Molly era una mujer impredecible. A fuerza de luchar se había ganado el respeto de quienes la conocían. Era hermosa porque el cielo le había regalado unos brillantes ojos azules; el trigo maduro había pintado su cabellera, las amapolas se habían pegado a sus labios, y sus mejillas habían robado el tacto y el color de los pétalos de rosa.

Unas cualidades físicas peligrosas en un lugar donde la guerra se había adueñado de las vidas y de las muertes, un lugar sin presente ni futuro, un lugar donde el pasado era el único recuerdo que podía alimentar las almas, no ya los cuerpos, porque el pasado es un tiempo que ya no existe: un tiempo engullido por el presente.

Y en este presente la vida no valía nada, las personas eran menos que un número en una lista que cada día había que renovar. Y Molly era muy consciente de ello por eso había adquirido la astucia de los gatos, a quienes es muy difícil cogerlos desprevenidos. Un día, arranco de un mordisco la oreja de un hombre que se le había acercado demasiado.

Tenía tres hijos. El mayor era de su marido, asesinado en el comienzo de aquella trágica e interminable guerra. Y los días se volvieron grises, pintando de muerte las paredes blancas de la aldea. Ardieron los árboles y los prados que dieron color a sus cabellos. Sus ojos se ensombrecieron porque el cielo dejó de ser azul. Solo sus labios y sus mejillas  cantaban la belleza que la acompañaba, como el trovador que cuenta leyendas que ni él mismo sabe si alguna vez fueron reales.

Luego tuvo otros dos hijos. El primero era fruto de la unión con el hombre que la había ayudado a salvar su vida y la de su hijo mayor. Con el convivió tres meses, pero la guerra se lo llevó por delante. Con un niño pequeño y otro en camino, esquivando la muerte que se escondía en cada esquina, conoció al hombre con el que confiaba compartir su vida. Con él convivió dos años, esperando que una mañana saliera el sol y la aldea se iluminara con sus rayos dorados en lugar del resplandor de las hogueras resultado del bombardeo de aquella noche.

Molly era una mujer que amaba la vida, que lloraba ante el brote de una  nueva flor. Amó profundamente y fue amada, pero jamás fue una mujer débil: podía reaccionar como una fiera peligrosa porque tenía muy claras sus prioridades… Defender a sus hijos costara lo que costara. Sobrevivir a pesar de todo, porque sabía que un día, al amanecer, vería los rayos del sol golpeando en su ventana.

Y ese día llegó. Amaneció silencioso, sin el típico silbido de las bombas y el terrible trueno que provocaban al llegar a su objetivo. Pronto el silencio fue roto por el repicar de las campanas. De todas partes salían personas, muchas más de las que se esperaba  estuvieran con vida y otras que estaban escondidas y su familia daba por muertas. La vida se iba restableciendo poco a poco con el esfuerzo de los de siempre: los más pobres y sacrificados.

Molly, como todos, buscaba un trabajo para poder atender a sus hijos adecuadamente y más de uno se ofreció en cuidar de ellos. Pero ya no era preciso dejarse embaucar por el primero que le soplara en los oídos, ni por el segundo. Sin la amenaza de muerte que traía la guerra, podía superar cualquier cosa. Conquistar a Molly era como querer desayunar en la luna.

 

 

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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