Es mentira que esté loco. Esta historia no me la han contado; no es una de tantas que corren de boca en boca, es un hecho fidedigno, lo sé de cierto porque me ha pasado. Al principio fue algo sin mucha importancia; pero con el paso del tiempo, llegó a convertirse en una situación que alteró mi vida.

Sea de noche o de día, al pasar frente al balcón de la calle San Francisco, creía que alguien me observaba. No existió ocasión que  me sintiera libre como en cualquier otro lugar; por el contrario, cada vez, o quería detenerme para voltear con descaro a mirar a quien estuviera ahí, o me urgía desaparecer del ángulo de visibilidad del enrejado.

Inútilmente busqué la manera de evadir el paso, un día por semana debí cruzar ese espacio para cobrar los beneficios de un negocio con la compañía de enfrente; por tanto fue para mí, obligado recorrer la calle al menos esa ocasión.

No puedo describir con detalle, lo que sucedía a mi cuerpo y mente. Al acercarme, como ya mencioné, entraba en ansiedad; quería parar, hurgar por la ventana abierta, atravesar la penumbra y descubrir a quien miraba con tal insistencia que obligaba a voltear; pero ya que estaba ahí, sentía calosfrío, dudaba y prefería continuar de largo.

Fue entonces cuando tomé por costumbre detenerme en la cantina de la esquina, tomar dos o tres copas de mezcal para desde ahí intentar ver salir a alguna persona del caserón. Nunca lo conseguí pero al menos salía dispuesto a cruzar por el frente, imaginando que dentro debería encontrarse una mujer de gran belleza y que estaba destinado a conocerla.

Los primeros meses fue lo mismo, después comencé a indagar quién vivía en aquella casa; curiosamente nadie me daba  información confiable: algunos me decían que estaba abandonada, otros que vivía una pareja de ancianos y hubo quien me aseguró que  había sido clausurada por alguna situación obscura. Lo real era que estaba construida sobre un cementerio del siglo XVII

A fin de cuentas, dejé de preguntar temiendo levantar sospechas; sin embargo, la curiosidad en vez de desaparecer se acentuaba con el tiempo. Llegó un momento en que sentí la urgencia de conocer el interior de la casa, nunca en mi vida me había pasado algo así. Me preguntaba quién era aquél o aquella que me miraba con tal insistencia, por qué se escondía; nunca supe darme una respuesta tranquilizadora.

Empezado el invierno, tuve que asistir a mi cobranza por las noches, mis actividades me impedían ir por la mañana. La oscuridad, el frío y la neblina, no eran peculiarmente agradables, así que de tan solo pensar en acudir, me llenaba de desasosiego. Una de aquellas noches, escuché claramente que me llamaban por mi nombre pero al voltear no vi a nadie en absoluto.

La semana siguiente, busqué a algún sustituto para que fuera en mi lugar, pero los trámites administrativos requirieron siempre de mi presencia, por lo que no insistí en aquello. Para  disminuir los estragos de la visita, me detuve en la cantina y bebí más de la cuenta; ahí descubrí una hermosa mujer que se despedía de un parroquiano.

Por alguna razón indescifrable, supe que ella debería vivir en la mansión. La seguí y crucé a la acera contraria para alcanzarla. Entonces creí ver otra silueta femenina en el quicio de la puerta de la casa.

A lo largo de la calle sólo se escuchaban mis pasos y su eco. Justo al momento de estar frente al balcón, las luces se apagaron, la oscuridad era total, la neblina me impedía ver más allá de un metro y quedé paralizado. Una sensación de terror invadió todos mis músculos y perdí el sentido. Desperté en un caserón con muebles antiguos, quinqués iluminaban la habitación donde me encontraba.

La mujer de belleza sutil y ropajes extraños me miraba fijamente. Debido a la escasa luz, su apariencia era casi fantasmal, la palidez de su rostro no aminoraba el impacto que producía en mí.

─Al fin despierta. ¿Está usted enfermo?─ Me preguntó con una voz raramente melodiosa.

─No, en realidad no sé qué me pasó. ¿Llevo mucho tiempo así?─ Pregunté consternado pues no sabía lo que me había sucedido.

─Unas dos horas. Tome esto le caerá bien─. Me ofreció una copa llena de un licor dulzón, lo bebí y me sentí muy animado. Al momento fueron llegando otras mujeres igualmente hermosas, cada una llevaba una vianda o una bebida diferente y un vestido similar al de la primera. ─Tome lo que guste, recupérese─ decían.

En ese momento me encontraba extasiado, no podía creer tanta belleza. De algún lugar llegaba una música agradable; algunas de ellas comenzaron a bailar sensualmente. ─Vamos, anímese, acompáñenos. La primera mujer me ofreció su mano: ─Se ve mucho mejor, sólo fue un desvanecimiento sin importancia, usted es fuerte. Deme el gusto de bailar esta pieza.

No pude resistirme. A la par que danzábamos me ofrecían vinos y alimentos. Bailé con una y con otra, mientras veía cómo se iban desprendiendo de sus ropas. No podía creerlo, pero me encontraba totalmente excitado y deseoso de poseerlas. De pronto la música se tornó violenta. Ellas danzaban con frenesí y yo comencé a tocarlas y besarlas; reían, se escabullían e invitaban al mismo tiempo a emprender una orgía como jamás pude imaginar siquiera.

Me encontraba tirado sobre una mullida alfombra, una a una se fueron acercando. Sentía bocas diversas lamer mi cuerpo, mis manos y piernas se entrelazaban con otras, sentía cómo mecían mi cabello; de pronto sentí un líquido espeso y caliente correr de mi frente hasta mi boca; un gusto a hierro me hizo doblarme con arcadas; mis muñecas sintieron un tirón, me habían atado de pies y manos.

Lo que pasó después, no quiero recordarlo de tan sórdido y tenebroso. Otra vez perdí el conocimiento. Desperté en el mismo lugar de la calle frente a la casa, la oscuridad era la misma, mis ropas estaban llenas de sangre, muñecas y tobillos lacerados. Corrí sin parar hasta mi casa, en ese entonces a nadie conté lo sucedido. Hoy lo escribo porque dicen que enloquecí de pronto, pero ahora sé que en esa casa en el siglo XVII la Inquisición enterró a muchos que murieron en estos excesos del placer.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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