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Durante mis primeros meses de escritor, me vanaglorié de una intensa actividad creativa. Las frases fluían y las ideas me desbordaban como una cascada. Estuve leyendo las experiencias de Miedo al folio en blanco que describían algunos autores. Lo achacaba a la falta de ingenio de “otros” que, probablemente, sean mucho mejores que yo.

Mi situación fue diferente hace unos meses. Si bien las ideas siguen en mi cabeza, el fluir de las palabras se detuvo como si el lápiz se aburriera de escribir. Lo que creé en ese tiempo fue tedioso. No fui capaz de darle personalidad a los protagonistas y mi capacidad de síntesis se esfumó.

El Miedo al folio en blanco no ha aparecido, pero las ganas de destruir decenas de horas de trabajo emergía constantemente. ¿A qué se debía? Pues lo tengo muy claro.

  1. Más horas de trabajo.
  2. Planificar una boda y una obra.
  3. Intentar promocionar los libros anteriores.
  4. Y, sobre todo, dejé de leer.

La pasión por las letras es un doble sentido. La falta de horas, minutos y segundos, me arrebató la afición que tanto amaba. Ahora, consciente de las deficiencias que me inundan, he vuelto a hacer lo que tanto me gustaba. Busco autores independientes que, como yo, agradecerán que algunos ojos se posen en su obra.

Para todos los amantes de la escritura, ánimo para la lectura.

 

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