Apenas ayer me encontraba encerrado, bastó un segundo para salir más que volando. Esa mujer quedó sorprendida, corría detrás de mí como si pudiera alcanzarme. En mi interior sabía que era mucho más lenta que yo, jamás podría siquiera acercarse.
¿Cómo fue que acabé aquí? Me dejé seducir por una hembra que lloraba con tristeza en un espacio agradable, con todas las comodidades y alimentos en abundancia. Pensé que si me acercaba podría ofrecer mi compañía y, por qué no, tal vez algún día, mi amor sin límites. En todo caso, siempre he sido monógamo.
Entré sin problemas. En el camino pude paladear manjares exquisitos, propios de una corte. Probé sin esforzarme comida diferente a la de mi lugar de origen: nueces, semillas diversas, frutos jugosos, si bien, la selva me ofreció sin dudarlo, los más ricos beneficios.
Con sorpresa, me percaté que aquella doncella se encontraba tras unas hermosas rejas doradas. Nunca podría traspasarlas. ¿Acaso por eso su lastimoso acento? Apenas alcancé a emitir unos leves sonidos. Ella ni siquiera se percató de mi presencia.
Volví presuroso. Demasiado tarde. Una puerta se había cerrado tras de mí. Con angustia caí en la cuenta de que estaba atrapado, me encontraba sin salida y con un futuro incierto. Pasaron unos cuantos días en los que comenzaron a escasear los comestibles, al menos siempre hubo agua suficiente.
Una tarde, todo se oscureció antes de tiempo. Una gruesa tela cubrió la cárcel. Pasé horas en un tremendo traquetear. Cuando vi de nuevo la luz, ruido ensordecedor, gritos y humo intenso me rodearon; entonces comprendí que jamás volvería a sobrevolar la selva.
Una mujer me llevó a su casa. A diario repetía ante mí palabras obscenas, con risas y alharaca; poco a poco las fui duplicando ante sus aplausos y alegría. Yo en cambio, cada vez añoraba más el verde intenso de las enormes frondas, encerrado como estaba en esa enorme jaula.
Por la mañana, la mujer abría unos pocos segundos la pequeña puerta para lavar y colocar las frutas que debía comer. Me llevó un tiempo entender la oportunidad, pero el instinto manda, así que la aproveché el día menos esperado: escapé presuroso.
Volé tan rápido como fui capaz hasta encontrar un lugar verde. Unos cuantos árboles, aglutinados en un espacio reducido rodeado de calles, avenidas y autos por doquier; llegué cansado, triste, sin saber qué hacer en un mundo desconocido para mí.
La humedad del bosque con sus altísimos árboles, lianas, orquídeas y vida inusitada, están perdidos para mí. Ni siquiera sé dónde se encuentran ahora. Esa belleza tan mía, tan propia de mi entorno, la he perdido para siempre gracias a un incomprensible deseo de llevar un trocito de ella a personas lejanas.
El humo me produce un tremendo malestar, el ruido otro tanto. Poco a poco me he ido adaptando, ha sido penoso, sin embargo lo más importante es que aún conservo la vida en libertad; a diario escucho risas de niños y el piar de otras aves lo cual me da cierta alegría.
Sin duda soy afortunado dentro de mi drama existencial. Arrebatado como fui de mi hábitat, he encontrado una pareja; su historia es similar a la mía. Nos protegemos mutuamente, ocultos entre las ramas del árbol más denso que encontramos. Estamos aprendiendo a vivir de manera distinta, no falta la comida y no han intentado atraparnos nuevamente.
Día a día es una lucha por la supervivencia. Nos posamos en la rama más alta para observar la gran ciudad con su mundo de gente, autos y atmósfera gris, tan diferente a mi selva lacandona, al tiempo que permitimos nos observe -tal vez preguntándose qué hacemos aquí- esa señora en su balcón.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
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