Queridos Argonautas

¿Qué tipo de efecto sedante puede proporcionar el hecho de verter una serie de letras en un folio en blanco? ¿Se trata de una reacción neuroquímica o de una simple acción de exhibicionismo narcisista?

Y si no hay nada de lo anterior, ¿porqué me afano en colocar las letrillas de modo que parezcan parte de un discurso estructurado? ¿No tendría el mismo efecto si las volcase de un modo totalmente anárquico, rompiendo las reglas gramaticales, las semánticas y alterando el vocabulario de modo que nadie pudiese entender lo que escribo, pero contribuyese a conformar una especie de terapia personal?

La respuesta al primer grupo de incógnitas planteadas me es completamente desconocida. No sé porqué me calma escribir, pero lo hace. Con lo cual, ya les advierto que pienso seguir haciéndolo, para su preocupación, indiferencia o alborozo. La respuesta al segundo grupo es evidente. Escribo de una forma que pretende ser ortodoxa o inteligible, simplemente por pudor, por la vergüenza que me causaría leer un texto propio descabalado o inconexo, una vez que hubiese transcurrido el tiempo necesario para que el dolor o la rabia que me llevaron a redactarlo, hubiesen amainado lo suficiente.

Probablemente por eso me abalancé hacia el teclado, pocas horas después de encontrarme con uno de esos fantasmas del pasado; De aquellos que debieran ir siempre uniformados con sábana y cadenas. Quizás precedidos de algún tipo de aura espectral, con el único fin de poder huir a su debido tiempo. Lamentablemente, siempre aparecen disfrazados de personas normales, de recuerdos agridulces mitigados por el paso de los años, o de individuos redimidos por los avatares de la vida, cuando lo único cierto y verdad es que la evolución, en su caso, solo ha servido para acrecentar sus maldades.

Y siempre picas, porque en realidad, no quieres aceptar, parafraseando a Hobbes, que el hombre es un ogro para el hombre, ya que en ese caso, deberías estar en permanente estado de alerta, en una especie de DEFCON 5 cotidiano, con el terrible desgaste que eso supone. Y por ello concedes permanentes oportunidades a aquellos ejemplares que no debieran ser considerados humanos, muy al contrario, debieran ser encuadrados en alguna subclasificación taxonómica, como excelentes ejemplares de bichos que son.

Por eso, no dejo de fustigarme por el hecho de haber saludado con cierta deportividad a uno de esos malignos ejemplares que debiesen haber sido fumigados con DDT en su momento, pero que sobreviven haciendo el mal, de igual modo que las cucarachas sobrevivieron al dinosaurio. Pensará usted, querido argonauta, que la reacción más lógica y humana contemplará acciones tales como huir, gritar, llamar al 112, esgrimir el tenedor de postre, o cualquier acción defensiva (o agresiva) concebible. Pero la puñetera educación católica que he padecido estas décadas, no entiende de acciones evasivas o agresivas, sino de posiciones absolutamente masoquistas: Poner la otra mejilla, perdonar al que nos ofende, rezar por nuestros enemigos. ¿Dónde quedaron los sabios preceptos del Antiguo Testamento, el ojo por ojo, las siete plagas, Sodoma y Gomorra? Demolidos por la acción del buenismo católico que nos lleva a la ruina.

Lo malo es que todas esas reflexiones me asaltaron bastante tiempo después de haber pagado la cuenta, ayudarla a subir su equipaje a la habitación del hotel, colaborar en deshacer sus maletas, recibir un soborno en forma de efluvio enólico, e inevitablemente, cooperar con ella en desordenar las sábanas de su cama. Si, hipotéticamente, hubiese recordado todo esto en algunos de los muchos cambios de posición espacial que se produjeron en el encuentro, pudiera haber abandonado la habitación como triunfador absoluto. Por ejemplo, dando como finalizada la batalla amatoria cuando los ejércitos simplemente empezaban a posicionarse. Hubiese obtenido una gran victoria. Pírrica, como ya supondrá, querido argonauta, pero victoria al fin y al cabo.

En cambio, abatido (o al menos exhausto), inicio el trayecto de regreso a mis cuarteles de invierno. Y la prueba incontrovertible de que he sido vencido, no es otra que el hecho de estar aquí, golpeando el teclado, buscando el consuelo terapéutico que me proporciona compartir con la totalidad de los argonautas esta miserable y reincidente derrota, de la que asumo parte de la culpa.

Pero no dejo de pensar que esos muchos años de influjo católico, encierran una especie de maleficio, una fascinación masoquista por el sufrimiento, a la que nos vemos abocados de cuando en cuando. Vuelva David y su honda, para al menos tener una oportunidad la próxima vez que me la eche a la cara.

Antonio Llamas

Escribir me relaja, no tengo otra intención. Me permite añadir un tema de conversación a las tertulias con los amigos, especialmente a aquellos que están más alejados o cuyas agendas colisionan más con la mía.

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