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La antiquísima cruz de piedra parecía resplandecer al final del jardín. De la hacienda solo quedaba un tercio de la casa solariega y una hectárea, que el bisabuelo había convertido en huerta. Cuando Arturo llegó ahí, las paredes se resquebrajaban como despidiéndose de mejores tiempos.

La falta de trabajo y la sorpresa de una herencia familiar lo llevaron a ese lugar apartado en la sierra. Poco había escuchado de sus antepasados. Lo que tenía claro era que su madre jamás hablaba del abuelo desde que éste la había echado de la casa por el matrimonio contraído.

El lugar era hermoso y extraño por solitario y apartado. Arturo percibía algo especial al contemplar la cruz; caminó observando la hierba que crecía dispareja y con paso lento llegó hasta ella,  se percató de que era el inicio de un cementerio familiar. Estaba decidido a sacarle provecho al espacio que  su madre había clausurado en la mente hasta el día en que murió.

Al menos deberían estar ahí cuatro generaciones anteriores al abuelo. Esas lápidas sólo podían indicar eso, ya que la familia se había caracterizado por procrear uno o dos hijos tan sólo. Su madre había seguido la tradición; Arturo no tenía hermanos y su madre tampoco los tuvo.

Al morir Beatriz, madre de Arturo, ésta le había hecho prometer a su hijo que la cremaría para esparcir sus cenizas en el pueblo natal. Aún conservaba la urna pues no se había permitido buscar aquel lugar de la sierra. Todo se daba como para recordarle la deuda pendiente.

Con las lápidas bajo su mirada, a Arturo le llegó la inquietud de que tal vez a Betita, como todos la llamaban, le hubiese gustado finalizar no sólo en su pueblo, sino mejor en su casa. A final de cuentas, que le dejaran lo que quedaba de la hacienda y una cantidad nada despreciable, era un intento de reconciliación de su abuelo con ella. Muerta Betita, ya no existía la probabilidad de confirmar nada.

Arturo movió la cabeza como para espantar malas ideas y se dedicó a armar el árbol genealógico con los nombres sobre las tumbas, siguiendo escrupulosamente fechas y apellidos. Con él desaparecerían los Landa de Matamoros. Tal vez esa hubiese sido la verdadera razón del distanciamiento familiar; algo más que tampoco averiguaría.

Lo que quedaba en pie de la casona era fantástico. Altos muros, piedras ancestrales, herrería finamente trabajada, paredes encaladas,  muebles coloniales de roble. Haría falta darle una mano de pintura, pero por el momento bastaba para dar alojamiento al cansado viajero.

Arturo, durante la noche, tuvo un sueño extraño: veía nítidamente a su madre rodeada de personas sin rostro que sentía conocidas; grandes plantaciones se extendían entre el verde lomerío y una fauna diversa se apacentaba entre los pastizales. El sueño le resultó tan real que oyó a  los cenzontles y olió los azahares de los limoneros.

Despertó con un gusto suavemente ácido, fresco y agradable como si hubiera sorbido una naranja. Ese sueño, antes que inquietarlo, le produjo el deseo de conservar la finca. Sin empleo ni parientes cercanos, no perdería nada con intentarlo. Tendría a su madre en la urna y después decidiría dónde regaría las cenizas.

Comenzó por dar forma al jardín, labor agradable y cansada; tiempo durante el cual su estancia en la casona corrió de boca en boca. La gente pasaba y volteaba sin discreción alguna, intentando verlo para reconocer en él, algún rasgo familiar. El día lo pasaba siempre entretenido y con trabajo; agotado se iba a la cama donde el sueño del primer día se repetía con pequeños cambios, en cada uno, distinguía algún rostro desconocido pero que le dejaba la sensación de una relación directa con él.

Cada noche esperaba el descanso y un nuevo rostro. Al personaje se unían acciones ambiguas o hasta absurdas, sin sentido para él. Al despertar trataba de recordar el sueño y sólo lograba pequeñas pinceladas en su mente. Los días comenzaron a parecer más cortos y las noches más prolongadas.

Casi había olvidado el encargo de su madre. Al fin, una mañana al ver la urna decidió que la colocaría en un pequeño nicho junto a la cruz del fondo. No tenía una religión precisa pero pensó que sería apropiado realizar una pequeña ceremonia al atardecer; colocó flores y velas por todo el camino y se dirigió al Universo para que recibiera las cenizas de su madre¸ el cielo resplandeció y un calosfrío recorrió su espalda.

Esa noche el sueño resultó diferente, vio a su madre llamándole con gestos y manos, rodeada de las personas a las que había ido dando rostro. Despertó sobresaltado con una imagen precisa de la escena.

Desde el día en que colocó la urna junto a la cruz, Arturo sintió que el tiempo duraba sólo en sus sueños. Vio a su madre en continua discusión con cada personaje. Entonces reconoció en cada rostro a cada uno de los nombres en las criptas, no sintió el transcurso del día hasta el punto en que se ubicó únicamente en la oscuridad  y se supo perteneciendo por siempre  a la familia de los Landa de Matamoros.

La gente al pasar frente a la verja, asegura que escucha gritos y exabruptos durante las altas horas de la noche.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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