Cuando el “Mercedes” negro se detuvo delante del hotel del pueblo se armó un gran revuelo de curiosidad a lo largo de toda la calle. En la peluquería las mujeres se asomaron a la puerta del establecimiento, algunas de ellas con los rulos en el pelo, para ver quien llegaba con un coche, considerado lujoso, en una aldea que solo conocía los tractores, las furgonetas y el viejo Seat del alcalde. De todas las tiendas salían los curiosos, sin reservas, descaradamente, para interesarse por la recién llegada. Esta, una mujer elegantemente vestida, bajó del coche y se perdió tras la puerta del hotel. Fuera, todos esperaban pacientemente que el recepcionista saliera y les contara quién era aquella dama. No tardó en hacerlo; justo cuando la mujer se subió al ascensor el muchacho salió temblando y con el semejante descompuesto.

“¡Es ella!” dijo, intentando no alzar mucho la voz ¿Ella?”, corearon todos, “no es posible, dijeron que había muerto en la cárcel.

Al señor Henry, lo encontró muerto en el jardín, su cuidadora. Era esta una muchacha de treinta años, sin familia, que se había presentado en la mansión cuando Henry puso un anuncio de que necesita una mujer para cuidar de la casa y de sus propias necesidades.

Henry no era muy mayor, aunque su barba parecía decir lo contrario. Vivía en la ciudad, pero el repentino fallecimiento de su esposa lo llevó al retiro de la mansión que tenía en la aldea, lugar en donde siempre pasó las vacaciones de niño, con su familia.

Cristina,  así se llamaba la muchacha que había leído el anuncio le gustó enseguida. Quizás porque sus ojos profundos eran azules como los de su malograda esposa. La muchacha no destacara en belleza, pero era amable, sensible, alegre y sabía cantar. Desde el jardín de su casa, Henry la escuchaba: siempre cantaba mientras realizaba los trabajos caseros. La voz de la joven penetraba en su mente enturbiada por los recuerdos dolorosos de lo vivido y le relajaba de tal manera que a veces se había quedado dormido.

Pronto nació entre ellos un cariño especial. Un cariño limpio, interno, conmovedor, que no pasó desapercibido por quienes iban a ver al solitario y triste Henry. También el médico que lo visitaba habitualmente, el alcalde y el cura lo advirtieron y todos, sin excepción, ensuciaron mentalmente y con comentarios malévolos, “aquella relación”.

Un día Henry, llamó a Cristina y le preguntó si sabía que en el pueblo hablaban de ellos creyendo que eran amantes. Ella se ruborizó contestando que le daba igual, entonces él le aclaró lo que sentía. “Mira, le dijo,  siento un cariño muy hondo por ti, y me encantaría que lo que dicen pudiera ser verdad, que por fin pudiera rehacer mi vida, pero amo todavía a mi esposa y siento en mi corazón que la traicionaría, ¿ lo entiendes?, Claro que lo entiendo, dijo ella, pero podemos querernos igual.

Al poco tiempo, el hombre llamó a su notario y testó dejando la casa y una buena dote a Cristina; quería que, cuando él no estuviera, a ella no le faltara de nada, era una manera de agradecer los cuidados, el cariño y ese hondo sentimiento que ambos compartían.

Al cabo de dos meses se presentó en la mansión uno de los sobrinos de Henry. Él quedó gratamente sorprendido ya que nadie de la familia solía visitarle. Estuvo todo el día con él. Hablaron mucho de los recuerdos de cuando residía en la ciudad. De los carnavales que celebraban al estilo veneciano, con toda clase de lujos y derroches. El joven le contó también su último viaje con el yate que Henry había dejado en el puerto deportivo; le habló de las fiestas que celebraban y le animó para que se volviera a integrar en la vida de antes sobre todo en carnaval porqué sin él no era lo mismo. Pero Henry tenía una sola respuesta. Aquí soy feliz.

Después de comer, el joven se marcho, diciéndole que lo sentía mucho.
Aquella tarde, en el jardín, Henry se durmió pensando en las últimas palabras de su sobrino  sin adivinar  qué era lo que querían decir “Lo siento mucho”, y ya no despertó.
Henry murió por envenenamiento y todos culparon a Cristina. Era más qué evidente: ella era la única persona de la casa. Un juicio corto la llevó a la cárcel de por vida. En la aldea, hubo comentarios de todos los colores, pero al poco tiempo se olvidaron de todo ello. La casa quedó cerrada como antaño y la vida siguió como siempre.

La policía decidió reabrir el caso cuando la viuda del notario llegó al juzgado con la copia de una carta que había encontrado en uno de los cajones  de la mesa del despacho de su difunto marido. En ella avisaba al sobrino de Henry para que tuviera cuidado con la mujer que lo cuidaba pues la herencia podía peligrar. No le dijo claramente que ya había hecho  testamento, pero el comentario era sugerente.

En un minucioso registro de la casa, cosa que no habían hecho antes del juicio de Cristina, la policía no encontró ningún indicio de que ella pudiera haberle envenenado, en cambió encontró una carta fechada una semana más tarde de la misiva que había recibido  el joven sobrino de su notario. En ella el joven le decía a Henry que pensaba visitarle porque quería cerciorarse de que estaba bien y  que la mujer que le estaba cuidando no era una “cazafortunas”.

Cristina fue puesta en libertad, aceptó el testamento de su amado Henry, y volvió a la aldea para residir en la mansión y vivir como una señora, tal como él había deseado.

 

 

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