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Cualquier persona religiosa que lea este título puede imaginar a las monjas de clausura, en sus conventos, o a los Amish de antañas costumbres. Sin embargo no hablo en sentido religioso, sino que hablo de poder.

Un dato curioso: el 80% de la literatura digital que se distribuye en el mundo la hace Amazon. Evidentemente, esto da la oportunidad de llegar a todos los rincones del planeta desde cualquier ordenador y desde cualquier lugar. Pero, y es aquí donde está el problema, tu actividad transcurrirá bajo sus exclusivas reglas. En cierto modo, lo comprendo. Amazon es un negocio y ellos buscan ganar dinero. No representan a ninguna ONG.

En mi caso, puse mi primera obra, “Los ángeles errados”, gratuitamente en su página. No fue sencillo, me costó semanas de contactos y correos, pero, al final, lo conseguí. Ahora, Amazon, ha decidido volver a poner precio a esta novela. Es la primera de una saga, por lo que, para mí, es indispensable que se facilite la distribución.

Por suerte, con páginas como Desafíos Literarios, La Casa del Libro, Lulu e, incluso, poniendo un enlace en mi propio blog, consigo que sea accesible para todo el que quiera leerla. Así puedo librar mis pequeñas batallas contra un Dios tecnológico que actúa a su libre albedrío sin que nuestros problemas le supongan un ápice de sufrimiento. La guerra será más complicada, pero el tesón está de mi parte.