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Esa noche, la puesta de sol no la veía desde el balcón sino desde la ventanilla del avión. Su decisión la llevaba a una aventura sin retorno.

Durante los años escolares, Amaranta había concentrado todo su tiempo en los estudios y la familia. “Eres una rata de biblioteca”-le decía su padre- ¿Por qué no sales con tus amigas? El día que lo hagas me darás una verdadera sorpresa; la muerte intempestiva de sus padres no le dio oportunidad de otorgársela.

Se graduó con honores y varias propuestas de trabajo; sólo ella tuvo la fortuna de elegir la empresa en la que desarrollaría su proyecto, el mismo que le sirviera para obtener su título de licenciatura. Su desarrollo profesional iba en ascenso en forma vertiginosa y los grados académicos se acumulaban con el beneplácito de sus jefes ante los excelentes resultados. Jamás pensó que su propuesta de reunir tecnología y naturaleza tuviera tan buena acogida; a raíz de su soledad se había concentrado en su empresa .

Los jardines en azoteas servían no sólo para dar belleza y oxígeno, sino que ahora con los aditamentos inventados por ella producían energía realmente verde. De pronto ciudades en China, México, Alemania, se interesaban por su trabajo. Su esfuerzo estaba dándole frutos inesperados a favor de un ambiente limpio.

—Doctora, la esperan en la sala de juntas. Llegaron los representantes de Beijing.

—Gracias, estaré lista en dos minutos.

Cuando entró en la sala, la presencia de un hombre desconocido, la hizo titubear. Ella tan segura siempre, de pronto sentía una sensación extraña; inhaló profundo y se aprestó a iniciar la presentación.

—Sabemos que por segunda ocasión en dos semanas, se ha emitido alerta roja en el norte de Beijing. Las medidas tomadas son paliativas. Detener construcciones, restringir el uso de vehículos, el cierre de escuelas, la prohibición de barbacoas al aire libre y la suspensión parcial de industrias son insuficientes…-Amaranta continuó la presentación sin tropiezos.

La propuesta fue recibida con interés por los chinos. La traducción impecable del hombre desconocido había ayudado a despejar las dudas y a crear la certeza de viabilidad y sustentabilidad del proyecto; un triunfo más se veía venir. La comitiva se despidió con entusiasmo.

—Felicidades, se los ha echado a la bolsa. Mi nombre es Hernán Zhao. –Dijo, ofreciéndole la mano.

—Gracias no lo hubiese logrado sin su ayuda.

—¿Le parecería un atrevimiento si la invito a tomar algo para festejar su éxito?

Amaranta descubrió en ese instante que sus años de preparación profesional habían dejado de lado las relaciones interpersonales. A sus treinta y siete años, se conducía con seguridad en el trabajo y la ciencia, pero dudaba como adolescente ante una simple invitación. Aceptó con reservas, sin embargo, al término de la cena sentía que estaba por descubrir algo diferente.

La concertación del contrato con los chinos, obligó a una relación estrecha entre Hernán y Amaranta; de a poco, fue sintiéndose cómoda con la presencia del intérprete hasta extrañar su voz tanto como el carácter alegre y desenfadado de su único amigo.

Hernán, en vano intentaba acercarse más; Amaranta de manera instintiva marcaba límites inamovibles. El trabajo preliminar concluía, pronto se iniciaría una nueva etapa, ésta directamente en Beijing; la empresa enviaría a alguien para dar continuidad al proyecto.

—Amaranta, vengo a despedirme. He intentado entablar una relación más estrecha contigo, me parece que he sido claro, ante tus reservas no puedo hacer nada más que desistir. Parto a Beijing.

La noticia causó estragos en ella pero permaneció impasible. Se despidió de un buen amigo, deseándole suerte. En los días subsecuentes su estabilidad se vio rota, el desasosiego irrumpió en su vida, las noches en vela sirvieron para descubrirse a sí misma: nada sería igual sin Hernán.

Cuando le propusieron iniciar la empresa en Beijing, no lo pensó, aceptó de inmediato; tal vez todavía sería factible iniciar una relación. Los preparativos para el viaje le resultaron estresantes, las horas lentas como jamás hubiese sentido. Estaba dispuesta a correr el riesgo, no había retorno, su decisión la encaminaba hacia la felicidad o al desengaño. Lo cierto era que su vida no volvería a ser la misma.

 

 

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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