San Andrés es nuestro destino final. Las vacaciones de Mónica en realidad son éstas. Ella ha planeado el viaje para premiar a su hijo por las buenas notas obtenidas en el año escolar. Viajamos en un vuelo charter a las once treinta por la noche.

Abordamos sin inconvenientes. A punto de despegar el capitán informa que tendrá que regresar para que reparen un desperfecto en la puerta del baño. Demoramos más de media hora. Cuando por fin despegamos, Shaddy estalla en llanto. Después me entero que vio una película donde el avión se estrella después de iniciar con un problema similar.

El viaje transcurre en calma. Un poco de turbulencia en el aterrizaje pone nerviosos a algunos pasajeros. Nada que lamentar. Acaba de llover, el clima es levemente cálido y muy húmedo. La isla nos recibe plácidamente.

Abordamos el transporte que nos llevará al hotel. Se encuentra a unos quince minutos del aeropuerto. Mi primera impresión resulta desagradable: demasiada gente, un espacio en medio de la jungla, viejo y sin mantenimiento.

Los azulejos deben ser de la primera mitad del siglo XX. El azul que predomina debe ser la razón del nombre Blue cove. Nos registramos. La habitación está en el módulo posterior. Nos dirigimos a ella sin indicaciones precisas. Es una noche cerrada, el cielo nublado amenaza con una nueva lluvia.

De pronto escuchamos gritos de Shaddy que viene detrás. Al parecer un escarabajo se ha metido en su zapato. Sus voces logran ponerme nerviosa. Quiero llegar a la habitación. Atravesamos un largo espacio entre oscuridad y palmeras.

Nuestra decepción aumenta cuando vemos la recámara. Dos viejas camas nos auguran incomodidades. Las cortinas lucen ajadas y percudidas. Huele a humedad. Mi amiga reacciona con malestar. Nos pide esperar. La dejo que actúe. Es una mujer autosuficiente. Estoy segura de que hará lo necesario.

Inicia una madrugada llena de reclamos. Nos cambian a otra habitación  en iguales condiciones. Estamos exhaustos. Dormimos apenas unas pocas horas. Mónica no está dispuesta a cejar. Solicita que nos cambien a otro hotel de la misma cadena.

Le han mentido. El hotel no tiene playa, ni vista al mar. Las habitaciones se encuentran en pésimas condiciones, nada que ver con las promesas recibidas. Sus argumentos los refuerza con la amenaza de publicar en las redes sociales todo lo que ha grabado. Por fin consigue que nos trasladen.

Las condiciones son mejores. Estamos frente a la playa. Suave arena blanca y un mar multicolor nos alegran la vista. Cansados pero con menor frustración, nos aprestamos a tocar por fin el mar de San Andrés.

Shaddy no espera. El agua tibia del Caribe colombiano nos refresca y relaja. Esta noche si descansaremos. La habitación aunque deteriorada también,  nos presenta una vista maravillosa de la playa.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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