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Veréis, casi todo lo que escribo viene de “ideas felices”. Momentos en los que se te ocurre una escena genial y la introduces en tu obra. Como mucho, tienes que hilarlas y darle credibilidad. Eso me hace escribir con ilusión, a una velocidad en la que parece que devoro las páginas. Pero, por desgracia, no siempre es así.

Estoy en la tercera parte de la saga “Blood Wings”. Casi todo el libro estaba en mi cabeza, pero hay una parte hueca, un trozo sin ideas felices que es indispensable para la trama. Estoy en esa parte y puedo decir, sin temor a equivocarme, que es un coñazo. Me distraigo a cada momento, no me gusta lo que voy haciendo y me falta la chispa que me gusta darle a los personajes. Tardo diez veces más y secuestro la fluidez y emoción que tanto me ha costado en páginas anteriores.

Es ahora cuando recurro al tesón. A esa voz interior que me dice: “ya llegarán partes mejores”, y eso espero, porque si todas las obras fueran así, no volvería a ponerme delante de un teclado. Incluso, imagino, que no habrá un autor capaz de soportar esta metodología, porque le quita todo el encanto a este arte.

Entre inspiración y tesón, me quedo con el primero.

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