Estoy encinta. Tengo catorce años y éste será mi segundo hijo. Quisiera huir pero no sé a dónde. La última vez que lo intenté, Samuel, mi esposo, me alcanzó en la sierra cerca de San Juan Chamula y me regresó a rastras al jacal. ─Deberías agradecer que no te llevo a tu casa, ni siquiera sabes cocinar. ─Me dijo.  Tiene razón, no sé, apenas estoy aprendiendo.

Samuel me vio jugando en el camino. Acababa de llover, mis papás habían ido a San Cristobal para intercambiar su mercancía, yo saltaba en los charcos que se forman y hacía cazuelitas con el lodo. Tal vez por lo de las cazuelas, pensó que yo sería buena esposa. El caso es que a la semana me di cuenta que hablaba con mis padres.

Camilo, mi papá, toma posh casi todos los días, así que cuando llegó Samuel con plátanos, refrescos y mucha bebida, él se puso contento. Oí cuando le dijo que quería casarse conmigo.

─Tómese otro trago don Camilo.

─ Gracias Samuel, a tu salú.

─Verá, vengo a pedir a Margarita como esposa, usté me dice.

─Tengo que preguntarle si quiere. Te aviso después.

Eso le dijo mi padre pero no me preguntó. Platicó con mi mamá y se pusieron de acuerdo para pedir diez mil pesos para la fiesta y diez garrafones de posh. En realidad con eso podrían pagar sus deudas. A mí me entró mucho miedo porque dicen que cuando te casas así nunca sabes lo que te espera.

El día que cerraron el trato llevaron unos puercos y unas cajas con pan. Los tíos de Samuel fueron los padrinos; ellos serían los testigos de nuestro matrimonio, así nada más, sin ceremonia ni fiesta ni nada. Apenas tenía once años, ese mismo día me llevó a su jacal. Ahí empezó mi cruz.

No sabía lo que era el matrimonio; me pidió que le preparara la cena. En mi casa yo hacía el café, eso fue lo que le di. Samuel me gritó que le hiciera frijoles y tortillas, me puse a llorar, no sabía cómo, ni de dónde tenía que sacar las cosas. Él se paró de mala gana y me enseñó lo que tenía que hacer.

─Tienes que aprender pronto si no quieres que te regrese a tu casa.

Yo rogaba  para que lo hiciera; pero al mismo tiempo pensaba que debería hacer lo posible para no volver porque ya se habían gastado el dinero y no lo podrían regresar, menos aún con intereses; mi papá me mataría a golpes. Ellos me advirtieron que obedeciera para no causarles problemas.

Por la noche me encontré con algo peor. Me lastimó tanto que no puedo olvidar esa primera vez. No fue la única, casi siempre ha sido así. No soy  tonta, aprendo todo muy rápido pero me exige mucho, quiere que haga todo como él quiere. A los seis meses intenté escapar; no llegué ni cerca de mi casa cuando me encontró Samuel, me regresó a golpes y patadas. Estuve tres días sin poder moverme.

Al año quedé embarazada. Pensé que estaba engordando, nada más. Cuando tuve los primeros dolores llamaron a la partera. Entonces me acordé de cómo llegó mi hermana la más chica, entendí que iba a nacer mi hijo. Como siempre ando saltando, no sentí casi nada. Fue la única vez que vi contento a Samuel pues había nacido un niño, entonces le empezó a gustar el posh como a mi padre.

Toda una semana se la pasó bebiendo con sus amigos, yo ahí, espantada, tratando de hacer lo que me pedía: ve por más posh, tráenos quelites, prepara una salsa, calla a ese niño, mete a los pollos, acarrea más agua.  Una de esas tardes se me ocurrió decirle que ya no tomara más.

─¿Qué dijiste? Es mi dinero. Cállate y atiende a mi compadre ─ Me vio tan feo que estoy segura de que me hubiera golpeado en ese momento, si no hubiera sido porque estaba la esposa de uno de ellos. De ahí en adelante hacía todo sin verlo a los ojos, nomás agachada y en silencio.

Por las noches cuando los demás se iban, se tiraba en el catre a dormir un rato. A la hora que despertaba se me juntaba; le pedía que no lo hiciera, se reía con ese hedor en su boca y me lastimaba una y otra vez; creo que le gusta verme llorar porque se pone como perro en celo.

Cuando mi hijo aprendió a caminar, Samuel empezó a llevar a mujeres a la casa. ─Lleva al niño a ver a sus abuelos, no te apures─ me decía. Yo obedecía y llegaba lo más noche que podía, casi siempre cuando él estaba ya perdido de borracho. Esos días me dejaba en paz.

 

Pasé un año muy cansado. Se juntó el trabajo de la casa, el niño y la siembra. Iba todos los días con mi hijo a cuestas a dejar comida a la milpa,  ayudar al barbecho, a la sementera y a la recolecta. Luego, de pronto me volví a embarazar. Me parece que nacerá unos días antes de que cumpla catorce.

Samuel dice que ya no le gusto, que tal vez consiga otra esposa más joven. Yo quiero que lo haga; entonces me iría de aquí a trabajar, o dedicarme a bordar esas blusas que tanto compran los turistas. Dicen que las pagan bien allá en San Cristobal. No quiero que mis hijos se críen aquí, tengo miedo de que el que viene en camino sea una niña. Me han contado cosas muy feas de los hombres como Samuel.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
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Comments

  1. Historias como esta, que dejan un nudo en el estómago, hay que contarlas más; despertarnos la conciencia de lo que desgraciadamente ocurre. Hacer que tengan voz quienes son enmudecidos a la fuerza.
    Te felicito, Lorena Guadalupe Páez.

     

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