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Son mis compañeros, mis amigos. Después de tanto cavilar, desesperar, ir y venir, encontré por fin una salida.

Mi historia es una más en esta inmensa ciudad. Cada vez que escucho decir  en las noticias  a algún funcionario:  “El país, si bien está en crisis, está preparado para afrontarla”; no puedo dejar de pensar en los miles, quizas millones de personas que no tienen que llevarse a la boca.

Regresé de París con el título en  mano. Durante los años anteriores había soñado con hacer ese maestría y las circunstancias se presentaron idóneas para realizarlo. Viajé dejando todo: madre, casa, amigos, trabajo. –Regresaré con más herramientas, habrá mejores oportunidades- pensaba.

Fue un año difícil. Los ahorros se acabaron, me ocupaba en lo que podía pues la carencia de visa de trabajo me imposibilitaba para desempeñarme en mi área. Los compañeros me ayudaban pero la diferencia de edades hacía mella en mis relaciones, me sentía un viejo en compañía de jóvenes.

El poco tiempo que me quedaba lo usaba para caminar a orillas del Sena. Pasé muchas horas reflexionando en la inutilidad de mi vida. A menudo recordaba a mi madre aconsejando formar una familia, así como mis palabras: ya habrá tiempo. Era tan fácil dedicarme a trabajar, estudiar y tener aventuras. El compromiso no era mi fuerte.

Pasé por diversos trabajos; tan luego surgía un inconveniente, cambiaba de empresa. La juventud y experiencia fueron mis aliadas durante muchos años. Nada duraba en mi camino por mucho tiempo. Los amigos iban y venían, los buscaba mientras me sentía a gusto con ellos bebiendo y viendo fútbol.

La única constante era mi interés por los estudios. Cuando surgió la oportunidad de viajar para la maestría, no lo pensé, tenía ahorros, no tenía esposa ni hijos, además de encontrarme en el límite de edad para realizarla, al menos desde mi perspectiva.

El doctorado fluyó sin esfuerzos mayores. Salvo el dinero que se acababa, disfruté de esa estancia en París al reconocer que me había convertido en un solitario. Nunca hice verdaderos amigos. Así, cuando terminé, sólo pensaba en regresar para buscar otro trabajo y por qué no, tal vez, quizás, ahora sí, una pareja.

A punto de abordar el vuelo de regreso, observé mi reflejo en el ventanal. Por primera vez me hice consciente del paso de los años. Las canas comanzaban a aparecer sobre mis sienes, el pelo a caer en la coronilla. ¿Dónde había dejado el tiempo pasado?

La única persona que me esperaba era mi madre, nadie más. Todavía –recuerdo- me tomé un mes de descanso. Estaba seguro de que pronto encontraía puertas abiertas con los nuevos estudios. Poco a poco fui percatándome de lo diferente que era la realidad a la que me enfrentaba.

Cada entrevista resultaba un fiasco. –Necesitamos una persona más joven; Usted está sobrecalificado; El puesto no requiere muchos estudios; Nosotros le hablamos… Acudí a los amigos, ellos fueron directos: difícilmente encontrarás el puesto que esperas, ya no estamos contratando personal de más de cincuenta.

Me encontré viviendo como antaño. Mi madre nunca se quejó o presionó de alguna manera. Me convertí en un parásito con maestría. Un día vi a la joven vecina correr con su perro hacia el parque. Saludó de reojo:-voy tarde- alcanzó a decir con un gesto de despedida,- si no me apuro mi pobre perro se quedará encerrado todo el día.

Tenía que doblegar mi orgullo, afrontar mi nueva situación. Al día siguiente, con la mejor de mis sonrisas ofrecí a la vecina ocuparme de su perro: un hermoso pastor alemán. Por una módica suma semanal, aceptó de inmediato.

Nunca antes tuve un perro. Actualmente he leído mucho acerca de ellos. La vecina, agradecida me ha recomendado con sus amistades y en la actualidad cuido de tres perros más. He descubierto la fidelidad de esos animales. A diario paseo un buen rato por los parques, disfruto la caminata, me he hecho amigo de otras personas que pasean a sus mascotas.

Mi madre murió hace poco. Sigo siendo un hombre solitario pero ahora disfruto de la compañía de los canes de otros. Todavía a diario reviso los diarios por alguna oportunidad y acudo a nuevas citas de trabajo; lo hago por inercia, aunque sé que cada día que pasa es una posibilidad menos.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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