Hacía años que nos habíamos unido (¿unir?  Es una forma de hablar). El caso es que pasábamos juntos los fines de semana, compartiendo y charlando de nuestras cosas; opinábamos de lo que pasaba por el mundo y teníamos la certeza de que a pesar de todo, nosotros estábamos cambiando, lo que nos hacía mejores personas.

No nos gustaba el rumbo que estaba tomando la humanidad, en qué se estaba convirtiendo una parte de ella, en los engaños de los poderosos, las guerras que soportaban los humildes, la crueldad y el dolor, la falta de respeto hacia la naturaleza… en fin, no hace falta estar muy despierto para ver el declive de unos y también la infinita humanidad de otros.

Entre nosotros las cosas marchaban “bien”. Organizábamos salidas a la naturaleza y poca cosa más, a parte de nuestros encuentros. Eso sí éramos buenas personas, atraíamos a la gente y todo el mundo consideraba que era una suerte tenernos como amigos.

Aquel domingo de otoño, estábamos sentados en el jardín con nuestros dimes y diretes cuando de pronto algo cambió. Se hizo el silencio total. Una sensación extraña nos envolvió. Un temor a…no sabíamos qué. Nos miramos, sin poder articular palabra. Luego observamos los alrededores. Todo estaba quieto, parecía el cuadro de un pintor. Los perros, que no habían dejado de ladrar en toda la tarde enmudecieron, y los molestos insectos que nos trajo el verano, habían desaparecido. Cesó el cacareo de las gallinas, el gallo también estaba  silencioso, y los gatos dormitaban como pétreas estatuas en el jardín. Dejó de soplar la brisa marina que había hecho posible aguantar un verano tórrido, casi  insoportable… incluso el aire que respirábamos parecía no existir.

La pequeña fuente que alimentaba la alberca dejo de manar y el cielo se volvió gris, totalmente liso; los árboles de nuestro alrededor nos observaban con interés, como espectadores mudos  y sin opinión de todo cuanto habíamos estado hablando.

Se nos encogió el corazón y todos nos pusimos a llorar. Nuestra mente se abrió y como si leyéramos en un libro  vimos claramente nuestra falsa unidad: lo que nos separaba unos de otros. Aquellas sensaciones que nos llegaban de los demás, y las nuestras propias, rasgándonos el alma y a las cuales no sabíamos ponerles nombre, aparecieron como “entes” delante de nuestros ojos. Ya no había nada que esconder y cada uno sintió la necesidad de destruir aquel “ente” celosamente guardado.

“Te envidié muchas veces, porque  tú tienes lo que yo siempre quise”

“Pensé que lo sabía todo y me sentía superior”

“Nunca reconocí tus cualidades, me molestaban”

Y así seguimos hasta que no quedó nada, nada que pudiera separarnos, ni una sola sensación, ni un solo sentimiento. Nos vimos limpios por dentro y por fuera y comprendimos el sentido de la unidad. Vimos también que no sabíamos nada, que nuestras estúpidas sensaciones nos habían convertido en seres ignorantes, engreídos, prepotentes e incapaces de ver más allá.

Todo había cambiado, ya nada era igual. Ya nunca más nada sería igual. Nadie podría esconder nada porque éramos transparentes ante los ojos de los demás.

Volvieron los pájaros, se acercaron los perros, bostezaron los gatos, cacarearon las gallinas, el galló lanzó su canto como si fuera un himno de victoria y la fuente volvió, con su alegre melodía, a llenar la alberca.

Pero no volvieron los insectos.

Ya no hubo más engaños, ni más guerras, ni más extorsiones, ni más corrupción. Nadie sabía dónde estaba todo esto, ni quien se lo habría llevado.

¡Ahora sí! Ahora estábamos preparados para construir en este mundo nuevo. Del que nos habían, hablado.

 

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