En efecto. Necesitaría la ayuda de todos los Argonautas y la presencia física del mejor Jasón existente, para poder afrontar este Desafío Literario con ciertas garantías de éxito. Y en cambio, solo puedo contar con el teclado, la ilusión y la intuitiva armonización de letrillas, para alcanzar el moderno Vellocino De Oro, que no es ni más ni menos, que lograr que esta columna semanal le pueda gustar a usted, amigo lector.

Probemos con este pequeño cuento que seguramente no deje de ser una especie de imagen caleidoscópica de las novelas juveniles que pude devorar de chaval, quizás de una libre interpretación de Novelas de Caballería, acaso de una difusa acumulación de imágenes procedentes de los películas del Oeste que ilustraban las tardes de los sábados de los años 80.

“Cuenta la leyenda que allá, en los confines del horizonte, vivía una especie de ermitaño que gozaba de la fama de poseer los poderes adivinatorios del futuro, digamos un nuevo profeta, más al estilo del Antiguo Testamento, que de los modernos telepredicadores de los programas de madrugada con los que nos fríen la práctica totalidad de las cadenas de televisión.

Al parecer, las dotes predictivas del ermitaño, eran conocidas a cierta distancia de su morada, y con frecuencia, llegaban empresarios, novias, suegras, cartujos y cargos políticos, con el fin de extraer la información de su futuro a corto, medio y largo plazo, dispuestos a realizar a cambio importantes desembolsos materiales.

Pero el ermitaño, tenía unas rígidas normas que regulaban la prestación del servicio. Tan es así, que prácticamente nunca realizaba predicciones, lo que establecía la duda de que en realidad poseyese ningún don especial, ya que nadie podía aseverarlo. Visto al contrario, una de las rígidas normas establecidas, era precisamente el hecho de que no podía desvelarse a nadie, ni el contenido de la profecía, ni el hecho de que ésta hubiese sido filtrada por el ermitaño.

Por lo tanto, el pacto entre el vidente y el cliente, sobrepasaba con creces el arreglo comercial, y pasaba a ser un vínculo cuasi sanguíneo, ya que el ermitaño siempre avisaba de la posibilidad de que la profecía pudiese ser sustituida por un escenario alternativo, probablemente de peores consecuencias para el cliente, en el hipotético caso de que se rompieran las directrices marcadas.

En resumen, lo único que garantizaba la existencia del ermitaño y de sus supuestas habilidades predictivas es que, para el cliente, la vida resultaría exactamente igual que antes de su visita puesto que, al no poder utilizar públicamente el hecho de que conocía el futuro, no podría aprovecharse de dicho conocimiento, y debería exponerse igualmente a los avatares del día a día hasta que, en un futuro más o menos cercano, se corroborase o desestimase la bondad de la hipótesis.

Lo que nadie podría arrebatar al cliente, en ningún caso, es la ilusión de que la profecía se cumpliese, tal y como la formulaba el ermitaño. Por lo que me temo que, el hecho de poseer la predicción, solo podía aportarle un plus de ilusión al devenir de su existencia. Que no es poco.”

Seguramente he evocado esta leyenda al albur de las futuras fechas navideñas, y la multitud de pequeños ritos que, sumados todos ellos y bañados por la copa de fin de año, nos proporcionan la energía ilusiva que necesitamos para seguir adelante, con o sin profecías, considerando que la única certeza de la vida es que ésta va a continuar hasta que deje de hacerlo, y que mientras el trayecto permanezca vigente, la única videncia que necesitamos es la participación, parafraseando al Barón de Coubertin. Porque vencer, lo que se dice vencer, no parece que vaya a estar a nuestro alcance.

Lo que podemos elevar a la categoría de predicción y casi de verdad absoluta, es que el equipo que nos rodea, nos facilita esta especie de travesía del desierto. Todos tenemos nuestra Guardia de Corps. Esos amigos, esa familia incondicional, la certeza de nuestro trabajo, la risa de los pequeños, el paseo a nuestra mascota.

Y ahora, como un refuerzo de lujo, le tengo a usted, amigo lector. Usted va a ser uno de los integrantes de mi guardia personal, no sé si a pesar suyo. Y va a serlo por el simple hecho de que ojee esta columna, puesto que el saber que usted va a leerla, agrega a mi cohorte uno y mil Argonautas, con los que me veo capacitado para recuperar el Vellocino de Oro o el Tesoro de Ali Babá. Y me animaría a realizar algunos de los doce trabajos de Hércules, quizá exceptuando lo de la Laguna Estigia, porque los canes me dan cierto respeto.

Bienvenido a la columna de Antoniadis9. Sepa que es ya es usted uno de mis Argonautas, y que con o sin videncias, vamos a afrontar este Desafío Literario juntos.

Antonio Llamas

Escribir me relaja, no tengo otra intención. Me permite añadir un tema de conversación a las tertulias con los amigos, especialmente a aquellos que están más alejados o cuyas agendas colisionan más con la mía.

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