Sin ti/Contigo

Sin ti/Contigo

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Antes acostumbraba a escribir de la luna, sola y grande brillando la noche entera, de su valentía sabiendo que el amanecer al acercare apagaría su luz.
Antes escribía de la lluvia que fuerte se dejaba caer sobre la tierra y quiera o no siempre terminaba mojada, a menos que tuviera un refugio. Yo siempre terminaba empapada.
Antes escribía de desiertos extendidos a mí alrededor. Tierra árida y seca, tierra estéril donde la planta no germina y el agua no existe.
Antes escribía de inmensa selva llena de vegetación escondiendo en sus entrañas monstruos que nadie jamás se ha atrevido a descubrir.
Antes era fácil escribir de la estrella fugaces, esas que solo nos regalan un instante de su brillo, esas que no se quedan mucho, que te permiten verla solo para que sepas que existe y que nunca la tendrás pues, como todo lo fugas, solo dura un instante de la vida.
Antes podía pasar horas escribiendo de las piedras de los ríos, esas que ven el agua correr por años y años, esas que se conforman nada más con estar ahí, viendo la vida pasar.
Antes era normal escribir del miedo, de ese miedo espantoso que paraliza, ese donde no sabes que es mejor, si correr o quedarte. Miedo que no deja pensar. Miedo que enferma.
Antes podía escribir de tristeza, dolor y agonía; de abandono y rechazo.
Antes…
Antes que llegaras tú.
Ahora solo puedo escribir de la luna que nos iluminaba aquella noche mientras caminábamos por aquel parque, esa que fue testigo de nuestro primer beso.
Ahora solo puedo escribir de la lluvia. Esa que nos empapó aquel día. Esa donde compartimos el típico beso de adolescente. Esa donde aprendí que, aun en medio del aguacero, no todas las gotas de lluvia mojan igual.
Ahora escribo del desierto, ese que ahora me regala un oasis donde puedo refrescarme y donde deseo quedarme a vivir.
Ahora solo escribo de la inmensa selva inexplorada que nos toca descubrir juntos, esa que alberga en sus entrañas elfos y ninfas, gnomos y un millón de criaturas maravillosas e increíbles que están ahí, solo para nosotros dos.
Ahora solo puedo escribir de las estrellas fugaces, porque siempre pensé que eran pasajeras y resulta que la pasajera era yo, que solo tuve que detenerme un momento para ver tu luz. Cielo lleno de estrellas donde hemos dibujado nuestros sueños juntos.
Puedo pasar horas escribiendo de las piedras de los ríos, esas que pasan la eternidad viendo la creación de Dios, esas que no guarda nada, que ven la vida correr felices de que todo sea tan cristalino a su alrededor.
Ahora es normal escribir del miedo, miedo a perderte, a perderme. Es todo tan desconocido que siento nervios de que solo sea un sueño.
Ahora puedo escribir de alegrías, de amor, de vida. Escribo de aceptación y cariño.
Ahora…
Desde que llegaste tú.

Hasta ayer se llamó, me llamé Federico

Hasta ayer se llamó, me llamé Federico

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Hasta ayer se llamo me llame Federico

A los pies de Granada muere un chiquillo mas poeta que hombre,

piedra y martillo,

más hombre que poeta, como un chiquillo.

Granada se desluce sin su sonrisa,

la luz de su horizonte huele a jazmines,

y su alma pasea por los jardines.

Con libertad de Rey, bolsillo bien repleto y la mente de un ángel con las alas abiertas para volar bien alto al patio de Machuca o por la Acequia,

acariciando apenas los de Cipreses,

se va por la Sultana, duerme la siesta por esos Cármenes donde vuelan sus sueños entre Loja y el parque de Majuelo,

Carmen de las Angustias, San Agustín,

donde mejor se haya en esos patios suyos como el de Falla,

como la Catedral,

como la Alhambra.

Sus manos como orquídeas llevan resueltas sus palabras de amor y sus retratos,

águilas imperiales ,

mariposas sus versos se le encaraman

entre las rosas que dibujan aromas

sobre su tierra.

¡Ay ¡ quien pudiera poder tus versos últimos besarlos en la boca y recitar con ellos hasta la muerte misma.

Muerte , envidia y muerte, por la ley de los hombres, por egoísmos que nos hacen pagar sin que se sepan los porqués ni los donde,

ni las retretas donde hay que acabarse bajo la tierra.

Hasta ayer se llamó, me llamé Federico

hoy el polvo me cubre como la luz del día, polvo me llaman escondido en la tierra con el hoyo en que vivo bajo la grama.

Ya no mueven las hojas los vientos ni las lluvias, ni el brillo de mi triste crespón de calavera luce ni lucirá jamás en superficie,

me escondieron en grupo para borrar la espera de amanecer un día al lado de los Dioses.

Mas los Dioses leyeron sin que yo lo supiera La casa de Bernarda, la Zapatera, esas Bodas de sangre,

mi Mariana Pineda.

Entre tanto me pudro con mi cuerpo en el monte,

quien sabe Dios por cuanto,

quien sabe Dios por donde.

Huele a ciprés mi alma y me suenan a veces canciones de Granada,

mi Andalucía llora,

está toda apenada

¡Federico se fue en una madrugada

quien sabe hacia donde!

está toda apenada mi Andalucía y mi Granada.

Mas si queréis verme, no me esperéis jamás, no volveré al alba,

abrid de madrugada sin que nadie lo sepa la palabra que escondo detrás de la Barraca.

(Chema Muñoz) ©

Photo by Greenwich Photography

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Decisiones decisivas

Decisiones decisivas

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Camino entre los escombros de lo que fue la fábrica textil sintiendo una mezcla de derrota y desespero, rabia y tristeza. Siento como ruedan las lágrimas por mis mejillas y me las seco con el puño de la cazadora con un gesto rápido y lleno de ira. No ha servido de nada, tanto tiempo invertido, tanto trabajo, tanto esfuerzo y que el viejo reaccione así. Me dan ganas de pegarle un puñetazo. Si me oyera mi padre me lo daba él a mi pero es que… ¡No lo entiendo! Es su historia, fue su vida. ¿Porqué se muestra ahora tan hermético? Si no habla se acabó, si no me lo explica no tengo nada. Maldigo el momento en que me enredé en esta historia.
Todo empezó cuando mi abuelo estaba a punto de cumplir los noventa años. La familia decidimos prepararle una fiesta por todo lo alto, porque a él le encanta celebrarlo todo y siempre se ha encargado él de que todos nosotros tengamos la perfecta fiesta de cumpleaños, o de graduación o de lo que sea. Ahora le tocaba a él. Cada uno le haría su parte y entre todos conseguiríamos hacerle el abuelo más feliz del universo.
Yo me comprometí a hacerle un vídeo con fotografías y grabaciones de toda su vida. Imágenes de su pueblo natal, de su juventud, de su madurez en la colonia textil, de su jubilación en la portería de Barcelona… Quería grabar a sus amigos de la infancia, a sus compañeros de la fábrica y a todos nosotros explicando anécdotas sobre mi abuelo. A todos les pareció una gran idea y enseguida me puse manos a la obra.
Me acabo de licenciar en periodismo y me lo tomé con un reto personal, como mi primer documental de investigación. Y como todavía no tengo un trabajo fijo me volqué en el vídeo de mi abuelo.
Me fui unos días a su pueblo, donde aun conserva una finca y le gusta pasar los veranos. Me parecía raro estar allí sin él y sin mis tíos y primos… siempre somos un montón y a mi abuelo le encanta protestar diciendo que él se va allí a descansar y estar solo y no lo dejamos ni respirar. Pero en el fondo está encantado de tenernos alrededor metiendo ruido. Le vemos protestar enfurruñado y al darse la vuelta dibujarse una sonrisa. Así es mi abuelo. Volví del pueblo con un montón de material. Todos quisieron participar en el “documental”. Mi abuelo es muy querido, así que me sentía satisfecho.
El siguiente paso era contactar con los compañeros de la textil. Él llegó allí muy joven, y allí formó su familia. Vivieron en la colonia y trabajaron todos en la fábrica durante veinte años, hasta que mi abuelo consiguió el trabajo en la portería y los sacó de allí. Seguro que encontraba testimonios interesantes entre sus colegas de trabajo, conociendo al viejo tuvo que hacer grandes cosas allí.
Inicié mis pesquisas en la biblioteca municipal. Me informé sobre la colonia, sobre su historia y sus anécdotas. Vi decenas de fotografías en las que, como no, salía mi abuelo prácticamente en todas. Realmente era impresionante aquello. La colonia fue más que un fenómeno económico. Allí se desarrollaba una intensa vida social, cultural y religiosa impulsada por sus propietarios. En los primeros años había cocina comunitaria, tiendas y economatos. Del pequeño botiquín de los inicios se pasa a un dispensario con médico. La escuela se funda desde la puesta en funcionamiento de la fábrica. Incluso se hacían clases nocturnas para hombres. Se hacían conciertos y obras de teatro e incluso construyeron una buena biblioteca. Los hombres iban al café y al casino y las mujeres sacaban sillas a las calles y plazas y debatían sobre lo divino y lo humano. Estudiando todo aquello me pregunto si eran las colonias un fenómeno de explotación del trabajador, donde se daban prácticas de tipo feudal o representaban un avance importante en la concentración de la fuerza del capital y del trabajo en la búsqueda del paraíso social. No lo sé. Decidí centrarme por el momento en la historia de mi abuelo, así que tras el trabajo histórico me dispuse a buscar los testimonios concretos.
Logré encontrar a unos pocos compañeros de mis abuelos de aquel entonces. Costó, por su avanzada edad y en ocasiones por sus condiciones físicas, pero conseguí unas buenas tomas sobre lo que fue sus vidas allí. Mi abuelo iba a alucinar. Cuando viera el vídeo se emocionaría seguro. Me sentía pletórico. Hasta que descubrí una constante en todos los testimonios: mi abuelo se marchó de allí con nocturnidad y secretismo. De la noche a la mañana desapareció con su familia y nadie supo nunca nada más de ellos. Eso me pareció tremendamente extraño, sobretodo teniendo en cuenta el carácter afable y amistoso de mi viejo. Decidí preguntar a mi padre y a mis tíos, al fin y al cabo ellos nacieron y vivieron su infancia allí. Seguro que podían darme una explicación lógica.
Nada. El más puro hermetismo por parte de los tres. Mi tía incluso pareció marearse cuando le saqué el tema. Ninguno quiso hablarme de aquello. Advertí que se trataba de un tema tabú en mi familia y eso para mi, periodista de vocación, no fue más que un incentivo para seguir investigando. Pero no conseguí nada. Nadie sabía nada y los que sabían negaban saberlo. Discutí con mi padre hasta llegar a los gritos. Y no conseguí nada. Así que decidí preguntarle directamente a mi abuelo, pese a que me arriesgaba a que se enterara de que le estaba preparando algo para su cumpleaños. Yo necesitaba saber… Pero él reaccionó con un estruendoso enfado. Por supuesto intentó al principio sacárseme de encima con evasivas estúpidas, pero al ver que yo no me rendía, que realmente quería saber porqué siendo felices en la colonia decidió marcharse en plena noche, con sus hijos pequeños y su esposa delicada de salud, y sin despedirse de nadie… No le saqué más que un enorme grito que decía que un hombre debe tomar decisiones drásticas en ocasiones. Y que el pasado debe quedarse en el pasado. Se acabó, gritó.
Y aquí estoy ahora, solo, enfurecido y dolido con toda mi familia, entre los restos de lo que fue aquella colonia textil, entre los restos que guardan tantos secretos…
– ¿No vas a parar verdad?- La voz de mi abuelo me sobresaltó. Pensaba que estaba solo. Allí estaba el viejo, con su bastón y su rostro tan tenso que me pareció de frio mármol..
– Abuelo… yo… no puedo. Necesito saber. Tu historia es también la mía. Por favor.
– Está bien. Pero lo que te voy a decir tiene consecuencias más allá de una simple biografía familiar. Lo que te voy a contar cambiará tu vida para siempre.
– Lo asumo. Por favor, explícamelo. Sácatelo de encima de una vez.
– Está bien. Te lo contaré. Tu lo has querido. Todo empezó una noche de primavera. Era la hora de cenar, pero tu padre y tus tíos no habían vuelto a casa. Se retrasaban y tu abuela estaba preocupada, así que fui a dar una vuelta por la colonia a ver si los encontraba. Parecía que se los había tragado la tierra, pero yo estaba seguro de que no andaban muy lejos. Así que seguí buscándoles, incluso en las tierras de Ernesto Folch, el propietario de la textil. Me metí por la puerta de atrás de su garaje, que estaba entreabierta. Tuve un mal presentimiento, pero se trataba de mis hijos, así que proseguí. Efectivamente, a unos siete pasos de la puerta encontré sus peonzas. Mis hijos nunca se irían por su propia voluntad sin sus peonzas. Sentí una fuerte punzada en el estómago, pero avancé por el oscuro garaje hasta topar con una trampilla abierta en el suelo. Se entreveía luz al fondo, y me pareció oír voces, así que bajé por la escalerilla de metal que había en uno de los laterales del túnel. Si salíamos vivos de esta les iba a dar una buena reprimenda. Lo que encontré al llegar abajo sobrepasaba con creces todas las opciones que yo hubiese podido imaginar jamás. Había una sala diáfana llena de mesas repletas de obras de arte que estaban siendo camufladas por dos obreros de la fábrica tras los tapices que confeccionábamos en la textil. Había tres hombres más, uno de ellos Guzmán Martín Campos, el encargado de la camisería, y los otros dos… parecía increíble, pero eran dos agentes de las SS. ¡Nazis! Cuando pude recuperarme de la impresión hice un barrido visual buscando a mis hijos. Estaban en una esquina de la sala, atados y amordazados. Lloraban aterrorizados. Quise avanzar hacia ellos, pero los dos militares se abalanzaron sobre mi. Me golpearon y me ataron las manos. Lo siguiente que recuerdo es despertarme en una habitación sin ventilación, completamente a oscuras. Al recordar todo lo acontecido me incorporé como pude e intenté resarcirme de las cuerdas de mis manos mientras gritaba los nombres de mis hijos. Solo había silencio. Maldita sea, estaba desesperado, sólo pensaba en ellos y en María, que quedaba sola si algo nos ocurría. Así que, en uno de los intentos de encontrar algo con lo que deshacerme de las cuerdas, di un paso al frente y choqué con algo enorme y metálico. Cuando pude incorporarme busqué uno de los extremos de aquel extraño mueble. Pensé que al ser de metal podría cortar las cuerdas. A tientas palpé su contorno y, sin saber cómo, lo puse en funcionamiento. Aquello inició una especie de engranaje electrónico que hacía un ruido espantoso. Yo… sentí que me iba explotar la cabeza por el ruido hasta que volví a desmayarme. Cuando desperté estaba en el patio trasero de mi casa, en la colonia textil. Por la ventana podía ver a María preparando la cena, y a lo lejos podía oír a tu padre y tus tíos tirar la peonza en la plaza. No podía comprender nada, pero sin duda aquella situación me aportaba mayor tranquilidad que la anterior. Me puse en pie, y, sin apenas dar crédito a lo que veían mis ojos, advertí que me encontraba en el interior de un enorme boquete en el suelo de mi propio patio, y a mi lado había un enorme armatoste metálico en forma de campana. Entonces recordé cuanto había pasado y comprendí que, de alguna manera que no alcanzaba a entender, había retrocedido en el tiempo hasta la jornada anterior a toda aquella locura. Sólo se me ocurrió que lo que había hecho posible semejante majadería era aquella cosa enorme con la esvástica grabada en el casco. El destino, Dios, el Universo… quien quieras que fuera lo había puesto en mi camino. Tenía en mi poder una máquina del tiempo propiedad de los nazis. ¿Entiendes lo que digo Dídac? ¡Si los nazis tuvieran una máquina que les permitiera viajar por el tiempo ganarían la segunda guerra mundial! Yo había leído en los periódicos que Hitler se había suicidado rindiéndose a la evidencia de su fracaso. Las tropas perdían posiciones en Europa, los rusos estaban en las puertas de Berlín y  Mussolini asesinado.  Goebbels había tomado el mando, pero había fracasado en su intento de llegar a un acuerdo con la URSS, así que también se suicidó.  Yo había leído en la prensa que los nazis se habían rendido ante los americanos. Habían perdido la guerra. Pero si se hacían con ese artefacto y podían moverse libremente por el tiempo… La historia cambiaría para siempre. Así que lo único que se me ocurrió fue salir de aquel enorme agujero y cubrir la campana gigante con la misma tierra que había levantado al caer. Después esparcí por encima estiércol y simientes que tenía preparadas para aquella primavera, entré en casa y ordené a María que preparara lo que pudiera para irnos de allí inmediatamente para no volver. Marchamos hacia Barcelona cogiendo el último tren y nos alejamos  de aquella pesadilla. Al llegar a la ciudad mi hermana nos acogió temporalmente y nos proporcionó el contacto de la portería donde hemos trabajado hasta la jubilación. El resto ya lo sabes.
– Abuelo… yo… ¿Estas diciendo que conoces el paradero de la campana nazi? Y no solo eso, que tu mismo viajaste en el tiempo y la tienes escondida desde hace cincuenta años?
– Eso he dicho, sí. – Mi abuelo se irguió como nunca lo había visto antes. Estaba tieso como una estatua de bronce.
– Pero abuelo, se trata de un avance gigantesco para el conocimiento tecnológico de la humanidad… ¡Hemos de desenterrarla!
– ¡Ni hablar! ¿Estás loco? ¿Sabes qué podría pasar si cayera en malas manos? El mundo que conoces podría desaparecer.
– Pero en las manos correctas podríamos evitar las grandes atrocidades de la Humanidad. Abuelo, podríamos evitarnos el mismísimo Holocausto.
– Eres un inconsciente. No sabes lo que dices. ¿No te das cuenta? La raza humana ha cometido las mayores atrocidades sin disponer de tecnología de estas características. ¿No te das cuenta de lo que podría suceder teniéndola? La información es poder, tu lo sabes mejor que nadie. Moverse en el tiempo sería el fin del mundo conocido.
– Pero abuelo…
– ¡ Se acabó la discusión! Mientras yo viva todo quedará como está. La campana nazi seguirá enterrada donde está. Cuando muera quedará en tu conciencia la decisión de anunciar al mundo su existencia o preservarla. Tu decidirás. Pero no mientras yo viva.
– ¡Abuelo!- El viejo se desplomó justo al acabar de pronunciar su última palabra.- ¡Abuelo! ¡Por favor, abuelo, no me dejes, por favor!- No respiraba. Mi abuelo ya no estaba vivo, y por mi culpa. Yo le había llevado al límite de sus fuerzas.- ¡Abuelo por favor no me dejes!- Yo suplicaba aun sabiendo que ya era inútil…
Tres meses después debía celebrarse la fiesta de noventa cumpleaños de mi abuelo y… Así fue. Lo celebramos por todo lo alto. Cada uno de nosotros presentó sus regalos. Álbumes de fotos, esculturas, joyas, ropa, dulces, plantas… y mi video. Conseguí lo que buscaba, el viejo estaba emocionado desde el principio hasta el final. Para mi cada segundo a su lado eran, ahora más que nunca, un maravilloso regalo. Abrazarle, mirarle y hablarle eran lo único en lo que pensaba desde hacía tres meses. Y en aquella fiesta cuya preparación cambió mi vida para siempre, yo miraba sus expresiones en cada fotograma, también en la parte donde filmé las ruinas de su antigua casa en la colonia textil. Incluidas las del «jardín» del patio posterior. Él no reaccionó… aparentemente. A saber qué se le pasó entonces por la cabeza. Da igual, poco o nada me importa.
Los dos compartimos desde aquel día un gran secreto, sin saber él que lo compartimos. Él recuerda cómo enterró la campana nazi, hacía muchos años, creyendo que lo haría para siempre. Yo recuerdo cómo la enterré yo, hacía tres meses.

Anegada en ti

Anegada en ti

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Entre los molinos de viento del recuerdo, ha quedado un trozo de hielo entumecido que sueña.
Sus manos trazan arpegios en las nubes amarradas a tus ojos de cielo. Tiene la piel arrugada por los instantes azules y constantes de las aguas compartidas.
Otra vez quiere mojarse. Sólo anhela ahogarse en el mar de aquel pecho profundo. Acariciar de nuevo tus cabellos con las algas de sus dedos que crujen estremecidos.
Y un tinte frío en sus uñas comienza a aparecer.
Se traga más agua de tus labios quebrados en mil ríos blancos.
La risa muerta de la nieve arrastra su soledad hacia los brazos del glaciar…
Y ella vuelve, polilla de lluvia, a gotear su anhelo de abrazarlo.
Pero, todo es un sueño cóncavo, resbaladizo; caracola profunda donde a lo lejos brillan dos pies… cual guía de flores hermanadas en cruz.

Oda al polvo

Oda al polvo

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Polvo que te cuelas en cada rincón
de mi hogar,
polvo de calle, polvoriento,
polvo volátil que te enamoras de
cualquier superficie.
Testarudo polvo, que siempre vuelves.
Aun hoy me río de mi misma,
persiguiéndote con una bayeta,
guerrera con plumero en mano,
luchando con el más sutil de mis
enemigos.
Ahora aprendida la lección,
que es mejor dejarte campar a tus anchas,
y dedicar mi tiempo a crear poemas,
que me llenan de satisfacción.
Polvo mágico, polvo eterno, casi dorado
por mi imaginación.

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El Robin Hood coreano (I)

El Robin Hood coreano (I)

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La justicia social ha sido en la historia de Corea tan escasa como en la del resto del Mundo. La riqueza de muy pocos, ya se sabe, se asienta sobre sólidas bases y medra voraz e inmisericorde a costa de la miseria y la muerte de la inmensa mayoría. Pero este estado rara vez es combatido con éxito. Son excepcionales las personas que se ven lo suficientemente fuertes o capaces para hacer frente y vencer a esta criminalidad institucionalizada. Pero siempre hay espíritus audaces que consagran su vida y extraordinarias actitudes a robar a los ricos para socorrer a los pobres: Espartaco en Roma, Robin Hood en Inglaterra, Dulcino de Novara en Italia o en España el bandolero Diego Corriente o, más recientemente, Lucio Urtubia, albañil anarquista capaz de estafar al Citibank 20 millones de dólares en los años 70, y Enric Duran, activista catalán que en 2008 anunció que había “expropiado” medio millón de euros a diferentes bancos para luchar contra el “depredador sistema capitalista”.
En Corea también existió uno de esos personajes. Se llamó Hong Kil Dong. Como en el caso de Robin Hood, su figura cabalga entre la leyenda (que le atribuye capacidades sobrehumanas) y ciertos documentos y vestigios arqueológicos que apuntan a que fue un personaje real que vivió entre mitad del siglo XV y principios del XVI. Y, como suele suceder, su toma de conciencia nació fruto de una injusticia personal.
Kil Dong nació en la provincia de Cholla del Sur, en el extremo meridional de Corea, hijo natural del señor Hong, un importante noble que llegó a ser ministro, y una humilde concubina. Las convenciones de la época equiparaban a un bastardo de baja extracción al mismo nivel que un siervo. Hasta el punto de que se les prohibía llamar padre a su progenitor, permitiéndoseles solo dirigirse a él como excelencia. Pero Kil Dong no estaba dispuesto a vivir la vida de esclavo a la que estaba destinado. Fuerte pero sobre todo extremadamente inteligente, encontró maestros que comprendieron su enorme potencial y le apoyaron para optar a unas oposiciones a funcionario que le hubieran abierto las puertas hacia una prometedora carrera. Pese a todo, sólo pudo realizar un simulacro de examen, pues su candidatura fue rechazada por defecto de forma.
Esta manifiesta injusticia le llenó de resentimiento hacia el poder que tan estúpidamente le negaba prosperar y le arrastró a la marginación. Amenazada su vida, huyó a la montaña, donde conoció a un monje que enseguida lo reconoció como un extraordinario discípulo. En un apartado rincón, lo adiestró tanto para dominar las armas y las artes marciales, como para templar y fortalecer su levantisco carácter. Seguramente, supo también encauzar su deseo personal de venganza hacia un sentimiento más amplio y generoso que podríamos muy bien llamar revolucionario. Con este pensamiento sólidamente arraigado en su mente decidió echarse a los caminos y no dejar impune ninguna injusticia con la que tropezase. Con esta nueva perspectiva, el daño infringido contra los poderosos sería mucho más efectivo que si persiguiese únicamente su venganza personal.

Photo by aljuarez

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