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El río fluía tranquilamente. Sus aguas claras mostraban la belleza de su interior: pequeños peces, musgos y rocas de todos los colores. Recostados en la orilla, una pareja disfrutaba de unos momentos plenos de amor. Hilay y Aila estaban juntos desde… no recordaban cuándo. Habían reencarnado en el planeta tierra muchas veces y siempre lo habían hecho juntos. Aun así, su evolución no seguía las mismas pautas y, aunque de momento no lo sabían, pronto tendrían que separarse.

Delante de sí se abría un mundo inmenso aún sin descubrir por sus jóvenes mentes. Un mundo en donde la libertad es patrimonio de todo ser. Habían compartido los mismos anhelos, tenían los mismos proyectos, y en sus mentes se dibujaban las mismas creaciones; podríamos decir que compartían los mismos sueños.

Estaban entusiasmados porque su nuevo proyecto era el de penetrar aún más en la profundidad de los mundos desconocidos de la creación. Tal vez, posiblemente, no se habían dado cuenta de que aún no estaban preparados. Sus mentes no eran lo suficientemente maduras para comprender que el enorme poder de aquellos insondables mundos conductores hacia el origen de la creación, era muy peligroso. Pero, en cierta medida era lógico; ellos se hallaban al principio de los mundos mentales donde la energía creadora era algo habitual: Soñar y crear nuevos proyectos; proyectos que se hacían realidad en la medida que cada ser podía asumirlos.

Las manos entrelazadas de la pareja, sus alegres rostros, sus risas y todo lo que sus seres emanaban, daban fe de su inmensa felicidad.

—Hilay, vamos a chapotear en el río —susurraba Aila con voz dulce y melodiosa mientras tiraba de la mano de su amado.

Los pequeños peces, las ranas, sapos y otros animalitos más pequeños y casi invisibles, ya estaban acostumbrados a los juegos de la pareja. Las piedras de colores, dentro del río, abrieron los ojos asustadas porque sabían que cuando la pareja jugaba dentro del agua, removían el fondo cambiándolas de lugar.

Aquel era un mundo en donde siempre había una potente luz. No existía el día y la noche, el invierno y el verano. Era… lo que ellos querían que fuera. Jugaban entusiasmados, como siempre, cuando llegó un mensajero. Llevaba un encargo para Hilay, en un sobre cerrado.

—Es importante que lo leas enseguida —apuntó el mensajero—, y que, con prontitud, hagas lo que creas que debes hacer.

El muchacho salió del río alargando la mano para recoger el sobre que le tendía el duendecillo. Acto seguido, se llevó la mano diestra al pecho, sobre su corazón, y luego a la frente en señal de saludo y le dio las gracias. El duende desapareció y Hilay se sentó distraídamente sobre la hierba mientras abría el sobre. Aila más rezagada lo miraba con curiosidad. ¿Qué podía ser?

Se trataba de una carta electrónica. En una pequeña pantalla del tamaño de una cuartilla de papel, había la imagen de un cielo estrellado. Los astros parpadeaban y una constelación surgía de las profundidades acercándose hasta alcanzar un primer plano.

—¿Qué es esto Hilay? ¿Qué quiere decir? —preguntó la muchacha con los ojos brillantes y la tez sofocada todavía por el juego.

—Si es lo que pienso, no te va a gustar —contestó él, con el ceño fruncido.

—Dime pues, habla, quiero saberlo. —Sus palabras reflejaban la inquietud que, de pronto, había nacido en su interior.

—Espera, deja que acabe la secuencia.

La constelación se detuvo en un primer plano parpadeando incesantemente mientras de su interior surgía un sistema solar y de este, un planeta. El planeta por todos conocido. El más hermoso, donde, por más incomprensible que fuera, era habitado por seres violentos que no se respetaban a sí mismos y como consecuencia, tampoco al planeta que los albergaba. La secuencia desapareció y en su lugar apareció una frase:

«Se precisan voluntarios. Confirmar decisión».

Hilay volvió a colocar la carta dentro del sobre y clavó sus ojos en los de su amada. Por un momento su tez se ensombreció, parecía haber perdido la alegría. De repente dejó de ser un niño para convertirse en un ser adulto.

—Amada mía, he de irme. He de viajar de nuevo.

—¿Viajar? ¿Dónde?

—Voy a volver al planeta tierra. Es mi oportunidad.

Aila se quedó muda, no sabía si era de sorpresa o de temor. Seguidamente se entristeció. No sabía qué decir. No comprendía lo que estaba pasando. ¿Cómo era posible? Vivían en aquel mundo tan plácidamente. Tenían total libertad, algo que jamás se habían atrevido a soñar. Su existencia era constructiva… ¿Cómo podía su amado pensar que marchar de nuevo al planeta era una oportunidad? ¿Para qué volver a aquel mundo en donde los seres eran prisioneros, ya no solamente de un cuerpo expuesto a las enfermedades, sino también a otros seres, otras ideas, otra escala de valores? El tiempo y las circunstancias caerían sobre él como una pesada losa. Pero la decisión del viaje no era cosa suya, debía tomarla Hilay, sin que ni ella ni nada le influyera, aunque implicara retrasar todos los proyectos que ambos tenían. También sabía que si él accedía iba a adquirir mayor firmeza y madurez; más aprendizaje para, en un futuro, poder viajar a otros mundos de mayor poder.

Se acabaron las risas, los juegos, las palabras… Se miraron profundamente y luego se abrazaron permaneciendo en un lazo casi indisoluble durante un espacio, sin tiempo. Los duendecillos del bosque, que percibían la tristeza de la pareja, volaban a su alrededor haciendo pequeñas payasadas para llamar su atención. Se colgaban de las ramas de los nogales, descendían en picado, imitaban el grito de otros animales del lugar, daban vueltas en torno a ellos y tiraban de las trenzas de Aila. El «rasca-nueces» el más travieso de todos, se arrimaba a la espalda de Hilay diciéndole en voz alta con su tono chillón:

—Qué bien se descansa arrimado a ti, mi querido amigo.

Las hadas de las flores cantaban las canciones preferidas por los amantes e intentaban distraerlos deshojando sus pétalos encima de ellos, en forma de lluvia. Los duendecillos más pequeños de la Gran Orden de los Vientos (aquellos que, de tan pequeños nos resultan invisibles a la mirada), soplaban y soplaban alrededor de la pareja para llamar su atención; pero ellos, envueltos en la energía de sus sentimientos, no los percibían. Les quedaba… ¡Tan poco tiempo para estar juntos! Querían llenarse el uno del otro, bañarse con la ternura de su amor, dibujar la imagen del ser adorado dentro de su corazón para no perder del todo la magnificencia de lo vivido.

La tristeza de los jóvenes también era captada por el agua del río que fluía impregnándose de su pesar y, siendo esta una sensación desconocida en aquel hermoso y placentero lugar, todos los animales que poblaban las aguas se asustaron convirtiendo la placidez en remolinos. Las ondinas, señoras de las aguas, viendo tal confusión, se apresuraron nadando hacia el mar para avisar a las sirenas de lo que estaba ocurriendo. Llegaron en tropel y todas querían hablar al mismo tiempo.

—¡Por favor!, de una en una, señoritas —dijo una hermosa sirena de largos cabellos rubios, tan luminosos que parecían hebras de oro, mientras se tapaba los oídos con sus delicadas manos blancas de delgados y suaves dedos. Las pequeñas ondinas intentaron hacer el esfuerzo para hablar ordenadamente, cosa harto difícil, y más aún en aquellas circunstancias.

—Hilay se va. Vuelve al planeta del desequilibrio…

—Aila está muy triste…

—Los dos están muy tristes —puntualizó la tercera ondina.

—Si siguen así las flores del bosque se secarán…

—Los pobladores del río se han asustado. Corren de acá para allá; van a hacerse daño.

—Y estropean el lecho del río…

—Tranquilizaos, niñas —contestó la sirena levantando la mano para pedir silencio.

—Ya sabéis que, de vez en cuando, los seres viajan hasta ese mundo que según parece no os atrae demasiado; pero tened en cuenta que, cuando regresan, son más sabios. No entiendo tanto alboroto por algo tan habitual.

—¡Es que están muy tristes! —exclamó la más pequeña de las ondinas.

—Bueno, vamos a ver… —las tranquilizó la sirena—. Podríamos subir todas juntas, río arriba, a su encuentro, a ver si los distraemos.

Continuará

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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