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Tenía la soga en mis manos. Todo lo había pensado: el fideicomiso para los estudios de mi hija, el pago de la hipoteca, el testamento actualizado, los servicios funerarios, y hasta una nota explicando por qué tomaba esa decisión. Subí al taburete. Había perdido la cuenta de los años que llevaba lidiando con esa enfermedad, los mismos que tenía consumiendo esos fármacos.
Los médicos hacían de mi vida algo tolerable; pero el cansancio y el tedio me llevaban a límites insospechados. Las noches en vela, los negros pensamientos, constituían mi día a día. El trabajo lo cumplía a medias, apenas lo suficiente para que me toleraran e incluso para que pensaran que era loable el esfuerzo a pesar de mi situación.
Desde que descubrí lo que tenía, envié lejos a mi hija y fui cerrando la puerta a familiares y amigos. Prefería la soledad a tener que pasar por preguntas y conmiseraciones. Apenas comía y pasaba las horas en el lecho, contando los minutos y las horas que debería esperar para que encontraran una cura o llegara el fin.
Ese día había definido que no esperaría más. Llevaba un tiempo pensándolo. Cada consulta a los médicos, cada respuesta negativa, cada “debemos tener paciencia” me hacía pensar en una solución drástica. Así llegué a decidir que lo mejor era quitarme la vida. Leí acerca de eso. No tenía dinero para irme a Suiza y una muerte lenta, no me parecía lo más prudente.
Ahorcarme era lo mejor. Por eso fui poniendo orden en mi vida. Cuando tuve todo listo, preparé la habitación. Encendí velas aromáticas, puse flores y música de mi agrado. Entonces tomé la soga y deslicé mis dedos sobre ella. Oí el bisbisear del facebook en el teléfono. Alguien había subido algo. Bajé del taburete. Tuve curiosidad por quién y qué sería lo último que vería.
Cuando abrí mi muro, lo primero que apareció fue un árbol fantástico con un tronco retorcido y doblado hasta el suelo. Un árbol milenario sin duda. Era un brevísimo vídeo de no más de treinta segundos, con una música lánguida que se volvía enérgica y alegre, como fondo. Entonces sentí algo indescriptible en mis entrañas; una sensación mezcla de angustia, regocijo y paz.
Quise imaginar los vendavales que tuvo que pasar la sabina para llegar a eso. Un letrero indicaba el lugar: La sabina de El Hierro. En el mismo espacio se solicita respeto para el árbol y el entorno. ¿Sería capaz de respetar mi propio cuerpo y circunstancias?
Miré con detenimiento la habitación, curiosamente me resultó agradable lo que había hecho. El aroma de las velas, la fragancia y colorido de las flores, Joaquín Rodrigo en el ambiente, todo era reconfortante. El tronco de la sabina se había moldeado conforme a su entorno, estaba doblegado hacia la tierra pero nunca roto.
Lo difícil fue aceptar que mi actitud siempre había sido negativa. Me tomó tiempo y mucho esfuerzo. Hice venir a mi hija, fui retomando amistades, y recuperé el gusto por mi trabajo. Me propuse ver menos a los médicos y espaciar por mucho los análisis. Tuve muchas recaídas pero siempre estuvo alguien conmigo. Ya no veo una vida gris.
Mañana repetiré los exámenes médicos. Sea cual sea el resultado, estoy dispuesta a disfrutar y moldear hasta el último segundo, como la sabina, esta vida que tengo.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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