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Veréis, me encuentro en una curiosa encrucijada. Hace unos meses, decidí empezar a leer obras independientes y comentarlas en un blog. Era una forma de dar algo de publicidad a todos los que empiezan desde cero, al igual que yo.

Esta experiencia está siendo enriquecedora. Me estoy encontrando con obras de altísima calidad; con gente cuya capacidad de expresión supera, ampliamente, a la mía. Estoy aprendiendo, disfrutando y ayudando. Me pongo en contacto con esos autores independientes y, a menudo, me responden con gran entusiasmo.

Hasta aquí, todo bien. Sin embargo, acabo de encontrarme con algo que temía. Estoy leyendo un libro que, bajo mi criterio, aburre. Adolece de casi todos los fallos de los que huyo cuando escribo: exceso de narrativa, lentitud, divagaciones, historia aburrida, hojas y hojas sin avanzar nada… Un “tochaco” insufrible que continúo por amor propio y no porque disfrute con él.

Su autor, como puedo imaginar, se habrá llevado horas y horas dando forma a esa historia, sacando lo mejor de sí mismo para agradar a los lectores. Ahora llega el momento donde tengo que coger el blog y comentar ese libro. ¿Qué hago? Puedo obviarlo y, sencillamente, no comentarlo. Eso he pensado, pero sería injusto. No con él, ni conmigo ni, tan siquiera, con la gente que lee el blog; es injusto con todas aquellas obras que me gustaron y a las que alabé. ¿De qué sirve mi criterio si no soy capaz de decir que algo no me gusta?

Lo que voy a hacer, lo sé. Seré lo más suave posible, pero me duele tener que criticar el trabajo de un compañero que, al igual que yo, habrá dedicado su valioso tiempo en dar forma a un sueño. Se me vienen a la cabeza un símil con las relaciones adolescentes. Con 15 años lo damos todo por un beso. Nos exponemos sin importar que pasará después, recogiendo los pedazos rotos de nuestro corazón cuando se tuerce el camino. Por eso, me cuesta tanto dar este paso. Yo siempre fui el del corazón roto.