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Desde hace un tiempo, me he aficionado a la lectura de autores independientes que, al igual que yo, buscan la forma de introducirse en este complicado mundo. No solemos tener grandes obras ilustradas en los escaparates. La mayoría encontramos en la edición digital la mejor forma de difundir nuestros escritos sin gastar un dineral. Esto me ha llevado a un cambio en mi manera de leer.

Siempre he preferido el libro tradicional. La sensación de tocarlo e ir pasando las páginas, no se puede comparar con ninguna pantalla; sin embargo, mis nuevas costumbres me están llevando a hábitos diferentes. Puedo decir, sin vergüenza alguna, que las cinco últimas novelas que he leído, ha sido a través de la pantalla del móvil.

Quizás haya perdido la magia de tomarme un tiempo para leer. La idílica imagen de estar sentado bajo un árbol con un ejemplar de papel entre mis manos, se ha desvanecido. Pero, en cambio, dedico mucho más tiempo a esta lúdica y educativa actividad. Aprovecho el bus que me lleva al trabajo, las colas en el supermercado, el paseo con mis perros y un sinfín de impasses que, ahora, los brindo a una de mis tareas favoritas.

Todo esto me llevó a una curiosa reflexión. Hace poco estuve de viaje en Australia. Hay una tendencia en las grandes ciudades que a mí, un chico de pueblo, me resulta muy curiosa. Me refiero a tomar el café por la calle con una tapadera. Quizás sea una costumbre para muchos, pero es una muestra clara de lo pingüe que es nuestro tiempo. ¿Tan acelerada está nuestra vida que no podemos sentarnos diez minutos a despejarnos cada mañana?

Ahora, que leo novelas en mi móvil, formo parte de ese círculo inmenso que corre por la vida sin pensar si estoy aprovechando el tiempo. Aun así, me convenzo de que sólo amplio mis posibilidades. Que ahora puedo leer más y hacer más cosas. Es mi forma de llevar la tapadera del café por la calle.

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