Nos llevaban con los ojos vendados. El trayecto me resultaba muy estresante. Por más que intentaba imaginar por dónde íbamos y cómo sería el paisaje, no lograba crearme una idea clara. Después de unos kilómetros estaba totalmente perdido.

Me contactaron por mi profesión. En realidad, una de ellas, la más importante para mí. Soy actor. Un amigo me dijo que necesitaba ayuda de alguien confiable.

-¿De qué se trata?- Pregunté sin entusiasmo. Él, mi amigo, nunca me pedía favores, me parecía extraño nada más.

-Hay que montar unas breves obras teatrales. Sin pago. Sólo nos llevarían y traerían. Son lugares apartados. Nos dan  alojamiento y comida de ser necesario.

La respuesta me resultó cómica.

-¿Estás bromeando?

-No, para nada. Por eso necesito alguien de mucha confianza. -¿Si no era broma, Qué era?

-¿Qué obras? ¿Dónde?

-¿Te interesa? –Preguntó.

Cuando comenzó a darme detalles, mi interés fue creciendo. Era una época turbulenta, de mucha inestabilidad e inconformidad social. Yo era joven, rebelde e irrespetuoso del status quo. Me convenció fácilmente. En principio serían pequeñas dramatizaciones para concientizar a grupos de campesinos y de pueblos originales. Más adelante nosotros podríamos proponer e incluso improvisar de acuerdo a las condiciones y circunstancias.

Me involucré de lleno. Pronto estaba metido hasta el fondo. Conocí a los líderes de los principales grupos guerrilleros de Oaxaca, Guerrero y Chiapas, políticos de izquierda de las altas esferas y gente del pueblo,  inconforme y vulnerada.

Además de la actuación, de pronto me vi en otro tipo de acciones. El pequeño automóvil llegó a tener una cajuela repleta de armamento, la casa,  a parecer un arsenal. Mi facha anodina me ayudaba a no despertar sospechas y mi inexperiencia me daba una seguridad que desconocía el temor.

Así viví unos años. Un día, mi esposa, también liberal, me permitió llevar a Isabel, mi pequeña hija, a uno de los campamentos; ahí conoció la vida en el monte, sin agua corriente ni comodidades. Se solazaba con el campo y las alimañas, corría como cabra montaraz y se hizo de muchos amigos que apenas hablaban el español.

-Quédese con nosotros maestro. -Me dijo uno de los líderes con voz franca y segura. –Venga.

Me llevó a un paraje en una de las lomas cercanas. Una pequeña planicie rodeada de  encinos y liquidámbares.

-Mire, aquí le construimos su casa. Usted nomás diga que sí y nosotros nos encargamos de todo. Piénselo.

La propuesta iba en serio. Regresamos al campamento; yo con una revolución en mi cabeza, ellos en espera de mi respuesta. Esa noche no pude dormir tentado por la invitación. Tenía ante mí la posibilidad de vivir en un lugar de belleza natural, compartiendo mis  habilidades y con el orgullo de participar activamente en un cambio sustantivo. Sólo tendría que decir sí.

A la mañana siguiente me despertó el canto de las aves y el violeta-naranja del amanecer. La chiquillería con sus risas se levantaba al sol para ir al río y recoger ramas que alimentaran el fuego. Con ellos iba Isabel. Al verla me di cuenta de que las dudas que surgían en mí, iban dirigidas más a ella. Si bien tenía claro que yo no podría ser un guerrillero, sabía que la actuación era un arma que servía perfectamente a la causa; pero si me instalaba ahí, ella, mi hija, sería como los demás niños en el refugio.

Así comprendí el porqué de la lucha, la inconformidad de la gente. El hambre, la pobreza, la falta de educación sistemática, la inexistencia de sanidad, la lejanía de cualquier bien que permitiera una vida con la mínima comodidad, sería lo que le estaría dando a mi hija.

Cuando terminamos el ciclo de obras de teatro, me despedí con una sensación extraña, mezcla de satisfacción y pena. Mi actuación había dejado huella pero partía para intentar dar a Isabel algo que aquellos niños jamás tendrían. ¿Cobardía? Tal vez; amor y protección, seguro.

 

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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