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Dudó entre hacer repaso o hacer balance. Aceptando que en algún momento de la vida, puede convenir analizar lo que ha sido ésta, no es lo mismo hacer una descripción, más o menos crítica, que calcular debes o haberes. Imagino que la razón es la presencia o ausencia de conclusiones. En el primer caso, simplemente acepto los hechos, la sucesión de acontecimientos, casi desde una perspectiva histórica, como aquellos trovadores de la edad media, que contaban sus historias de pueblo en pueblo. Y en el segundo, inevitablemente se deduce una moraleja, una consecuencia, lo que conlleva una toma de posición.

Al final, no pudo distinguir entre una y otra. Escogió los ingredientes, pero los colocó al buen tun tun en el vaso de la batidora, mezclando etapas, momentos, reflexiones y sucedidos, de tal forma que el resultado final no le satisfizo. Lógico. Ese tipo de procesos tan delicados, en el caso de ser ejecutados sin orden ni concierto, no pueden conllevar nada bueno, los resultados casi siempre son indigestos.

Le pillé en la puerta del garaje, cuando se dirigía a desenterrar su vieja Lambretta, y marchar a cualquier sitio. No dudo que la moto hubiese arrancado, porque determinados objetos resisten noblemente el paso de los tiempos, lo que no tengo tan claro es que el viaje no fuese contraproducente. El itinerario estaba trazado, se dirigía a las etapas más profundas de su adolescencia, sin escala ni provisiones. La razón era obvia. Tras analizar su vida, concluyó que sólo fue feliz entonces. “Como todos”, le dije. “Tu quoque, Brute, fili mi”, me contestó, parafraseando a Skakespeare o a Julio César o a ambos. “En efecto, amigo. Yo. Y todos. Pero no todos podemos coger la Lambretta e irnos en un viaje al pasado, porque tenemos que escribir el futuro”. “¿Y qué te hace pensar que el futuro podrá compensar el balance del pasado?”

Enganchó su viejo casco, encontró la cazadora de cuero, las gafas tipo Lennon, y el fular que ahorcó a la Duncan. Atizó una patada extraordinaria a la palanca de arranque, y cuando el humo y el ruido invadieron por completo la estancia, empezó a recular hacia la puerta. Consiguió colocarla en una especie de rampa de salida, miró hacia el horizonte, y se dispuso a engranar la primera velocidad.

Solo quedaba una cosa por hacer: Saltar al asiento posterior y abrigarme lo mejor posible.