Todos se han ido. Solo el rumor de las olas y el batir de las palmas me acompañan. El disco dorado se introduce en el mar invitándome a probar la calidez del Caribe. Una a una desprendo las ropas que me cubren y por primera vez siento el suave oleaje en toda mi desnudez.

Me recuesto para flotar mirando al cielo. En esta oscuridad, lucen centenares de estrellas, algo que ya no sucede en la ciudad. Permito al mar que me maneje a su antojo y fluyen mis recuerdos.

Yo tenía treinta y tantos, él diez años menor, al menos. Alcé la vista al sentir su mirada; me encontraba en el lobby del hotel en espera de mi transporte para acudir a una de esas reuniones de negocios que preferirías omitir. Al percatarse de que le había pescado in fraganti sonrió abiertamente

Correspondí de la misma forma y continué revisando la documentación que me habían enviado, pronto estarían por mí y no quería desconocer algún punto importante. Tan luego puse la mirada en los papeles, sentí de nuevo los ojos inquisidores del joven; entonces pensé que era una lástima permanecer solo el fin de semana en esa hermosa ciudad.

Cuando llegó el chofer, me despedí de aquél muchacho con una inclinación de la cabeza. La negociación resultó exitosa y más rápida de lo que había pensado, de pronto estaba libre para disfrutar dos días de Oaxaca.

Al día siguiente nos encontramos en el desayuno. Él iba acompañado de sus padres, no obstante me saludó con cortesía y en voz alta, con gran familiaridad. Coincidimos en varios puntos del lugar: el Templo de Santo Domingo,  el mercado municipal, el museo Estatal de Arte Popular; llegué a pensar que me seguía, en realidad el centro histórico no es muy grande y los sitios de interés, muy conocidos, así que era viable lo fortuito del caso.

Entrada la noche, me acerqué al bar para refrescarme. La música de un piano amenizaba el ambiente, que además  era francamente relajante entre aquellas  luces tenues y cálidas. Me sentía de vacaciones con el aliciente de tener todos los gastos pagos. Francamente extasiada, no noté la llegada del chico.

─Hola, ¿Mañana a dónde vas?

─ ¡Ah, no esperaba a nadie, me has asustado!

─Perdón, no quise sorprenderte. Es bonita la ciudad, ¿no?

─Preciosa, siempre me ha encantado. ¿Estás de vacaciones?

─Sí, nos vamos el lunes.

─Mira, que casualidad, también yo.

─Entonces, ¿mañana  qué harás?─, el joven parecía buena persona, al igual que su familia y extrañamente al tenerlo tan cerca, sentía esa corriente en el cuerpo que no tiene más explicación que la química.

─A Monte Albán.

─Ok. Allá nos vemos, que descanses.

Era sorprendente su seguridad y confianza, me pareció muy maduro para su edad, tal vez tendría 21 o 22 años. Y como él me lo adelantara,  nos encontramos otra vez en aquellas ruinas zapotecas. Cada vez que nos cruzábamos me saludaba con  un gesto de la mano y cuando pasaba cerca, aparecía esa corriente eléctrica que me erizaba.

Por la noche, algo me impulsó a bajar otra vez al bar. Ahí estaba él, esperándome. Su mirada lo decía todo, existía en ambos la misma sensación. Platicamos gran rato de mi trabajo, de su vida: estaba aún en la universidad, le gustaba el tango y la pintura igual que a mí, en eso parecía más viejo.

Sin darnos cuenta, de pronto estábamos muy cerca. Él me besó con un apasionamiento estremecedor. No podía creer lo que estaba sucediendo, yo me jactaba de ser una persona sensata y me dejaba llevar por las sensaciones, así no más. Me tomó de la mano, ─¿subimos a tu habitación?─, asentí con la cabeza.

La vejez de sus gustos no era la misma en la cama, fue tierno y dulce, en realidad, yo sé que fue su primera vez. Despertamos exhaustos y felices. ─Tengo que irme, dame tu teléfono─, dijo, ─ ¿puedo llamarte?─ Sí─. No lo pensé.

Pasaron unos días, recordaba a Fernando con melancolía. Pensaba que no me contactaría, pero deseaba saber de él. Un  día recibí una llamada suya, disculpándose por no hacerlo antes debido a sus exámenes finales. A partir de entonces nos vimos con frecuencia a pesar de las miradas suspicaces y mi propia inquietud.

Siento el roce de unas manos.  Se acerca desnudo y me abraza, enciende la llama y dejamos al mar que nos lleve en su danza maravillosa. Estamos de luna mielera cada vez que salimos. Llevamos quince años casados, no hay celos ni envidias, yo luzco casi  tan joven como él. Ahora, ya no me preguntan si es mi hijo, disfrutamos día a día y estamos convencidos del amor a primera vista.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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