Doña Blanca está cubierta de pilares, oro y plata… romperemos un pilar para ver a Doña Blanca, termino en voz alta con los ojos cerrados y viendo nítidamente a todos mis compañeros de escuela en corro, cantando la ronda a mitad del patio escolar.

Siempre me sentí menos que las demás. En realidad, ahora no sé por qué. Tal vez porque mi hermano, mucho mayor, era el consentido de mi padre o porque mi madre enferma no tenía tiempo ni fuerza suficiente para ser como las demás mamás. El caso es que crecí con la sensación de que era menos bonita, menos inteligente y menos adinerada que todos los que me rodeaban.

Luego cuando me quedé sola por la muerte de mis padres y él, mi hermano, se quedó con la herencia, no supe qué hacer. Era demasiado pequeña para imaginar siquiera cómo podría defenderme. En la escuela empezaron a tenerme lástima. Cuchicheaban: se quedó huérfana. Yo lo sabía pero me quedaba callada. Nada me llamaba la atención, ni siquiera participar en las rondas.

A la víbora, víbora, de la marVen a jugar Carmencita, me decía Lucy, la única niña a la que quizás pude haberle llamado amiga. ─Aquí estoy bien─, le decía, una, y otra vez. Me apartaba y continuaba viendo los juegos de los demás. Cada vez más callada, cada vez más triste, cada vez más aislada.

Apenas lograba salvar el año escolar con las calificaciones suficientes. Era un ir y venir entre la realidad y mi imaginación. Solía ver hacia la ventana. Desde mi lugar era como una pantalla de cine; sobre ella veía instantes de mi vida con mi mamá enferma, o escenas entre las nubes. A veces veía a mis compañeros saltando sobre un avión de algodones.

Amo a Ton, matarile rile ron, qué quería usted, matarile rile ronese oficio no le gusta…─Pon atención Carmencita─, oía a la maestra que trataba de ayudarme. ─No te distraigas y verás que mejoras todas tus calificaciones─, ella me tenía mucho cuidado, puede ser que por eso no reprobé ni un año, pero no me interesaba nada de lo que leía.

Mi abuela se convirtió de alguna manera en mi apoyo. Sin duda me quiso, pero era tan seca como mi madre, nunca supe si me consideraba o no, una carga sobre su espalda. Crecí y seguí estudiando. Una carrera corta era lo mejor para mí, me decían, tenía que aprender a sobrevivir. Me hice enfermera. Que no hablara mucho me ayudó a no involucrarme con los pacientes, eso me servía.

Pin uno, pin dos, pin tres; pin cuatro, pin cinco, pin seis… Tocaba y cada vez aparecía otro bultito. Estoy otra vez en el hospital. Perdí toda esperanza. Con el diagnóstico no me sorprendí. Tenía tiempo ya que había sentido esas protuberancias en mi seno, pero el miedo me hizo callar, no hice nada. Al tiempo cuando aparecieron más, me obligué a visitar el médico, pero ya sabía lo que tenía; una voz interior decía constantemente: es cáncer, tardaste mucho en decidirte.

Mi esposo, mis hijos,  ayudan en lo posible. La quimioterapia hizo lo suficiente para que pudieran extirparme un seno. Después de la cirugía me embargó la sensación de que era una mujer a medias. Por unos meses pensamos que la enfermedad había remitido totalmente, pero no fue así. Cuando creí que podría pensar en la reconstrucción estética, apareció en el otro seno.

 

Que llueva, que llueva, la virgen de la cuevalas gotas caen con ritmo. Cada vez que duermo o cierro los ojos, llegan esas imágenes del recreo en la primaria. No sé por qué resulta un arrullo, un recuerdo que aparece para darme algo de paz, para alejarme de los terribles dolores, de esas nauseas que me sacan hasta la parte más profunda de mi cuerpo enfermo.

La primaria transcurría tan lenta como el mundo que me circundaba. Viví con un rencor acendrado hacia mi hermano, el ser que debería haber sido mi apoyo. Sencillamente desapareció. Vendió la casa y me dejó con la abuela. ─No puedo hacerme cargo de ella─, le dijo sin más explicaciones.

Al paso del tiempo, supe que se había casado y que vivía con ciertos lujos, yo en cambio, vivía de la caridad de los parientes. Algún día tendré mi propia casa, pensaba para darme ánimos. Me casé con mi primer novio, en el afán de que descansaran de mí. Mi esposo es un hombre bueno, sencillo, sin pretensiones, es lo único bueno que me ha pasado en la vida.

Naranja dulce, limón partido, dame un abrazo que yo te pido…He sido una mujer tan fría como mi madre y mi abuela, agria como el limón, la dulzura escondida. Juro que intenté no serlo. Pero el odio estuvo agazapado en mi interior. Tal vez si me hubieran abrazado de pequeña, si mi hermano no me hubiera abandonado.

Así como me casé, llegaron dos hijos, sin deseo, ni alegría. Los recibí como una prueba más en esta vida. Al principio pensaba en darles más amor del que recibí. Nunca supe cómo.  Esteban, mi esposo, suplió con creces el afecto que yo no pude darles. Quizás, ahora que se acerca el fin, ellos también descansen

Acitrón de un fandango, sango, sango… Pasar la canica de una mano a otra y cantar en silencio me divertía. Esteban fue paciente conmigo. Él ha sido como esas rondas en mi memoria, remansos de paz. Trató de darme el cariño que me hizo falta, pero para entonces yo ya estaba muerta, los malos sentimientos habían inundado mi alma, si es que ésta existe. Me hice a imagen de ellas, adquirí el hielo de la familia y él no pudo disiparlo por más esfuerzo que hizo.

Hoy, le han dicho a mi familia que es preferible llevarme a casa, lo único que queda es paliativo. Me veo por última vez en el espejo: sin cabello, avejentada, casi sin poder caminar. Me gusta cerrar los ojos y tararear mentalmente las rondas, ya no puedo elegir, ni poner nombres a nada.

La metástasis alcanzó mis pulmones, huesos y cerebro. El dolor de cabeza es insoportable, sólo los fármacos me permiten descansar un poco. El declive es total, mi familia ya no puede ocultar la pena que sienten al verme en estas condiciones. A pesar de mí, ellos me quieren.

Mambrú se fue a la guerra, que dolor, que dolor que pena…Yo no jugaba, pero los veía con gusto. Disfrutaba sus risas, era como un regalo. De esa manera lograba no pensar en mi soledad, en mi rencor, en mi necesidad de amor, en mi guerra interna. A lo lejos me parecían más reales, si hubiera estado dentro, seguro hubiese pensado que estaba ahí por pena.

Con mi familia fue igual. Estando distante, la sentía mi familia, nunca cerca. Si pienso en eso, me cuesta respirar. Aún no sé por qué nunca me quise, por qué siempre sentí que vivía una vida de mentiras. Los sueños son más reales y sigo aquí intentando soñar con mayor frecuencia para evadir mi destino final.

Yo tenía diez perritos, uno se perdió en la nieve, ya nomás me quedan nueve…Esa ronda nunca me gustó, nunca me aprendí más que el primer verso. Me dolía que se acabaran los perritos, era como si cada uno fuera un día, un mes, un año. Aunque la verdad es que pensaba en cada ser querido que había escapado de mi vida.

Estoy cierta de que se acabó. ¿Cómo termina?: De ese uno que tenía, de ese uno que quedaba, se lo llevó mi cuñada y ya no me queda nada, nada, nada.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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