple pregunta hubiese dado pie a que iniciara una conversación conmigo me aseteó a preguntas.
¿Que de dónde venía? ¿Que si iba a estar mucho tiempo? ¿Que si tenía algún pariente en el pueblo y venía de vacaciones…? La curiosidad de este hombre es insaciable, me dije, y su confianza para hacer tantas preguntas sin conocerme de nada me dio la oportunidad de recabar información sobre el misterio que me había llevado hasta allí sin ningún esfuerzo por mi parte.

_¿Que ha venido a conocer la casa del cerro encantado? _ dijo sorprendido. Pues sí señorita, esa casa encierra muchos misterios, muchos… _ y quedó un momento pensativo, como si recordase algo. Hace tiempo que está deshabitada ¿sabe…? Creo… sí, desde que murió la abuela más o menos
Yo escuchaba con atención tomando sorbos del café y asentía interesada. Mientras seguía hablando acercó una silla y se sentó frente a mi como si fuese una amiga de toda la vida…

_ Me parece que, uno de los hijos vivió durante algunos años en un anexo que añadieron a la casa antigua cuando se casó, pero después él se construyó una y se mudó. Era un buen albañil ¿sabe usté?
_ ¿Y qué pasó con la casa…? Apagué el cigarro en el cenicero que me había traído y le miré animándole a seguir
_ Era una familia muy amplia, siete hermanos y una prima que era como otra hermana más, además del padre y la madre. El padre murió unos años después de la guerra, por el hambre, ya sabe. Además, parece que estuvo en la cárcel y allí enfermó… es lo que se cuenta, ¿sabe usté…?

Yo escuchaba asintiendo de vez en cuando…

_ Todos emigraron, unos pa Barcelona, otros a Madrid… La prima y uno de los hijos se quedaron en el pueblo.
_ ¿Y alguien se ocupa de la casa…?
_ Desde hace un par de años falleció el Pepe, nadie se ocupa de ella. He escucha que Justina, va alguna vez, o iba alguna vez para ver que no hubiese ningún problema, la puerta rota o alguna ventana rota, pa que no entrasen los chiquillos o algún gitano… La casa está en las afueras, en la otra punta del pueblo justo al pie del cerro encantado, cerca de las cuevas…

Interrumpí su perorata cuando escuché la palabra “cueva”.

_¿Las cuevas? _ dije _ ¿Y vive gente allí…?

_ No. Ahora ya no vive nadie porque el ayuntamiento construyó casas para las familias que las ocupaban y las cerraron. Creo que a algunas les pusieron rejas para impedir que fuesen ocupadas y algunas las derribaron. Las que quedan se pueden visitar pidiendo permiso al ayuntamiento.

_ O sea que todavía están habitables…

_ No se… pero no dejan que nadie las ocupe y les han puesto rejas para protegerlas…

_ Sigamos con la casa _ dije yo _ ¿Cree que estará bien para visitarla…?

_ Pues no le podría decir… Está al pie del cerro y de hecho dicen que se comunica con las cuevas por la parte del huerto. Otros cuentan que además tiene pasadizos secretos que atraviesan por completo la loma dando salida a la sierra ya que el primer propietario fue un bandido famoso de Sierra Nevada y los construyó para escapar de la justicia.

_ Parece muy interesante… _ dije encendiendo de nuevo un cigarro.

El hombre me miró y por un momento pensé que le disgustaba verme fumar. Le animé a seguir.

_ Corren muchas historias… Hay quien dice que no fue un bandido, sino un moro que se refugió en las cuevas con su familia y que, pasados los años, fue añadiendo estancias hacia afuera hasta llegar a construir la casa.

Yo seguía cada vez más intrigada. Mi amigo no me había dado tantos detalles. Solo me dijo una de las casas del pueblo sucedían cosas extrañas que asustaban a la gente. Y me habló de una mujer que vivió en ella. Por un momento perdí el hilo de la historia…

_ La casa de ahora no es la original _ el hombre seguía hablando _ Se ha renovado varias veces desde entonces según el inquilino que la ha ocupado desde que el moro la familia del moro la vendió para marchar a su tierra. La fachada y la plazoleta empedrada que hay frente a ella, junto a la baranda de cemento y la escalera para subir desde la calle la construyó la familia de los últimos dueños, a mediados del siglo XIX.

_ ¿Del siglo XIX…? Muy antigua ¿no?

_ Si, es la más antigua del pueblo. ¡Lástima que esté tan mal cuidada…!

Me quedé pensativa un momento. Este hombre debía ser el cronista del pueblo, o se inventa la historia para los posibles turistas que caigan por aquí. Todo aquello era un misterio mayor de lo que yo pensaba encontrar, pero a mi me gustan los misterios y por eso estaba allí. Investigaría y descubriría lo que era real y lo que solo eran historias para atraer a la gente al pueblo.

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La casa del cerro encantado 1,  por Nicole Regez

La casa del cerro encantado 1, por Nicole Regez

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La hora bruja es un espacio en el que voy a publicar todos esos cuentos y relatos que surgen en momentos especiales donde, en contacto con las Musas, mis manos vuelan por las teclas como si tuviesen vida propia. Ellas me asaltan a cualquier hora del día o la noche, sin importarles donde esté o qué haga, en ese momento y crean ideas que se incrustan en mi cabeza hasta que, irremediablemente, las vuelco sobre un papel. Si os gustan las historias de fantasmas y brujas, de hombres lobo y vampiros, de hadas y gnomos, de realidades que parecen fantasías y de fantasías que se tornan realidad, de travesuras infantiles y de niños traviesos, de adultos que se comportan como chiquillos y de bebés que dan miedo por su sabiduría de abuelos, de extraterrestres, viajes en el tiempo, ensoñaciones y pesadillas. Aquí os iré dejando todo lo que surja de mi imaginación y algunas experiencias ficticias que pueden no serlo, si suceden en esa hora bruja que antecede al amanecer, cuando los muertos vivientes buscan sus tumbas y las sombras se ocultan perezosamente dando paso a la luz del día, en que las cosas recuperan su forma y la naturaleza se despereza a la Vida.

LA CASA DEL CERRO ENCANTADO

El termómetro de mi coche marcaba treinta y ocho grados en el exterior. Aspiré profundamente el frescor del aire acondicionado dentro de mi vehículo aprovechando el poco tiempo confortable que me quedaba para llegar al pueblo. Solo a mí se me ocurría ir en pleno agosto a Rasur, un pueblecito del interior de Andalucía, para descifrar el misterio de una casa donde me habían comentado, sucedían “cosas raras”. Según mi informante, era la construcción en pie más antigua del pueblo sin contar con la torre de los moros que, rodeada de casas que la ahogaban, alzaba orgullosa su minarete compitiendo con la torre de la iglesia. Aquella estaba ubicada en lo que los habitantes denominaban “El cerro encantado” y había pertenecido durante bastante tiempo a una sola familia. En origen, debió ser la vivienda de algún pequeño noble, al que se cedió el pueblo entero por defender los intereses de la corona, pero mi informante no estaba seguro de eso. Miré mi navegador y la línea roja marcaba imperturbable una recta infinita. La voz metálica anunció en ese momento:

-Faltan quince kilómetros hasta Rasur, en la próxima rotonda, gire a la derecha.

Cuando llegué al cruce, seguí las indicaciones mecánicamente y dejé la carretera principal para internarme en el último tramo de mi viaje. Después de conducir cuatro horas por la autovía de Andalucía, estaba agotada y necesitaba estirar las piernas. Hacía ya bastante tiempo que circulaba entre una gran extensión de olivos a ambos lados de la vía. Llegué a la rotonda e hice el giro a la derecha, obedeciendo la insistente voz de la chica y la línea roja que había dejado de ser recta por un momento, para continuar después en igual posición. La cercanía de los olivos se acentuó cuando tomé la carretera secundaria y me pareció que la temperatura era menos extrema. Solo era una sensación ficticia por la sombra que los árboles, alternativamente a los rayos de sol, vertían sobre ella. A la entrada del pueblo, un letrero daba la bienvenida al visitante a cincuenta metros, más o menos, de un hostal pintado de blanco. Ante la entrada, un entramado metálico estaba cubierto totalmente por una parra de la que pendían pequeños racimos de uvas verdes sin madurar.
-Parece un buen lugar para descansar y comer algo – pensé.
Me dirigí al aparcamiento y una polvareda roja se levantó tras de mí. Aparqué bajo la techumbre de cañas donde se encontraban un par de coches más y paré el motor. Me dispuse a salir al tórrido ambiente que me esperaba fuera, confiando en que el local tuviese aire acondicionado. El polvo se posaba lentamente sobre el suelo que reverberaba por el sol y avancé rápido hasta alcanzar la sombra protectora del emparrado. Alguien había tenido la buena idea de regar el cemento y el fresco aroma a tierra mojada inundó mi nariz. En bastantes momentos de mi estancia en Rasur, echaría en falta este bendito olor a suelo mojado que en la mayoría de los casos solo se respiraba en las primeras horas de la mañana y en las últimas del atardecer. Las mujeres acostumbraban a regar la parte de la calle que correspondía a sus viviendas para asentar el polvo al barrer por la mañana. Después, ya avanzada la tarde y casi anochecido, se regaba de nuevo el suelo abrasado por la canícula. Esto refrescaba el ambiente y cada quien sacaba su silla ante la puerta de su casa para conversar con sus vecinos y familiares y descansar de las tareas del día. Los chiquillos jugaban al escondite o a pillar y de vez en cuando se sentaban con las piernas cruzadas o en el escalón de la puerta, a escuchar las historias del pueblo o algún cuento de fantasmas y aparecidos que se repetían de generación en generación. Eran las mismas historias que, en invierno o en el día de difuntos, se contaban alrededor del brasero o el fuego bajo, comiendo castañas asadas, torreznos o migas.

Pero me estoy adelantando. Todo esto lo conoceré más tarde, después de visitar la casa del cerro encantado y entablar relación con la persona que me contaría algunas de las experiencias más angustiosas vividas en ella.

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