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Cuando llegué a lo más alto que fui capaz de llegar me sentí como una diosa.  Mis ojos de águila observaron el paisaje descubriéndome un mundo nuevo que jamás había visto. Los  enormes  macizos de piedras  solo conocían la nieve blanca, el cielo azul y  los lagos transparentes que  acogían las rocas que  se desprendían en el deshielo. Ningún árbol, ninguna planta era capaz de sobrevivir, pero el paisaje era sobrecogedor. Emanaba poder. Embrujaba.

Mi ilusión de chiquilla gritó. ¡Aquí estoy! Abrí los brazos y absorbí el suave viento que matizaba el paisaje con colores de verbena prestados por el sol. Dejé que me observaran y recorrieran todos los pliegues de mi piel.  Era mi momento. El momento único que no se vuelve a repetir.

No me conoces, le dije, esta es mi primera vez. Sentí un profundo amor que hinchaba mi corazón y supe que este amor me iba a acompañar toda la vida. Fue una sensación tan arrolladora que no quería descender al llano. Ahora comprendo, le dije a mi compañero, porqué a los montañeros no les importa dejar la vida en la cumbre, suben una y otra vez ebrios del poder que aquí arriba se experimenta.

Ahí eres uno con el pasaje, ahí el silencio y la soledad son tus grandes compañeros. Ahí te descubres, te amas, te sientes; aspiras la vida y sabes que eres eterno.

El cansancio había desaparecido pero había puesto color a mis mejillas y me sentía la mujer más hermosa del mundo. Aspiré una y otra vez aquella magia para llevarla siempre conmigo. Para sentirla viva cuando descendiera al llano, porque teníamos que descender. En los pirineos llueve todas las tardes y ya el cielo estaba cambiando su color azul por el gris. Observe a mi compañero y, sin hablar, con una sola mirada supimos que no quedaba tiempo. El poder es efímero, lo sientes, lo absorbes, te embruja, pero hay que volver a la realidad.

Todavía no divisábamos el nuevo refugio al que nos dirigíamos. Descendimos por un paso casi vertical, entre dos montañas hasta el nivel del lago. Allí el camino serpenteaba los caprichos de las aguas que entraban en los recovecos montañosos y volvían a salir. Comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia, apresuramos el paso. El cansancio nos volvio a morder, la mochila rasgaba nuestros hombros; el refugio era ahora una mancha blanca a lo lejos. ¡Qué deprisa se va la sensación de poder cuando vuelves a la realidad!  Pero la cordura activó  la voluntad y, caminamos con la mirada fija en aquel punto blanco que pronto se convirtió en el refugio al cual teníamos que llegar.

Aquel atardecer, cayó una tormenta que nos aisló del mundo. Estábamos envueltos en una espesa capa de nubes blancas y los móviles no tenían covertura. Pero el ambiente era perfecto. Se escuchaban distintos idiomes entre los montañeros,  y los que no nos entedíamos nos comunicábamos con sonrisas. Aparecieron los mapas sobre las mesas y cada grupo comentaba la ruta del día siguiente. Cenamos como reyes y dormimos como pastores sin obejas que nos regalaran sus balidos, pero compartimos toses y ronquidos hasta las cinco de la madrugada. Nos quedamos solos y nos permitimos tres horas más de descanso. Habíamos ascendido 1030 metros hasta el primer refugio, este era el segundo y nos faltaban cuatro etapas más para volver al punto de partida. Lo más naravilloso era que no sabíamos qué nos esperaba, cuantas montañas habría que ascender, ni dónde estaba el siguiente refugio.  Mapa en mano, lo íbamos descubriendo, como pasa con la vida, al caminar.

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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