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Madrugamos para estar a tiempo. Llegamos al muelle Toninos un poco antes. Podemos fotografiar el paisaje sin prisa. Pequeñas embarcaciones se encuentran en espera de los turistas. Hoy tendremos buen tiempo.

He entregado el boleto a la encargada. Nos llamarán cuando vayamos a embarcar. Pronto nos vemos rodeados de más gente. Todos iremos al mismo lugar: un acuario natural.

La mujer que recibió las entradas comienza a mencionar los nombres de quienes iremos en la primera embarcación. Nos alistamos para que nos dirijan al muelle donde abordaremos. El lanchón tiene cupo para unas cuarenta personas. La llenamos a tope.

Ya mar adentro la lancha va a toda velocidad. La fuerza del agua que rebota nos moja con un rocío frío. El trayecto es breve, unos quince minutos. Dos pequeños islotes forman una barrera. La playa está formada por arena blanca. Se puede caminar sobre ella una gran distancia.

Mi amiga se ha enfadado porque todo tiene un costo aquí: si quieres guardar bajo llave tus pertenencias, te dan un gabinete de madera húmeda y vieja por diez mil pesos; la renta de zapatos para el mar otros diez mil y si los quieres comprar son veintidós mil; el equipo para snorkel otros diez mil; un coco loco quince mil y una gaseosa cuatro mil pesos colombianos.

Detrás del islote se encuentra el acuario. Pequeñas albercas naturales separadas por rocas coralinas permiten el avistamiento de gran cantidad de peces de diferentes tamaños y colores. El lugar es agradable. Se puede caminar de una alberca a otra.

El mar cálido del Caribe es una delicia. Cruzo caminando al otro islote. Ambos reciben embarcaciones repletas de gente. Hemos llegado a las diez de la mañana  y a las once, es un hormiguero. Centenas de personas deambulan, nadan y snorkelean en un reducido espacio.

Me agobia tanta gente. No puedo dejar de pensar en los peces invadidos por los humanos. Por fortuna nos toca regresar. La lancha en la que volveremos, Primero Dios,  está otra vez ahí con más  turistas. Vamos tan rápido como venimos.