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Estoy en uno de los palcos principales. Está totalmente vacío; el guardia es el único presente y se encuentra en el recibidor, así que tengo todo el teatro para mí. Me siento a mis anchas, tomo los binoculares y los dirijo hacia el escenario.

Al estar allá, abajo, soy alguien diferente. La oscuridad, es sólo eso: negrura, aire inerte, nadie existe, sólo las luces iluminándome;  soy Medea, Ofelia, Celestina o Nora; cualquiera capaz de despertar al subir el telón.

Me deslizo del mal más oscuro, a la manipulación o al feminismo más acendrado; entonces, sólo entonces, me siento libre. Transcurro entre los polos del sentimiento humano. Mi rostro se transfigura, gestos y muecas presentan una emoción distinta;  pulsan fibras internas que reverberan en cada parte de mi cuerpo.

No soy yo allá abajo, pero soy más yo que acá arriba, que allá fuera, donde nadie me entiende y a nadie entrego la plenitud de mi ser como en el escenario. En el mundo real, mis relaciones son efímeras. Más de uno me ha llamado loca; muchos dicen, por tanto,  que debo ser feliz. No tienen idea de lo difícil y doloroso que es serlo.

No tengo conciencia de mi verdadero yo; quiero aprender a verme ahí dentro, quiero cambiar, trasmutar como las mariposas y sólo veo al gusano que duerme un sueño eterno en su crisálida.

Creo jamás lograr el despliegue de colores, la tersura febril de alas en vuelo o la armonía estética de una mariposa en reposo; porque soy volcán en erupción por fuera y ojo de huracán en mi interior. Para ser una de ellas voy de fuera hacia adentro y de dentro a afuera, no hay secretos pues mi esencia se encuentra en los opuestos. En mí no hay términos medios, sólo extremos.

He oscilado entre los diferentes personajes, fui de la comedia al drama y terminé en tragedia. Ahora que veo este espacio silencioso y solo, recuerdo lo que hice. La gente comienza a ocupar sus lugares. Pasan a mi lado sin mirarme y comienzo a vagar entre la muchedumbre. Aún mencionan el suceso; muchos están hoy aquí por eso.

─Veremos qué tal luce esta Medea. Lástima de vida trunca. ─Dice alguno. Ahora veo claramente la soga en mi cuello y confirmo que estaré aquí por siempre.

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Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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