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Me levanto temprano para gozar del mar de San Andrés por última vez. Sentada sobre la arena, cierro los ojos y medito en tanto la playa está sola. Algunas personas caminan o corren sobre la playa. Poco a poco amanece. El sol baña mi rostro y abro los ojos con lentitud.

Entro al cálido mar. Es una delicia gozar de una playa solitaria. En unos cuantos minutos se multiplica la gente. La temperatura del agua promueve que haya bañistas a todas horas. Sólo la noche oscura impide que muchos se bañen para seguir disfrutando del Caribe.

Las últimas horas en San Andrés son más que placenteras. Regreso para preparar la salida del hotel y mis maletas. Tomamos el almuerzo y entregamos las llaves. La espera será larga. Otra vez viajaremos de noche.

La tarde la pasamos conversando plácidamente a un costado de la alberca. Por fin ha llegado la hora de trasladarnos al aeropuerto. Caminamos hacia allá, está a escasos cinco minutos. Es temprano para el vuelo y la fila para documentar es ya muy larga.

El trámite resulta lento y tedioso. San Andrés es un puerto libre para las importaciones. La gente se deja llevar por el entusiasmo. Los precios bajos y la diversidad de productos, orilla a muchos a realizar compras excesivas.

Las políticas de equipaje son claras: no más de veintitrés kilos para documentar y no más de diez en mano. No más de cinco productos entre perfumes y bebidas alcohólicas. Resulta interesante ver lo que sufre la gente por no considerar estos detalles.

Las primeras tres pasajeras tardan media hora para documentar. Desde la valla observamos cómo deshacen maletas y redistribuyen para equilibrar los pesos. Una pareja termina en pleito pues no tienen dinero para pagar el sobrepeso.

Tras una larga espera por fin logramos documentar nuestro equipaje. Es una noche de negra cerrazón. El sueño vence a Shaddy. El abordaje llega y pronto estaremos de nuevo en Bogotá. Es el adiós a la isla caribeña.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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