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El mar estaba en calma; llano, como un mosaico azul veteado de líneas blancas. No se veía nada más que su horizonte y el azul suave del cielo. Mi hermano preferido, de casi la misma edad que yo, estaba a mi lado; oteábamos el horizonte esperando que apareciera el navío de nuestro padre, quien había salido con sus guerreros para conquistar y someter a otros pueblos, regresando con joyas, perfumes y maravillosos regalos para todos nosotros. Siempre le esperábamos en el mismo lugar junto a una columna casi al borde del acantilado. Mi hermano y yo teníamos una afinidad poco común.

Vivíamos en una hermosa villa situada sobre los riscos cerca del mar en una isla muy grande y éramos muy afortunados. Nuestro padre era un dios, por lo tanto, con el tiempo nosotros también nos convertiríamos en dioses. Mi padre tenía muchas esposas, como todos los dioses, por esto algunos de mis hermanos coincidían en edad.

Mi madre era hermosa, rubia, con una gran cabellera, delicada como una muñeca. Creo que era la más hermosa de todas, por lo menos eso me parecía porque cuando mi padre llegaba era la primera en recibir los regalos.

En el patio había un estanque lleno de flores acuáticas traídas por mi padre de lejanos lugares. Los niños pasábamos la mayor parte del tiempo jugando y correteando detrás de las palomas, mientras nuestras madres, ataviadas con sus más vistosos vestidos y adornadas con las joyas que mi padre les había regalado, esperaban impacientes su retorno, temerosas de que algún día no volviera. Ellas no sabían que mi padre era un dios.

La última vez, al regresar, vi su poder y su fortaleza. Era un hombre muy grande casi como dos de sus soldados. Sus piernas y sus brazos eran como columnas y su voz, cuando reía se parecía al trueno. Yo era una de sus hijas predilectas, por eso estaba segura de que pertenecía a su estirpe y era una diosa.

Pero un día llegó malherido, todas sus esposas le cuidaron con tesón, pero ninguna de las hierbas, ni las pócimas de los más sabios consiguieron salvarle la vida. Aquel día, el día que murió fue el más doloroso de mi vida. No solo perdí a mi padre, sino que desperté de mi sueño y comprendí que yo, igual que él, era mortal.

Sin el respeto que, con su sola presencia infundía mi padre, todo cambió. Los soldados de cierto rango se repartieron las riquezas y las esposas llevándose a los niños como sirvientes. Mi hermano y yo fuimos acogidos por uno de nuestros tíos y sus esposas pasando a formar parte de otra familia.

Con los años mi hermano se casó y me llevó consigo y su única esposa al palacio que se había construido. Aquella vivienda no era ni mucho menos lo grande y hermosa como la que teníamos de pequeños, pero tenía un jardín con flores y surtidores y estaba rodeada de una gran muralla para protegernos de los malhechores. Yo no me casé, no tuve oportunidad de conocer a ningún hombre porque nunca salí de allí, nunca viajé. Pero tenía una hermosa labor: cuidar de mi sobrino, un niño cuyos rasgos me recordaban a mi madre.

Un día, un ladrón saltó la muralla. Pretendía raptar al niño y pedir un buen rescate. Yo se lo impedí abrazando al niño y gritando para que vinieran a ayudarme. Entonces el malhechor hundió su daga en mi costado y huyó.

Salvé al hijo de mi amado hermano y mientras atendían al pequeño yo me desangraba maldiciendo el hecho de que  mi padre no hubiera sido un dios para poder ser una diosa y salvarme yo también. Antes de morir recordé que no era la primera vez que fallecía, que muy pronto volvería a nacer, pero sentí mucha tristeza porqué lo haría en otro lugar, con otra familia y tal vez con otra raza, otro idioma y otra religión. Al final comprendí que si tenía el poder para volver a nacer quizás no era tan descabellada la idea de que tenía algún parentesco con los dioses.

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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