Secó sus lágrimas y dejó el celular sobre sus piernas. El mensaje que acababa de recibir, marcaba para siempre la diferencia. Esos serían los últimos minutos que estarían juntos, lo sabía aunque en su interior se negaba a aceptarlo.

El tiempo trascurrido desde que se conocieran pensándolo bien, había sido muy poco, sin embargo, para ambos era lo mejor en sus vidas. Lucía obligada por las circunstancias, trabajaba desde muy joven en la pequeña fábrica de textiles; él como chofer de la empresa, repartía materias primas a diferentes casas de modas.

La jornada para ella, se mostraba monótona e interminable en apariencia. Desde niña se veía como una gran diseñadora, en el presente eso quedaba en sus sueños. Su padre le impidió siempre continuar con cualquier estudio: las mujeres deben estar en su casa -le decía. No hubo razonamiento alguno que le indujera a actuar en contrario. En pleno siglo XXI seguía siendo un hombre sin sensibilidad o respeto por las mujeres.

Todas las necesidades familiares la indujeron a satisfacer esa petición. Sin preparación, lo único que pudo conseguir fue ese trabajo de obrera no calificada. La rutina le hacía sentirse deprimida, vacía, hasta que conoció a Martín. Apareció un día, con una gran sonrisa. Recogería los ovillos de lana para llevarlos a la fábrica. Se presentó sin más, de ahí, cada día ella esperaba la hora de entregar la materia prima. Pronto él la invitó a tomar el almuerzo. Platicaban más que comer, eso les fue cambiando la vida.

Martín tenía pocos estudios pero la esperanza de  continuarlos le daba aliento. Planeaba partir hacia los Estados Unidos, como tantos otros: -Allá se gana en dólares y podré inscribirme en una escuela hasta terminar mis estudios, seré ingeniero en computación, tengo mucha facilidad para eso, aun sin estudiar ya tengo mucha idea- le decía entusiasmado.

Lucía admiraba su determinación, algo en su interior le hacía ver que él lograría sus objetivos. Miraba su fuerza, su constancia, cómo iba ahorrando peso sobre peso para conseguir el pasaje y la visa pues no quería irse de “espalda mojada”: las cosas hay que hacerlas bien. Había conseguido que su patrón lo colocara en la filial americana.

Cuando hubo reunido el dinero, observó su empecinamiento para lograr la visa; en varias ocasiones le fue negada e insistió hasta conseguirla ya con la propuesta de trabajo. Ella, alentada por la actitud de Martín inició la secundaria abierta sin decírselo a su padre, la empresa les facilitaba los medios para hacerlo. Ambos habían dado los primeros pasos para superar sus precarias condiciones.

Compartían el celular para ahorrar hasta el último centavo, en él Martín comenzó a recibir los mensajes de su futuro jefe. Era afortunado, pocos conseguían irse con algo seguro. Lo esperaban ya en Lubbok, Texas. Así, ambos estaban al tanto de los avances.

La partida se acercaba, Martín intentaba tranquilizar a Lucía prometiéndole regresar al conseguir sus metas, sin embargo, ella, sabía también que eso le llevaría muchos años. Sin verse, sin hablarse, sería muy difícil conservar una relación, no quería formarse expectativas vanas.

El mensaje que acababa de recibir era claro: Iniciamos el próximo mes, te necesitamos cinco días antes. Apenas había tiempo para comprar el pasaje. Dejó el celular para besarlo…una lágrima resbalaba lánguidamente.

-Buenos días Lucía. -Sobresaltada, abrió los ojos. Ahí frente a ella se encontraba Martín. Ojalá no viera sus lágrimas.

-¿Buenas días, vienes por el pedido? –Esa noche, escribiría lo que había soñado.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
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